Izhar León presenta esta entrevista realizada a la artista multidisciplinar y poeta Gabriela Villa, a propósito de su libro Aguijón de miel, editado en 2024 por Círculo de Poesía. En esta entrevista, la poeta explora la conexión entre poesía y musicalidad, considerando el sonido como una dimensión esencial de su escritura. En su obra, la creación de proyectos multidisciplinarios, que parten de una carencia de herramientas para expresarse, combinan palabra, sonido, espacio y fotografía.
Sobre su libro Aguijón de miel, lo describe como una mezcla de dulzura y punzante introspección, reflejando el dolor cotidiano con esperanza. Villa aborda la escritura como una forma de soportar y reconfigurar la realidad, y ve en la memoria y el olvido una poética que redefine el pasado y la vida presente.
Izhar León: Estudiaste música y tienes un máster en Creación Poética. Pienso que tienes un oído bien enseñado en cuanto a los sonidos, y, además, has dedicado parte de tu trabajo a las formas poético-sonoras. ¿Puedes contarme de qué trata esta poesía? ¿Cuál ha sido tu experiencia?
Gabriela Villa: Sí, me han preguntado sobre eso. Creo que es una desviación profesional. Efectivamente hay algo relacionado con la manera de estar, la manera de habitar la fisicalidad de la palabra cuando suena. Por ejemplo, cuando hay algún poema que quisiera escribir de algo que me atraviesa, a veces lo pienso como si fuera un tarareo: tatatá-tatatá-tití, y después lo transcribo. Hay como cierta búsqueda de “musicalidad” del ritmo poético. Yo creo que eso puede ser. No es tan sencillo como parece, ni es tan oracular, porque después hay que hacer el trabajo de borrado, de edición, de ver que sí funcione, de que la métrica sea la ideal. Tengo muchas ganas de hacer un proyecto endecasilábico, a ver si funciona.
También he hecho algunas intervenciones sonoro-poéticas para espacios. Tengo uno, inédito, que se llama «Conjuro de la memoria», que nació para ser leído en voz alta. Es un texto que nunca se pensó para ser editado. Se hizo una instalación sonora para el CCD con multicanales, bocinas, pero donde las palabras estaban siendo dichas, donde la oralidad viene como plataforma del sostén de la palabra poética.
IL: Eres una escritora multidisciplinar: lenguaje, fotografía, sonido, territorio. Un poco, quizás, a la manera del Renacimiento cuando se guardaba interés por varias disciplinas. Para ti, ¿qué es lo importante de tener un repertorio variado?
GV: Sí creo que hay un interés por el cruce de las disciplinas porque así funciona el pensamiento. En realidad no pensamos linealmente, al menos no en mi caso. Entonces viene más bien de una carencia. Casi todo el mundo lo ve como algo muy exquisito y positivo, pero en realidad no, en realidad hay lenguajes que no te alcanzan para decir lo que quieres decir y entonces te mutas de lenguaje porque necesitas otro.
En relación al territorio y a la geolocalización de los detonadores de sentido, que es el caso de los cuentos de Georrelatos, nacieron así: atravesados por la orografía, atravesados por un río. Era muy importante que el territorio estuviera manifiesto en los textos. Luego también tengo otro proyecto que es muy poco conocido que se llama Ciudad expuesta (está en línea porque fue beneficiario de «Contigo en la distancia» durante la pandemia): es ver el afuera desde dentro. Así que, más bien, es en este marco de búsqueda, y el anhelo de contar, detonado por las necesidades de ese instante. No ha sido premeditado salir de los lenguajes. Ha sido más bien una carencia y una necesidad de expandir la forma de habitar el mundo para poder expresarlo, porque te es insuficiente.
De todas maneras, el lenguaje, cuando estás trabajando con él, con las palabras, amasando el verso, te queda corto. En mi caso, y como lo diría también la poeta Sara Uribe, el lenguaje te es desobediente para lo que quieres contar. Y eso también ha cruzado la búsqueda de otras disciplinas, así como la forma en la que yo trabajo el proceso escritural.
IL: Pasando ya a tu libro Aguijón de miel, cuando yo leo el título, el aguijón me viene a la mente como algo puntiagudo, que hiere y nos puede inyectar su veneno. Puede paralizarnos, pero un guijón de miel es una idea, a primera instancia, quizás antitética, que me sugiere que el mundo, aunque a ratos doloroso, nos abraza o nos puede abrazar en toda su dulzura. Entonces me gustaría saber, ¿cuáles fueron esos aguijones que te invitaron a la escritura de este libro?
GV: Efectivamente, el agujón de miel es una búsqueda punzante, con cierto veneno, pero que tiene sus propias mieles. Y sus propias mieles que hincan su dentadura a domicilio, de esta búsqueda de la mirada interior de cómo se despoja de toda suavidad. Pero la existencia no deja de ser dulce y de haber algo de esperanza en ella. Creo que es ese lugar contradictorio en el que estamos todas nosotras y nosotros, siempre. Sí busca ser algo punzante, como el de un insecto que te hinca tu veneno, pero en este caso lo vas disfrutando dulcemente. Por eso, digamos, ese título.
Este libro fue escrito un poco antes de la pandemia y durante ella. Intenté que esta especie de dolor tierno de lo cotidiano habitara el texto. Siempre he manejado esa contradicción. Creo que por ahí va mi búsqueda. Ahora, es un libro que no tiene un carácter de proyectitis, porque no es que se busque que tenga un solo tema: es el tema cotidiano que te va habitando durante todos los días y que a uno no le queda más que poemar el mundo. Porque así lo vivimos nosotros, tú bien lo sabes.
IL: Dice Borges, pues, que para el escritor, todas las experiencias, buenas o malas, son materia para escribir. Esa, digamos, poética de los instantes cotidianos (trágicos o alegres), está presente en tu último libro de poesía, que es Aguijón de miel, como veníamos hablando. ¿Cuáles son estas experiencias simples en las que normalmente reparas? ¿Hay un proceso de selección entre unas y otras?
GV: Primero, están buenísimas tus preguntas. Eres un poeta, y lo dejas escrito porque lo dije.
Sí creo que los poemas nos interpelan y quieren ser dichos. De alguna manera cuando uno está en el mundo, está buscando esa agrieta sensible en la banqueta por la que se asoma otra realidad. Y, escribiendo, nos es posible soportar la realidad en donde estamos parados. Hay que estar ahí para que ese hallazgo, o esa sorpresa, o ese susurro, se levante ante nosotros, y el poema no es solamente el texto. El poema es una sorpresa que quiere ser revelada y que de alguna manera nos acosa. Es decir, esa especie de murmuración al oído, con ganas de contar una hoja suave en el reverso de los días, está ahí para nosotros. Creo que esa es la escritura, el libro abierto a la vida. Y nos permite también soportar las realidades que habitamos: se nos puede hacer más suave, más sensible, y no por eso menos brutalmente honesta, porque hay cosas que nos duelen. Pero cuando uno va deshilvanándolas desde el verso, se siente como que puede abrazar lo cotidiano: puede ser esa mano que se asoma desde una ventana que no es la nuestra, pero que ahí está, y es la ventana a otros mundos, o puede ser el cruce peatonal donde te encuentras con una mirada sensible que está esperando para ser contada, o las caras de las personas que pueden ser leídas como mapas expresivos, profundos, de conexión con el otro y con la otra.
Hay poemas para ser leídos en voz alta y hay poemas para ser vistos, que son más encriptados, que son más filosos, más abstractos y que son igualmente poderosos. De hecho, trascienden al lenguaje y nos llevan a retos mucho más interesantes que el propio Aguijón. Yo no pretendí eso con este libro. Con el Aguijón de miel yo pretendía que esa dulzura se nos inyectara como un veneno que nos habita el cuerpo, así, nada más, como pretexto para habitar la vida. No buscaba que fueran los grandes poemas trascendentales. Me gustaba eso de estar en lo cotidiano solamente poemando el mundo porque así es. No escribí el libro para que fuera directamente publicado. Yo lo escribí porque lo hago todo el tiempo, y después me di cuenta de que en el disco duro tenía lo suficiente como para hacer un libro. Así nació. Y cuando vi el mapa de la curaduría de los poemas que podían integrar el libro, se hizo una selección que lo redondeara un poco (pero como se puede ver la vida, no con una temática especial).
IL: Un poco más misceláneo, que abarcara todas estas experiencias que son contradictorias porque la vida es contradictoria. En tu sitio web escribes, en un poemario inédito, que la belleza radica «en recorrer el delirio / de punta a punta y / olvidarlo todo».
GV: «Inclusive una tempestad».
IL: Sí. Entonces, ¿cierta locura y el olvido constituyen para ti, quizás, una suerte de poética?
GV: Fíjate que acabas de tocar un tema fundamental que es mirarnos a nosotras, nosotros mismos. La memoria inventa y borra. Es una especie de tejido en el cual no hay nada más falso que recordar. Editamos lo que nos queremos contar y nos construimos las narrativas según nos es conveniente (para soportar quienes somos). No es una banalidad, es una cosa muy profunda de contarnos cómo vemos la vida o cómo la hemos visto desde el pasado. Así que yo creo que sí es una especie de poética.
Pienso en lo que decía Marguerite Duras en su libro Escribir: no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo, y que (algo así), para abordar la escritura, hay que ser más fuerte que una misma. Es decir, más fuerte que aquello que se escribe, más fuerte que lo que se ha escrito. Yo creo que, en ese sentido, por eso escribimos: para que nos sea suficiente habitar la vida y poder soportar la realidad.
POEMAS
MALABAR
Yo quise ser
acróbata para
saltar la cuerda
y (justo) desde
la memoria
en el giro
evolutivo del aire,
encontrar
el sitio donde
se esconde
el verso
del asesino
que por culpa
del poema
–y su gesto–
me permite
no abrir los ojos
ante lo que es
difícil soportar.
.
SUCULENTAS
Hay algo de salvaje
en descubrir que somos
de las malezas profundas
que sostienen el mundo
hasta arrastrarnos
frente al pájaro silente,
apenas el brote
(la imagen primigenia)
en la que me descubro
plantas carnívoras
que –en el centro–
tienen el flujo
que me (nos) llueve.
.
TEMPESTAD
Cuando la tormenta
de arena y su cúmulo
de lágrimas
nos atravesó inagotables,
reconocí —con vida—
el hilo delgado
de tiempo fértil
y descubrí que solo
en eso radica la belleza,
en recorrer el delirio
de punta a punta
y olvidarlo todo,
inclusive una tempestad.
.
TERQUEDAD
Mirar las gotas
caer en mi ventana
y descubrir
(ya sin nostalgia
y repetidamente)
que no es el día
ni el frío colándose
por la ventana
lo que se escurre
de nosotros,
sino tiempo
tranquilo y torpe
que irrumpe
en el reflejo
como siempre
lo hemos visto:
simple, desafiante
y descolocadamente
hostil.





