Poesía,

Poemas del libro Un país sin nombre, de Álvaro Mata Guillé

AMG
Foto: Marcela Sánchez.

Poeta, ensayista, director teatral. Columnista de la revista Libros y letras, de Bogotá, Colombia. Director del proyecto: Poesía en tránsito-Corredor cultural, que integra festivales de México, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, España, y próximamente Italia. Director del Festival Internacional de poesía En el lugar de los Escudos (Estado de México y Ciudad de México y codirector del Festival Internacional Del Norte-Poesía en tránsito, en Monterrey, México. Entre sus libros se encuentran: Ósip, Ediciones Estampa, Madrid; Un libro sin nombre, antología, El Salvador; Una serpiente sin alas, Colombia; Un país sin nombre, México; Más allá de la bruma, México; La niebla y lo ausente, Argentina; Separata,México; Debajo del Viento, Argentina y Venezuela. Muchos de sus textos se encuentran traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, armenio, árabe, entre otros. Dirigió también más de diez obras teatrales con su grupo Baco teatro danza y ha participado como actor en varios cortometrajes. 


De niño
me preguntaba por la niebla mezclándome en ella,
dejándome ir en el letargo que abrazaba el polvo,
era un tiempo sin tiempo:

lo ajeno, la nostalgia,
yo mismo reapareciendo en la lejanía, en el cerro
que desdibujaba las cuevas de la bruja, en los
brazos de los árboles dirigiéndose hacia las lomas,
diluidos en la bruma,
en el vacío
;

había unas pocas calles
recorridas por el sol y el rumor de algunos fantasmas,
voces de sombras que salían de las casas,
un antes de un antes inmerso en la penumbra,
confundido en el silencio,
al que percibía mientras buscaba (en el cúmulo de cosas,
el polvo, la lluvia, el viento)
cuál era mi rostro,
cuál mi voz
una sombra
;
nací en un lugar sin nombre,
el país de los ausentes decía Jorge Arturo,
el pueblón le llamaba Eunice Odio,
un lugar que no era un lugar decía yo
.

.

En las noches imaginaba lugares distantes,
veredas,
callejones,
sonidos que pernoctaban en las aceras,
escapando entre los bosques,
un dejarse ir vislumbrando en lo lejano,
un perderse
;

la misma sensación de nostalgia reaparecía
al contemplar el brillor
que parpadeaba en las montañas,
en las casas al lado de la bruma
que encubría los surcos
entre los árboles,
el exilio,
la distancia
;

sumido en la llovizna,
buscaba un algo del algo,
estando allá estaba aquí,
todo era todo:

ajenidad, sueño,
minutos transformados en lo incierto,
el mutismo que iba al pasado en busca de respuestas,
pero las respuestas no son respuestas,
son ópalos que se pierden sin brillo en el abismo,
diluyéndose como la lluvia en los cerros,
esperando la venida de los muertos,
lo que dicen en nosotros,
mientras llega la niebla
.

.

Casi al amanecer,
quedando todavía unas estrellas,
con el viento detenido y también la lluvia,
continuaba deambulando por los barrios
de mi barrio:

reaparecía el desierto,
unos cerros dormidos,
el murmullo de cantos que apenas escuchaba,
ritos caminando hacia el vacío
;

el allá era el aquí,
iba y venía era el otro:

la sombra, la niebla, lo ausente,
el pasado regresando a la lejanía,
el todo en el todo,
la sombra, la niebla,
lo ausente
.

.

El mutismo se sumergía en la indiferencia,
pasaban las cosas sin pasar:

un pájaro, una nube,
el sol de nuevo entre las calles envejeciendo,
un perro arrastrando las cadenas,
un grito, un pájaro,
una nube
,

perseguía el crepúsculo,
buscaba un fantasma,
la extrañeza,
el origen del origen en el polvo
pero nada había

***

Cuando pregunté a las maestras por Comala,
lugar del que había escuchado en alguna parte,
y me dijeron que aún no lo podía visitar,
me distancié de ellas,
(de las clases, de la escuela
de la rutina). Sin oírlas,
haciendo caso omiso de las objeciones,
leí el libro a los pocos días,
en un par de horas,
mezclado al murmullo, al correr de las hojas,
a las sombras,
al eco en la voz de los muertos,
alejándome de la desidia, de la censura,
de lo imposible
;

la oquedad,
que encubría el polvo entre las casas,
la ausencia de árboles y pájaros, inundaba cada rincón,
dialogaba con todos y con nadie,
transformándome en Juan Preciado,
en Susana San Juan,
en fantasma
;

podía estar allá estando aquí,
como hacemos con los sueños
o los anhelos,
poseído por presencias que pululaban en las calles,
reencontrándome con ellas en los patios,
en las casas,
en otros lugares,
mientras las historias iban y venían de un tiempo a otro,
volvían sin retornar. Pasados los meses,
muchos días, algunos años,
de ir y regresar
sin querer volver,
seguía sumido en Comala,
en las voces en los nichos,
en la soledad de las cruces y
los mausoleos,
entre el murmullo de las fosas,
entre las hojas arrastradas por la ceniza,
en un astillero, en un castillo,
junto al azor y el granito de un alcázar
;

donde Juan Preciado,
ahogado por el miedo,
penetraba en la oscuridad quedándose en ella,
escuchando
el decir del polvo que golpeaba las tumbas,
el parloteo de los muertos,
sin dejar de perseguir a su padre,

en el eco, en las hojas, en el viento,
a Pedro Páramo
.

***

Al regresar,
después de haberme ido con viento
y nubes detenidas,
inmerso todavía en lo lejano,
envuelto en el rumor de las campanas,
me encontré con algunas voces que aún
pregonaban en los cuartos,
con el clamor de las sombras junto al polvo,
entre libros cubiertos de mugre y ceniza,
algunos recuerdos entre los bocetos
en los escritos,
algunas hojas carcomidas por el tiempo
en los escombros,
por lo ausente,
por el vacío
;

me adentré,
en aquella casa de la que había salido en un día
temprano aventurándome,
escondido en la penumbra hacia los cerros,
sin saber quién era, qué hacía ahí,
cuál era mi rostro, cuál mi voz,
palpando las paredes,
los pasillos,
sintiendo los tablones flojos en el piso
;

quedaban algunos cuadros,
algunos muebles,
los tallos de flores secas en los vasos
y la cama sola en el cuarto,
el crucifijo,
las velas desgastadas,
los estantes,
los libros quemados
;

la casa no era mi casa,
era un lugar sin lugar,
sin nombre
;

un rato después salí al patio,
miré sin mirar los árboles
confundidos en la hojarasca,
a lo lejos,
en la planicie,
mientras llegaba la lluvia,
mientras bañaba la ceniza
y la nieve era perseguida por el viento
y el ruido del granizo,
;

era un día como cualquier otro,
un día en el que me sentía más solo,
en una tarde como cualquier otra,
sumido en la bruma
.

.

Noches después
de dialogar con voces y sombras,
con la nieve, el viento,
……el mutismo de la hojarasca
regresé a las calles entre los cerros
………………..todavía adormecidos,
caminé por lugares que no recordaba,
por las sombras en las lomas en los bosques,
por las planicies que cubrían el desierto,
en la espesura
en la lejanía
;

en los caminos,
habían algunos fantasmas que corrían detrás de los perros,
los pájaros mudos entraban
y salían de las casas entre las sombras,
volvía a los árboles, a las hojas de ceniza,
al cementerio
;

era un pueblo que no era un pueblo,
teñido por la polvo
;

entre las losas
busqué sin buscar un destello,
me perdí en los reflejos,
en un algo que presentía el horizonte,
pero los cerros oscurecían detrás de las nubes,
anocheciendo,
huyendo
;

volví sin llegar,
iba y venía sin irme,
no estaba,
era el humo, era yo,
era un sol, un astro,
una ostra,
el otro lado de sí:

los pájaros mudos,
la sombra, la hojarasca,
el desierto en la planicie oscurecido por la ceniza,
por el polvo,
los fantasmas entre las nubes
detrás de la niebla
persiguiendo el fulgor
.

.

.

.

.

Ir y venir es una ilusión,
otro espejismo
.

.