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Poesía del fracaso: Paulo Leminski

leminski

Descubrí a Paulo Leminski gracias a la recomendación del poeta Edgardo Dobry. Fue en una presentación de la Colección Poesía de la Editorial Killer en la que Dobry —que en ese momento era mi asesor en una estancia de investigación en la Universidad de Barcelona— leería algunos poemas de Leminski, traducidos por Aníbal Cristobo. Desde el inicio, los poemas del escritor brasileño me deslumbraron:

un día
uno iba a ser homero
la obra nada menos que una ilíada
 
después
las cosas complicándose
se podía ser un rimbaud
un ungaretti un fernando pessoa cualquiera
un lorca un éluard un ginsberg
 
al final
terminamos el pequeño poeta de provincia
que siempre fuimos
detrás de tantas máscaras
que el tiempo trató como a flores

Este poema de Leminski me recordó de inmediato a uno de Efraín Huerta: “Primero/ que nada:/ me complace/ enormísimamente/ ser/ un buen/ poeta/ de segunda/ del/ Tercer/ Mundo”. Pero mientras que el del mexicano expresa la ironía del escritor que elabora su obra en la orilla de Occidente, el del brasileño existe la ironía ante la imposibilidad de escribir la obra soñada. De hecho, este es uno de los temas recurrentes en los poemas de Leminski: el poeta del fracaso que vive en condiciones marginales:

quería tanto
ser un poeta maldito
las masas sufriendo
mientras profundo medito

quería tanto
ser un poeta social
rostro quemado
por el aliento de las multitudes

en vez de eso
mírame aquí
poniéndole sal
a esta sopa rala
que mal alcanza para dos

O en este otro en el que el poeta se figura a sí mismo como un escritor advenedizo y sin importancia:

Nada tengo
Nada me pueden quitar
Soy el exextraño,
el que vino sin ser llamado
y, gato, se fue
sin hacer ningún ruido.

Desde el ámbito de la poesía hispanoamericana, Leminski puede ser considerado uno de los raros, como llamaba Rubén Darío a los escritores inclasificables dentro de la tradición. Leminsiki había estudiado en un monasterio benedictino, admiraba a Trotski, tocaba la guitarra, era budista zen, profesor de judo y un notable traductor. A él se deben algunas versiones al portugués de Mishima, Pavese, Joyce, Kafka y Beckett. Como poeta, el brasileño era vanguardista, un beatnik tropical que supo mezclar el rigor material de la poesía concreta con el impulso de la contracultura de los años setenta, dos movimientos aparentemente inconexos entre sí. Cuando leo su obra no dejo de pensar que en ese momento Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Glauber Rocha, Ruy Guerra, Carlos Diegues y Décio Tozzi, entre otros grandes artistas, estaban llevando a cabo una revolución cultural que más tarde tendría consecuencias insospechadas en aquel país latinoamericano. El propio Leminski era amigo cercano de Caetano Veloso e incluso llegó a tocar guitarra en una de las presentaciones de Moraes Moreira, recientemente fallecido. Quienes son amantes de la música popular brasileña —y tienen a los Novos baianos entre sus pasiones musicales— entenderán lo que esto último significa. Leminski era consciente de pertenecer a tal movimiento renovador, como lo confiesa en uno de sus poemas (que a su vez puede leerse como una reescritura de un poema de Juan Ramón Jiménez):

día
dame
la sabiduría de caetano
nunca leer periódicos
la locura de glauber
tener siempre una cabeza cortada más
la furia de décio
nunca hacer versitos normales.

En 1976 Leminski publicó un libro experimental, hoy considerado de culto: Catatau. ¿De qué va? No lo sé con exactitud; se trata de un texto de fascinante exuberancia lingüística que bien puede hermanarse con el Trilce de Vallejo y el Cobra de Severo Sarduy, es decir, un texto a medio camino entre el poema y la novela, la novela y el ensayo, el ensayo y la autobiografía, la autobiografía y la écriture, es decir, el libro de un poeta que despliega las posibilidades lenguaje hasta las fronteras del mismo. Algún especialista en Deleuze y Guatarri podría decir que se trata de un texto rizomático con todas las de la ley. Tal experimentación en las formas también la hallamos en otros de sus libros, Caprichos y relajos, Distraídos venceremos, La vie en close o El exextraño. Y es que, para Leminski, el poema era un artefacto lingüístico montado a base de paradojas y contradicciones, un juego verbal que implicaba de igual manera un juego con la vida:

la maquina
engulle páginas
escupe poemas
engulle páginas
escupe propaganda

MAYÚSCULAS
minúsculas

la máquina
engulle papel calca
escupe copias
engulle poetas
escupe prosa

MINÚSCULAS
mayúsculas

Los poemas que más me gustan de Leminski son precisamente aquéllos en los que se explora la tragedia del oficio de escribir, la fatalidad del poeta frente a la obra que no llega:

Al pie de la pluma

todo sucio de tinta
el escriba vuelve a casa
cabeza llena de frases ajenas
frases hechas
letras feas
líneas lindas
la piel quemada
formas hormigas
todas las palabras de la tribu

por ellas
cambió la vida
días luces madrugadas
hoy
cuando vuelve a casa
página en blanco y en brasa
allá se va
da de frente con la nada
con todo dentro
sale

En una de sus conferencias, Leminski habló de esta tragedia a través de la metáfora del poeta como “un ser dotado de error”: “La poesía no te da nada a cambio. A veces llego a sospechar que los poetas, los verdaderos poetas, son una especie de error en la programación genética. Aquel producto salió con fallas; así, entre mil zapatos, un zapato salió medio chueco. Es aquel zapato que tiene conciencia del lenguaje porque sólo el chueco sabe lo es que es derecho”.


Leminski el “chueco”, el kamikaze brasileño, escribía de noche con cigarro en mano y mucho alcohol hasta que le sorprendiera el amanecer. Cazaba sueños y palabras mientras los demás dormían el sueño de la muerte. Pedía que sus poemas fueran leídos en voz alta a la manera de Jack Keruac, pero con la serenidad de un monje zen que disfruta el rock and roll. Sí, Leminski era toda una contradicción. En uno de sus poemas confiesa que quería terminar su adolescencia cuando llegara a los 70 años (“entonces veré todo, tranquila la consciencia/ cuando acabe esta adolescencia”) pero no sucedió así: Leminski murió a los 44 años de una cirrosis hepática de tanto alcohol en las venas. En su libro Vie en close escribió dos epitafios para una muerte futura, un epitafio para el cuerpo, otro para el alma. En ambos, se describen las dos facetas de un escritor que vivió la tensión entre “la deuda externa y la duda interna”, como él dijo en otro de sus poemas.
Los epitafios dicen así:

Lapida 1
Epitafio para el cuerpo

Aquí yace un gran poeta.
Escrito nada dejó.
Este silencio, creo yo,
son sus obras completas.

Lapida 2
Epitafio para el alma

Aquí yace un artista
maestro en desastres
vivir
con la intensidad del arte
lo llevó al infarto
dios tenga piedad
de sus disfraces.


Irán Vázquez Hernández (Acatlán, Oaxaca, 1981). Es poeta, ensayista e investigador. Cuenta con el Posgrado en Letras en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Varios de sus escritos han sido publicados en diversas revistas nacionales y extranjeras, así como en las antologías Asamblea de Cantera. 25 años (Cantera Verde, 2014) y Cada silencio nace una palabra muerta. 27 autores iberoamericanos (Ediciones solidarias, 2018). Es autor del ensayo Octavio Paz: Un moderno antimoderno (Redactum, 2018) y del poemario Tu eterndad más breve (XVI Premio Nacional de Poesía Enrique Peña Gutiérrez).

Revista literaria online cuyo principal objetivo es la promoción y difusión de la poesía, la literatura y el arte en general dentro y fuera de México. Síguenos en nuestras redes sociales. ↓

1 comentario

Gaspar Pugliese Villafañe

febrero 20, 2021

Más que el poeta del fracaso, es un poeta que se burla del fracaso.

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Marta

febrero 24, 2021

Me identifico con ese poeta que tiene ese gran poema y no puede parirlo o si lo encuentra, otro ya se adelantó.

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