Manuel Ponce nació el 15 de febrero de 1913 en Tanhuato, Michoacán, y falleció el 5 de febrero de 1994 en la Ciudad de México. Fue un sacerdote católico apasionado por la literatura, docente universitario y director de revistas como Trento y Letras. Su cercanía con Francisco Alday influyó en su vocación poética y literaria, consolidándose como una de las voces más destacadas de la poesía religiosa en México. Además, ocupó importantes cargos dentro de la Iglesia, como consultor de la Comisión Pontificia para la Guarda y Fomento del Arte y la Historia, designado por el papa Juan Pablo II en 1991.
Su obra, publicada en revistas como El Hijo Pródigo, Ábside y Letras de México, explora la espiritualidad desde una perspectiva encarnada y terrenal. En libros como Ciclo de vírgenes (1940), Misterios para cantar bajo los álamos (1947), Cristo y María (1962) y Elegías y teofanías (1968), Ponce retoma la tradición franciscana y descubre lo divino en lo cotidiano. Su poesía ha sido considerada un intento de reconciliar la fe con la materia, revelando la presencia de Dios en los aspectos más simples de la vida.
Aunque su obra ha sido excluida de ciertas antologías por no considerarse moderna, críticos como Gabriel Zaid han destacado su profundidad y su originalidad. En su visión, el amor es el eje central que redime al mundo y lo convierte en un “jardín increíble”, donde lo trascendente se manifiesta en lo concreto. Su poesía, al igual que la de poetas místicos como San Juan de la Cruz, busca dar testimonio de la presencia de Dios en la realidad más inmediata y tangible.
CARPE DIEM
Antes de que la vida se consuma
sumando en islas de verdor los años,
contad uno por uno sus escaños:
porque el tiempo nomás es una suma.
Antes de que la rosa infiel asuma
descoloridos síntomas extraños,
lo efímero gozad de sus engaños:
porque la rosa es nada más espuma.
Gozad el curso de la edad ligera:
porque la juventud es una ola
que nos induce a la glacial ribera.
Y antes de que marchite su corola,
con risas acatad la primavera:
porque la primavera es una y sola.
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OJOS DE CRISTO
Ojos de Cristo hablando con los míos,
de miradas que fluyen como ríos,
para que los remonten mis navíos.
Ojos, en donde sin estudio, leo
lo que mejor conviene a mi deseo:
ojos que ven por mí lo que no veo.
Ojos, que por señales convenidas,
son promesas, halagos, bienvenidas
y escape de mis ansias contenidas.
Ojos inevitables y presentes,
que acuden a divinos expedientes
para que no los juzgue indiferentes.
Ojos que me penetran como espadas
y, si corro por sendas extraviadas,
me mueven una guerra de miradas.
Ojos que si sucumbo en la contienda,
son a mis daños: vino, aceite y venda,
buenos samaritanos de mi senda.
Ojos que, centinelas apostados,
por mi descuido viven con cuidados
y por su compasión, disimulados.
Porque no quiero daros más enojos,
¡romped, ojos de Cristo, mis cerrojos!
pues me lleváis el alma tras los ojos.
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LA ANUNCIACIÓN
¿Qué más puro ruiseñor
hace cuerdas de armonía
de la piel de noche fría,
como el ángel del Señor
cuando pronuncia: “María”…?
.
ROMANCE A LO DIVINO
Con el libro en la mano
Te amo.
Con las hojas abiertas
Te amo.
Y los ojos cerrados
Te amo.
Con el sol del quinqué
Te amo.
Y el bosque de la radio
Te amo.
Me sabes a pacíficas
tormentas.
A palomas en fórmulas
abstractas.
¡Te amo en superficies
tan hondas!
En láminas tan finas
de sangre.
Amador de oficina,
Te amo.
Marino de agua dulce,
Te amo.
Continental y náufrago
Te amo.
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ELEGÍA ÚLTIMA
Todo es igual, remedo de sí mismo,
desasosiego y aflicción de espíritu.
Persecución, proyecto que no acaba
su interminable secreción de seda.
El sol que por momentos nos alumbra
o nos incendia esplendorosamente,
encerrados en círculos de fuego.
La estrella que nos hiende sus agujas
y de su luz y de su cruz más alta
deja caer su inagotable gota.
Los hombres que se apagan y sus nombres
que van sin exhalar ni una queja
a ocupar sus nocturnas hornacinas.
Sino de luz en luz, de sombra en sombra,
ir a la desaparición final.





