Por Arturo Loera
Escribimos, leemos, desde un lugar estrecho. Casi siempre con el deseo de que esa estrechez sea tan sólo el punto de partida que nos lleve a lugares, sueños y símbolos mucho más amplios, con la esperanza de tocar desde un piano descompuesto, desde un piano ahogado, una canción compartida que nazca de la palabra y más allá del yo.
Pachuca significa “lugar estrecho”. Por supuesto, se refiere a la estrechez con la que nos fundamos a nosotros mismos.
Arístides escribe desde un lugar estrecho, desde ese Pachuca que es un eco donde expande su escritura y toca los rincones más inhóspitos que puede ofrecernos un libro de poemas, desde el pensamiento de Hokusai hasta algunos apuntes de Gilberto Owen; desde su sala, sus gatos, hasta Da Vinci.
El poemario de Arístides, ganador del Premio Nacional de Poesía “Rodulfo Figueroa” 2024, es un libro atravesado por la conciencia de lo efímero y la persistencia de la memoria, esos otros ejemplos de la estrechez. Desde su título, Cuadro azul sobre fondo de nada, se anuncia una tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo que se afirma como imagen y lo que se disuelve en vacío. Esa dualidad marca el tono de todo el conjunto: la poesía como intento de fijar lo que inevitable y comúnmente se nos escapa.
Uno de los rasgos más notables del libro es el contenido y nada artificioso manejo de la intertextualidad. La pintura japonesa de Hokusai, los experimentos de Leonardo da Vinci, el eco de Gilberto Owen, las estampas de Kuniyoshi o la música de Sakamoto, no son simples referencias culturales, sino puntos de fuga desde donde las palabras expanden su mirada. Cada obra ajena se convierte en espejo o contrapunto: el mar azul de Katsushika, el piano ahogado de Sakamoto o la ciudad “como nube” de Owen son detonadores de una reflexión que oscila sobre el tiempo, la creación y la fragilidad del cuerpo. Debo decir que la intertextualidad como recurso me parece siempre peligrosa, muchas veces pareciera una especie de validación, un recurso tramposo para poner pensamientos propios sobre pensamientos ya consolidados. Digo esto porque en los poemas de Arístides la intertextualidad cumple su naturaleza de inicio y nos comparte un pensamiento dual y nuevo que no se queda en las meras evocaciones.

Otro rasgo interesante del poemario es que se encuentra habitado por presencias animales —aves, tigres, pulpos, perros— que encarnan la memoria, el dolor o la amenaza de lo inevitable. A veces aparecen como metáforas del desgaste físico como en el poema “Razones zoológicas de un dolor de espalda”:
Hay un pulpo que me quiebra la postura.
Cada una de sus ventosas es una falange
y cada tentáculo la unión molecular
de una mano de mil dedos
que surca dentro con su luz de sombra
como un árbol que se enreda en mis esquinas,
pronuncia su mudra incomprensible
desde lo más rojo, inmaterial
y profundo de mi cuerpo.
Otras veces aparecen como evocaciones del linaje y la pérdida, como en “Autobiografía de un animal declarado extinto”:
Cuando no haya quién, cuando no estemos aquí
ni alguien más que lo recuerde,
nada podrá salvarnos de nacer de nuevo
y volver como una herida ajena
bajo la forma de un nadie
lejano e impotente.
La animalidad funciona aquí como recordatorio de que la vida humana está atravesada por el instinto, lo salvaje y lo que ya no regresa.
Otro hilo conductor es la intimidad con los fantasmas familiares. El padre que corre en una estampa de guerra, la madre que se convierte en un animal en retirada, las abuelas y el pan compartido: todas figuras que se mueven entre lo cotidiano y lo mítico. El libro oscila así entre escenas domésticas y visiones desbordadas que las colocan en un plano casi épico. Esa convivencia entre lo mínimo y lo monumental es uno de los logros más potentes de este libro.
Este poemario se ofrece, pues, como un territorio de resonancias: entre el arte y la vida, entre la memoria personal y la memoria cultural, entre la certeza de lo extinto y la obstinación de lo que aún canta. Una obra que se mueve con naturalidad entre lo íntimo y lo universal, y que convierte al lector en testigo de un azul que no cesa de preguntarse qué hay detrás del fondo vacío.
Para María Negroni una poética es un proyecto de incertidumbre. He tenido la fortuna de acompañar a los largo ya de algunos años algunos proyectos de Arístides y puedo decir que encuentro su poética como una incertidumbre bastante clara. Que tiene bien definidos sus contornos y caminos y que sin embargo se deja asombrar a sí mismo por el pensamiento del poema. Celebro pues la existencia de este libro, de este lugar estrecho que es capaz de compartirnos una experiencia cercana a lo inolvidable.
RYUICHI SAKAMOTO CONVERSA CON UN PIANO AHOGADO
O sobre la música que compuso con el piano encontrado después del tsunami.
Algunos años antes de morir, Ryuichi Sakamoto sintió un interés irresistible por un piano dañado que se ubicaba en una escuela secundaria de la prefectura de Miyagi. El edificio estaba en ruinas a causa del tsunami provocado por el terremoto en el este de Japón en 2011. Diez meses después, Sakamoto visitó la Escuela Secundaria de Agricultura de Miyagi en la ciudad de Natori, a solicitar permiso para usar el piano. En 2017, el álbum “async” contendría sonidos de aquel piano que aún se podía sostener en pie, un poco roído por la sal y desafinado por los golpes que seguramente sufrió durante la catástrofe. Sakamoto volvería a aquel lugar a dedicar un concierto, junto con la orquesta de jóvenes de la prefectura. Lo que no quedó registrado es que en dicho concierto Sakamoto leyó una serie de poemas a los asistentes, mismos que después serían recuperados en una carta dirigida a la escuela secundaria en cuyo gimnasio quedó resguardado el piano.
.
1.
El cuerpo de un piano ahogado
Como un animal de origami
barnizado por la sal del naufragio,
el cadáver de un piano deshace tus manos, Ryuichi,
tus manos salobres, quebradizas.
Intentas recomponer poco a poco su canción
acariciando el acero cabizbajo de las cuerdas,
la tristeza de sus martillos.
Repasas con una pequeña melodía
la línea del mar en su costado.
Montas el agua sobre su lomo,
escuchas su tapa azotándose
como herrumbre vieja,
como las costeras de Tohoku,
las notas ocultas del desastre
y el crujir de una flor seca bajo el agua,
miras los pedazos de su bastón
como una pierna reventada
por una mina en el campo de batalla.
Eres, Ryuichi, la noche de su música.
.
2.
Canción en el agua
Si aún tus nudillos pueden hacerlo sonar
no detengas su canto,
para qué detenerte ahora, Ryuichi, ábrelo,
toca, martilla en su garganta, continúa,
la diferencia entre tu muerte
y la del piano, la prueba de que es mejor que tú
y más perfecto su cadáver,
es el sonido que aún evoca.
.
3.
ずれ (zure)
El piano es como es, como todos los seres.
Golpea el desastre y la vida en su casco
como se descompone también la afinación de tu cuerpo.
Recorre la carne abierta de su música,
su piel como un suéter deshilado, reacomodándose
con la frágil entonación de cada sílaba,
con la voz astillada por el veneno del agua,
doblando en la falsa esquina del canto
para dormir en la pupila del mar
a espaldas del cielo,
con las palabras como frágiles rocas partidas
cediendo al suave toque de la brisa,
la brisa buscando despertar un poderoso acorde,
con esa suave, descompuesta voz de ahogado.
Esta voz es tu voz, Ryuichi,
tocando al volumen de tu propia muerte,
profunda y contradictoria,
sumergida bajo el fantasma de la espuma
después del maremoto.
.
4.
Gigantesca gota azul de tristeza
Una canción se desprende y cae de las ramas
de un árbol de agua.
La copa de un bosque hecho de mar
abriendo su blanca dentadura.
La canción, como un ave ahogándose en el cielo,
cae sobre tu cuerpo dormido, Ryuichi.
La canción se empapa hasta los huesos
y tú, con la cabeza entre las ramas.
Escucha, Ryuichi, la canción
sentado en la corona de este árbol azul,
tomando su color conforme la luz clarea la piel del agua,
sé lo mismo que su cordal desvencijado,
que el crujir de sus astillas.
Toca con todos los dedos del mundo
martillando en las notas escarpadas del sueño
siguiendo la forma en que se quiebra la madera,
en su silencioso cuerpo de madera hinchada,
y así, escribe en él el recordatorio
de que, aunque oscurezca en su sonido,
aunque sea cierto que nadie estuvo ahí para escucharlo,
nadie podrá quitarle a este muerto
el ímpetu de seguir evocándose.
.
5.
Estudio sobre el piano de Tohoku (Por Ryuichi Sakamoto)
Morirás, seguro que morirás.
La canción de tu cadáver es imposible.
Mira de nuevo el piano.
Nada como el producto de la industria,
de la delicada pincha de un tallo,
de la pluma sobre la cuerda
al duro martillar sobre el acero,
escucha el percutir de su ambivalencia.
¿Cómo reconstituir su forma,
tan armoniosa y bella,
su pervertido cordal, su falsa dulzura?
En clases apunté esta frase,
estaba inscrita en la tapa de un viejo clave:
Musica dulce laborum lavamen.
La música hace el trabajo llevadero.
Hoy mi trabajo es morir;
los horarios del medicamento, las citas para el diagnóstico:
¿cómo va muriendo?
Bien, encontré un piano.
Un piano roto de los bordes,
como si se hubieran roto en él
todos los claves,
todos los neobarroquismos,
la obscenidad de la belleza
con que la música se engaña a sí misma.
Escucho esta eclosión de células muertas
en mis pulmones, mi cuerpo
igual a la perfección en las calles de un cadáver,
la intricada partitura de un sonido en vano.
Un Steinway & Sons relincha
su decadente melodía en la antesala del agua,
cayendo junto al horizonte del mar
que lo devolvió como una perla oscura.
Me lloro a mí mismo en este cascajo,
porque veo en su infancia
el rescoldo de lo que fue el timbre perfecto y lujurioso de su canto,
la perfección con que se contiene la música,
la perfección, como la voracidad de una bala
o una descomposición de átomos,
la ciencia que no tengo,
la misma que nos calla
cuando queremos que la escritura
encuentre el ritmo
de la silenciosa vulgaridad de la vida.
Me falta todo, su cuerpo es la asfixia de los bosques
y en él escucho esta negra Sonata opus ak-47
disparando a la tierra para redondear su hechura.
Mírate en este cadáver, eres tú, Ryuichi.
Hay agua de un negro mar azotándote en silencio,
encallas desde dentro, terco, sutil naufragio.
¿Acaso ves aquí la madera prensada,
el acero rebanado y limpio,
las toneladas de fuerza para moldear al árbol,
para endurecer cada cuerda en su tonalidad precisa?
El árbol es obligado a moldearse para nuestro oído,
la industria humana de convertir lo sublime en adorno,
de ignorar su propia enfermedad.
Mira, el piano requiere ser afinado.
Decimos que desafina, pero esto es impreciso,
la materia lucha por volver a su estado natural.
Mira con cuidado en la música,
morirás seguramente,
tu cuerpo llegará, también,
a la misma costa, roído,
con la sal rebanándote el pecho,
serás, en el azul dormido
donde guarda silencio el agua,
igual a un piano azotado por el tsunami,
y ese será tu canto.
Arturo Loera (Chihuahua, 1987). Es autor de los libros El poema vacío (ICM/Conaculta, 2013), Cámara de Gesell (Premio Editorial Praxis, 2013), La retórica del llanto (Fondo Editorial Tierra Adentr, 2014), Ídolos (Montea, 2017), Un montón de piedras (Premio Binacional de Poesía Pellicer – Frost, Mantis Editores, 2017), Nada notable (Cuadrivio, 2018) y Algunos sueños sobre el capitalismo (Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2021, Fondo de Cultura Económica, 2022). Parte de su trabajo se encuentra reunido en antologías como Fuego de dos fraguas, poetas jóvenes de México y España (Exmolino: Taller Editorial / Centro Cultural España, 2016), Parkour Pop. Ético (Dirección general de publicaciones de la SEP, 2017), entre otras. Algunos poemas suyos han sido traducidos al inglés y al italiano. Ha sido becario del Fondo Municipal para Artistas y Creadores (2018 – 2019) y del PECDA David Alfaro Siqueiros (2017 – 2018 / 2023 – 2024) para creadores con trayectoria; de la Fundación para las Letras Mexicanas (2013 – 2015) y del FONCA en su programa jóvenes creadores (2019 – 2020 / 2021 – 2022).





