Poesía,

Sergio Loo y la divinidad del cuerpo enfermo

Sergio

Creo recordar que Zizek explora una vuelta de tuerca fundamental: Platón era, en realidad, un materialista. Contrario a lo que un posible Mundo de las Ideas parece sugerirnos, esta suerte de materialismo verbal, lacaniano, que parte del objeto hacia el signo y viceversa, en su proceso de semiosis, nos lleva a la verdadera naturaleza de las cosas: el lenguaje. O como Gilberto Owen bien supo decir: «Por la carne también se llega al cielo», ese cielo atravesado de palabras.

Desde el recurrido Curso de lingüística general de Saussure, hemos visto esa dualidad del signo lingüístico entre la imagen conceptual y la imagen acústica. Dicho de otro modo, el leve encantamiento que la sonoridad produce en la mente a la velocidad del habla. Y de igual manera, desde Pierce (si no me fallan las clases académicas), ese otro punto de la ahora triada: el referente, el objeto de la realidad aludida. Como Octavio Paz ahondara en El mono gramático, al enunciar el vocablo «árbol» para referirnos al árbol que tenemos frente a nuestros ojos, no nos referimos a ese árbol infinitesimalmente diferente a los demás, sino a una serie de características elementales.

La palabra es rompimiento del mundo. Nunca lo enunciado llena los zapatos de lo que busca enunciarse. La luna de los persas y la luna de Lorca es, a un tiempo de horror sagrado (Borges dixit), idéntica y distinta. Y cada vez que nombro al cuerpo enfermo, que lo toco con ese ardid de signos que inventamos, alcanzo a quebrarlo vagamente. De sus fisuras, tal como posiblemente previó el griego, asoman las raíces sígnicas que lo conforman.

Si filosofía es amor al conocimiento, de la misma manera en que Platón accede, a través de metáforas y del ejercicio filosófico, a la materialidad oculta de las cosas del Mundo de las Ideas, también Sergio Loo ofrece a sus lectores, amor mediante, en Operación al cuerpo enfermo, cierto acceso a la divinidad. Y son procesos llamativamente similares: para Lyotard es un asunto del Eros: la búsqueda continua del deseo y su inalterable imposibilidad, ya sea que se trate de la sabiduría o de quien se ama.

«Soy carne abierta», dice Sergio Loo, ese cuerpo que es cuerpo precisamente por su capacidad de romperse. Y más adelante: «La realidad es la sucesión del lenguaje», como si hubiera previsto que tras esa flor sangrante y abierta, enferma de amor, rota, emerge, titubeante, lo que somos. Porque «Cecilia y yo. Los cuerpos que fuimos, las imágenes fotográficas irrepetibles. Cecilia y yo besándonos desde adentro de dos cuerpos con los ojos cerrados como si la imagen misma perpetuara lo que estábamos pensando y sintiendo durante ese flash, ese negro, esos labios», y todo eso ya no es.

El cuerpo que poetiza Sergio Loo no es solamente víctima del sarcoma. También sufre, a su decir, intervenido por la cultura, atravesado por las teorías estéticas, de género, evolucionistas, teorías de teorías. Y sufre el amor en su fase de ausencia. Cuando el poeta dice que el cuerpo social desecha al cuerpo anómalo, a quien no ha cumplido los estándares impuestos, nos urge un tema vigente: la deconstrucción y reconstrucción –procesos estrictamente verbales– de la cultura. Si Sabines dijo: «Espero curarme de ti en unos días […] Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno» (aunque sabía que no le serviría de nada), aquí Sergio Loo no pretendió curarse ni seguir ninguna moral prescripta en dosis moderadas y santurronas, porque los cirujanos y las tías juzgonas podrán saber cómo funciona el cuerpo, no lo que quiere. «¿Pero estar enfermo no es la reiteración de estar vivo, doblemente vivo?», dice Sergio. «Amar el daño», en su versión lopesca. O, de nuevo a razón de Zizek, la sentencia que afirma que el amor es el mal.

El amor, como el lenguaje, es rompimiento del mundo. Por eso atendemos a un libro en que cada parte del cuerpo enfermo (cada poema) es un intento de cirugía verbal. Ese cuerpo anómalo es un monstruo: en él se cifran los deseos ocultos, la violencia, el secreto pulso de la muerte, el asco. Las palabras que dicen al cuerpo enfermo son las que están reconocidas como diferentes a la norma. Tania Tagle, en su libro Germinal, se encarga de estas aproximaciones de manera interesante. «Un monstruo es la materialización de un tabú que obliga a la sociedad a encarar su miedo a salirse de la norma, es decir, a desobedecer». Y si el amor es el mal, y si filosofía y literatura ocupan un lugar marginal en ese frío y oscuro mecanismo de las «aguas heladas del cálculo egoísta», como dijo poéticamente Marx, entonces el Eros es la llave liberatoria de las alas.

Un hombre con alas es un monstruo porque su libertad es algo que nos aterra, algo que no reconocemos como nuestro. La lectura de Operación al cuerpo enfermo nos insta a desobedecer, es decir, nos presenta un poeta que nos tiende la mano para partir a un viaje aterrador y maravilloso, en el que sólo un destino es posible: la muerte necesaria. El cáncer es la menor de las enfermedades: el amor y el lenguaje nos matarán en serio para despertar en un mundo más tolerable donde podamos escuchar lo que la poesía tiene que decirnos.

Mientras tanto, poetas como Sergio Loo son imprescindibles y monstruosos. Aterradoramente bellos. Si Isabel Zapata dice en In vitro que «El cuerpo es un enemigo tan cruel que más vale tenerlo de nuestro lado», Sergio prefiere tomar al toro por los cuernos. Quiero decir, se inmola, y hay en ese sacrificio algo de hermoso. El cuerpo enfermo es un monstruo, y si atendemos a la tradición grecolatina, veremos que tiene algo de divino, algo de mensaje. Un mensaje es siempre la línea entre dos puntos. De la cárcel a la plenitud hay que encontrar el camino, y en Operación al cuerpo enfermo se nos muestra: más allá de enumerar certezas (acaso más bien nos dice que no hay certezas), nos insta a abrazar la incertidumbre de las nuevas rutas.

No sabemos el destino ulterior de los dioses, pero todos sufrimos alguna carencia. A pesar de que hombres y mujeres podamos cambiar la inmortalidad por un par de monedas, «llevan todos los asombros en sus ojos / porque los habitan dioses y mitologías», a decir de Luis Aguilar. Así se conforma una trascendencia mediada por el Eros vista de otro modo, no desde el estado perfecto: el proceso, ese estado incompleto del deseo, es la divinidad. La cualidad, acaso, de lo perfectible; el cuerpo enfermo.  Este pensamiento también me lo evoca el título de un libro de Ocean Vuong, On earth we’re briefly gorgeous.

Operación al cuerpo enfermo, como toda poesía debe hacer, asume consciente o inconscientemente el pensamiento formal para llevarlo al terreno de lo sensible; la poesía es intuición y descubrimiento, por eso llega pasos más allá de su horizonte. Pensar el cuerpo es confiar en que hay otras maneras de hacerlo. Estas palabras que me inspiraron los poemas de Sergio Loo también me fueron dadas por un corpus de lecturas: cuerpo sobre cuerpo, también los libros debemos repensarlos.

Aquí otro hecho íntimo del cuerpo: cuando Sergio Loo murió, yo estaba por cumplir diez años. Goza aún de su vitalidad. Desde Carruaje de Pájaros conmemoramos un año más de su aniversario luctuoso.


GLÚTEO DERECHO

Cecilia y yo dejamos algo en el camino. O no dejamos las migajitas de pan para volver a las primeras caricias. O el tacto uno llega al otro con mucho tiempo de retraso, o accidentalmente está dirigido a otra dirección; o está traspapelado. O estamos en el mismo cuarto de hotel, pero en fechas distintas como en un poema de Enrique Lihn. O su mirada ya no me ve cuando estoy frente a ella. O yo ya no la encuentro. O ya no la busco. O hay más posibilidades, millones de posibilidades en vez de ella y yo. O la disyuntiva tiene dos filos y con ambos nos dividió.

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AGUJERO VERTEBRAL DORSAL

Cecilia es grande. Quiero decir, mi visión de ella está engrandecida, desproporcionada. Es decir, la quiero, la idolatro, la veo lejos, ajena, arriba, por encima de mí. Es decir, la odio. Es decir, no puedo evitar verla incluso con los ojos cerrados. La tengo adentro de mí creciéndome como un cáncer en el cerebro. Grande. Es decir, me quiere destruir por miedo de su sola presencia. Pero Cecilia se porta apacible conmigo, me mira con gusto y me invita a sentarme con ella en el sillón. Me siento a un lado y me dice: Te quiero.

COSTILLA FIJA

Mi madre no dice cáncer, por pudor, por pánico, por la misma razón por la que Pedro no dice sida, por la misma razón por la que Cecilia no dice probable infección, por la misma razón que yo cada vez hablo menos, por la misma razón que mi padre podrido ya no dice. No nombrar para que el cáncer, el sida, la infección no vengan. Como si no estuviesen aquí, como si no fueran parte de la familia.

Hace mucho que no escucho a mi padre decir mi nombre.

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TARSO

Ésta es una silla. Éste, un helecho. Éste es un cuchillo en mi brazo. Éste, mi brazo. Esto es aquí. Ésta es Cecilia dormida en el sofá. Éste, el sofá. Éste es un tenedor. Ésta es una motocicleta flotando en el aire después de chocar. Esto es el aire. Esto es el humo adentro del aire. Ésta es mi nariz. Éstos somos nosotros. Éste es un piano. Ésta es mi tristeza del quererte separar de mí, Pedro. Éste es un martillo. Ésta es Cecilia observándonos. Ésta es Cecilia acercándose entre el aire y entre el humo hasta nosotros a paso contundente. Ésta es Cecilia besándonos, frotando su nariz contra nuestra nariz. Ésta es mi voz. Éstos son tus oídos que escuchan mi voz. Éste es nuestro entorno. Éste es un pulpo que nos abraza para despedirse de nosotros para siempre. Esto es un adiós. Ésta es la lejanía que siento aunque estés adentro, a un lado. Ésta es una larga lista de lo que digo para que exista. Ésta es la numeración infinita de lo que hay y lo que sucede para que siga existiendo. Éste es el inicio, el origen que no acaba y está acabando conmigo. Ésta es nuestra separación. Ésta es la forma que conozco para que las cosas existan. Éste es el verbo nombrar y significa traer o hacer presente. Éste es el presente que se está enunciando. Éste es el origen de las cosas y su conocimiento. Ésta, su abolición.

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TRAPECIO

Dibujo a Pedro en uno de los muros. Al que le da más luz. Pedro en escorzo mordiendo un durazno. Su traslación a la gráfica se desdobla, por no decir, se voltea contra mí; por culpa de la perspectiva parcial, deforme, que tengo de él, masa concreta. Mi trazo me delata. Mi trazo soy yo. El dibujo soy yo y es la figura de Pedro a la vez. Mezclados. Nuestras piernas y nuestros brazos se expanden en una nueva forma de hermafroditismo. Así nació el sol.

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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