Reseñas,

Tiempo doméstico o domesticado

AdrianaV

Una amiga, una amiga madre, me dijo hace poco: Emma estaba en la guardería, llegué diez minutos antes del trabajo, así que los aproveché para sentarme y ver el techo, entonces pensé: “Así se debe sentir la Jaramillo, que en su soltería, se sienta sola en su sillón”.

Me pareció algo muy trascendente. A veces pienso que resulta una obviedad decir que la mujer trabaja doble, porque es obrera y es madre, pues se trata de un hecho que se ha enunciado desde principios del siglo XX, desde las conferencias que diera Alejandra Kollontai en 1921 en Leningrado, desde que Concha Michel publicara sus ensayos contra el antagonismo de género en 1938: ambas con suma seguridad acusaban: la crianza de los niños es responsabilidad del Estado; desde que las madres comenzaran a hablar sobre la maternidad, no desde la abnegación y la bondad innatas, sino desde el hartazgo y la soledad, como Alaíde Foppa cuando escribió: “Perdóname, hijo:/ hasta me ha parecido/ que no había lugar para ti./ Mi corazón, ya lo verás,/ es una sangrienta granada abierta”; y que Castellanos escribiera: “Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba”, o cuando Esther. M. García escribió Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas. Y como ahora Adriana Ventura inquiere: “Madres del mundo:/ Quisiera saber/ si también desean, / por un segundo, / ahorcar a sus hijos. / No para siempre, digo. / Darles un susto, / para desahogarse./ ¿Quién responde?”.

Operación doméstica, de Adriana Ventura. Imagen: Adriana ventura.

¿Quién responde? Con la calma que supone aceptar que no existe el amor incondicional de madre que tanto nos prometió el cristianismo. Y que, entonces, todos los narcisos y las narcisas dejemos de ver nuestro reflejo en el río; que dejemos de ser, sólo un poco, esos “animalitos”, como los llama la autora de Operación doméstica en sus versos, bestias que alcanzan en su inocencia la dulzura, la ternura y la monstruosidad del matricidio, como los “animalitos” del alacrán, un ciento de crías hambrientas devoran a su madre, y quizá sea ésta, la epítome de la madre sacrificada: “sus manitas buscan/ la luz detrás de las cortinas./ Gritan a veces,/ señalan sus bocas/ porque tienen hambre”; la madre y la poeta expresan: “la cocina los llama con sus tentáculos” / Tiran de mi espalda sus manitas”. ¿Y cuándo acaba ese llamado a la madre?: “se vuelve niño grande/ y sigue pidiendo leche, /leche, / más leche. / La mamá se cansa. / El papá se cansa. /La leche no basta/ la mamá se cansa”.

Existe una interesante ambivalencia en el libro de Adriana Ventura, tal como el amor es ambivalente: los ama y no, se harta, se enternece, se llena de vacío, se maravilla de la imaginación de esos pequeños seres, experimenta la carga rutinaria de hacerse cargo de sus presencias, pero comprende: también ellos experimentan la soledad de la ciudad y de las rutinas: “El niño se aferra/ porque, sucede:/ ya no le gusta su vida. / Y tironea de mis reglas. / Tarde y rencoroso/ entra en sus pantalones azules/ a su playera blanca, / a los tenis/ y se amarra los cordones.”.

De tal modo que, esta ambivalencia, queda materializada en el estilo literario de Ventura, que da la impresión de ser un libro ilustrado, en que las imágenes de una mamá pulpo preparando la malteada, lo mismo que pica la fruta y estrella los huevos para alimentar a las crías, aunado a un neurótico cangrejo del que una caricia suave no puede imaginarse, se quedan ahí, esas imágenes, en apariencia, “infantiles”, como un descanso a la soledad expresada en sus líneas.

El poemario, además, está atravesado por la idea de uno de sus subtítulos: “El tiempo que dura la vida”, ¿cuál es ese tiempo? La autora consigue expresar que el tiempo nunca es más literal como cuando se es madre. Ya no hay tiempo “de soledad, de yo mirando tras de un vidrio”, como escribiera su congénere y madre, Castellanos, sino que después del parto todo queda lleno, la mente queda llena: “Parece que el día anterior/ no terminó, / parece que se ha prolongado/ hasta las siete veinte/ del día siguiente”; en cambio, sólo se escuchan peticiones: “ecos: más leche, más pan/manzanas no, peras sí. / Y lo caliente, lo frío” … pero hay una tregua, ocurre en la rutina, el poema: “—¡Mamá! —¿Cuándo duermes/ puedes ver cosas/ con los ojos cerrados?”.

Entre sus poemas está ese tiempo que se resiste al vacío, es decir, al vacío del ocio, en cambio está ese tiempo lleno, que llamaré doméstico, cuya desazón se expresa, entre otros, en el poema titulado “Ganarle al día”, una expresión común en el habla oral, que refiere a levantarse antes que salga el sol para iniciar las actividades, de este modo, a veces, se puede experimentar alguna sensación distinta, tomarse el mismo café sin prisa, encender la misma radio sin prisa, estirar la fracción de las horas lúcidas de la vigilia, para abandonarse a algún capricho sencillo. Ventura se pregunta: “¿Cómo voy a ganarle al día?”, no hay respuesta, sino los deberes: comprar el gas, pagar la luz, sacar la basura, el aseo, el yo lírico profundiza en ese sentimiento: “Quiero decir, / si encontrara el tiempo propicio, / para bañarme al menos/ y sentarme limpia/ a recibir el poema”.

Existe la añoranza constante y cada vez más imperiosa del silencio, del tiempo vacío, como la casa vacía de en frente: “Porque está vacía no cabe en talla. / Y revienta de risa, / escucho ese jolgorio/ cuando lavo mis trastes,/ cuando bebo el café/ de la mañana/y la miro”.

El tiempo en el libro de Adriana Ventura ya no es presente, pasado o futuro, ni mañana, tarde o noche, sino una serie de acontecimientos que se concatenan minuto a minuto, para tachar un pendiente de la lista: “Mujeres, sean honestas. / Admitan que extrañan los días/ en los que podían /permitirle a la basura orgánica /agusanarse…”

Quizá una persona que no es madre, aunque cercada por la rutina diaria del capitalismo, en que no hay pendiente eludible, sino la postergación de aquello que se amontona tras la puerta, pueda comprender lo que esta añoranza significa, pero no, la imaginación no alcanza para experimentar la presencia constante, aunque esta presencia, sea también, llena de ternura. Terminaré este breve texto, con el fragmento de un poema, de encontradas sensaciones en la memoria de la autora, que expresa una profunda ambición, la más compleja y la más sencilla:

“¿Ustedes también demoraban siglos
Bajo el agua fresca de la regadera,
(despreocupadas por la ecología
y el deterioro ambiental)?
¿Recorrieron sus piernas
sus brazos,
sus largos cuellos
con la espuma de jabón de granada?”


Tania Jaramillo (1989, CDMX, México, ). Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Autora del libro Las cuerpas (2022), publicado por Malpaís Ediciones. Otros de sus poemas han sido publicados en las revistas: Periódico de poesía, UNAM, L´Ordinaire, Latino-américain, Norte/Sur, Nueva York Poetry Review y Revista Poesía.