Columnas, Necrológicas literarias,

Toledo: sin ti, y con vergüenza

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Aparte del apellido, lo que eso conlleva (una especie de Ser juchiteco), me unirá siempre al enorme Francisco, la vergüenza. Resuena en mi cabeza ahora, y siempre que lo recuerdo, una maravillosa categorización que hace Ricardo Piglia: la mansedumbre idiota… Eso, era yo muy idiota; sí, pero en mi defensa debo decir que también era muy joven. De esto hace ya, al menos, veinte años. La hoy Secretaria de Cultura era, con decirles, la coordinadora de difusión en la universidad donde yo estudiaba (mi segunda carrera). Yo era becario y me pidieron estar en la inauguración de una exposición, atendiendo la puerta, conduciendo invitados al sitio correcto. Y para no alargar el clímax de la anécdota, diré que ahí parado, guardián de puerta como perro -Cerbero de pacotilla- con el poder que da un encargo menor y dos semestres de alguna carrera medio elitista, y la voz de actor entrenada a fuerza de una primera carrera, le dije al grandísimo Toledo: a dónde va; usted no puede entrar.

Pero, ¿saben? Entonces no había Google. Yo sabia de él, su nombre de memoria, hasta podía citar dos obras que me gustaban, con técnica y año de producción, pero nunca lo había visto físicamente. Eso y un montón de estereotipos me hicieron pasar esa vergüenza enorme, patética y escandalosa que me uniría a él de una manera (qué fortuna) cándida. Y digo cándida porque la genialidad y algunos como el tío Francisco , rebasa la habilidad plástica, y siendo benévolo me respondió: me gustaría no tener que entrar, pero me están esperando.

Hoy sé con mucha certeza que de verdad hubiera preferido no entrar a aquel ridículo desfile de vanidades “culturales”. Hoy sé que Toledo era un hombre fuera de serie, comprometido con la idea de que el arte y todo lo que emana de él debía servir en algún punto para hacer de este un mundo mejor. Y también sabía que no habría Mejor mundo posible Sin antes haber un mejor México, y antes que ello, un mejor Oaxaca. Toledo fue pilar de todo lo bueno que pasó en su entorno, y contención de todo lo malo. Con él termina una época: la invención de una mirada, la recomposición de la cosmogonía zapoteca llevada al paroxismo de la universalidad, que abrió brecha para todo lo que vino; que cabe decir que hasta daño hizo a la tradición en algún punto. En esa mirada bajita, de párpados oscuros, estuvo Oaxaca suspendida, a salvo. En las macetas de maguey de su casa sin cancel, llorona, se guardará por siempre con su olor a tierra mojada el deseo de ceder, de no dejarnos vencer.

Ta Toledo, tío Francisco, estaremos huérfanos de ti pa’ siempre, y no habrá Museo internacional, ni colección carísima que nos consuele. Yo voy a seguir contando acá la vez que negué la entrada a gran evento; también, quién te manda a llegar solo y en huaraches y sin peinar.