Poesía,

Tres poemas de Alba Magariño Saynes

Alba_Magrino
Foto: Marcelino Champo.

(Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, 1992). Ha publicado en periódicos, revistas, fanzines y suplementos culturales de circulación local y electrónica. Ha participado en los eventos  Pretextos poéticos (Juchitán, 2010, 2011, 2013 y 2014), en el Tour de poetas jóvenes del Istmo (2011, 2012 y 2014) y en el V Encuentro Intergaláctico de Escritores Independientes con Arena en la Laringe (Mérida, Yucatán, 2015). En 2012 colaboró en la organización de la Feria del Libro: Juchitán, Oaxaca. Es licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas, cofundadora y coordinadora del Encuentro de Mujeres Poetas en el Istmo de Tehuantepec y del Festival de Mujeres Artistas en el Istmo de Tehuantepec “Gunaa Ruzaani”.


Llamado
Bébete la leche, chiquilla.
No mires atrás ni recuerdes las fauces
de la bestia.
No te tapes los ojos con la almohada
cuando no quieras ver qué hay
al fondo del pozo, bajando la colina.
Límate las uñas y no le cuentes a la luna
qué fue lo que viste al cruzar el pantano.
Límpiate el fango de tus piernas
y ve, sigilosa, cazando el aroma
de los amaneceres.
No digas que has visto la máxima luz
en el círculo del sol,
no digas que has visto la máxima luz
en el círculo de la luna
Hay cazadores que buscan
un pedazo de brillo
para acomodar la mirada
en tu frágil piel morena.
Lávate las manos, nena,
pedacito de guie’ chachi,
bultito deshecho de cuarzos rotos.
Forma un cuenco con tus manos limpias
y ve a la casa del sol,
a la casa de la luna
a tomar grandes sorbos de luz
para cegar al cazador
con tu piel
ahora encendida
de rayos y de estrellas

.

Tren de mayo
Querido hermano,
déjame decirte un par de cosas
antes de que parta el tren de mayo.
Cuando amanezca seguro yo no estaré
pero los senderos que recorrí contigo
fueron inigualables a los de las otras vidas.
El coágulo de sangre se hizo líquido
y pudo pasar por mis venas
sólo porque tú me diste un beso
me tomaste de la mano
me dijiste “hermana, te amo”.
Cuando parta, el último rayo
resonará en mi cabeza
y las nubes comenzarán a anunciar el diluvio en tus ojos.
Pero no temas a esta profecía necia
mi amor lo cubrirá todo
como cubrieron mis manos
este amor por el mundo
y sus incontenibles llantos
sus incontenibles risas.
No temas hermano
pues mi sangre se ha quedado con la vida
con la música
y con la terrible, terrible muerte.
Ámame, ama mi cuerpo de muerta
y la ternura de mis últimos días
Ámame, hermano, ámame

.

La mirada de Caleb
La mirada de Caleb me descompone el cerebro:
sus ojos pequeños atraviesan mis ojos y pareciera
que veo el futuro en ellos.
mis brazos se abren para recibirlo
y para soltarlo.

¿Qué juego es el de la memoria?
¿Cómo le caben tantas imágenes,
olores, gemidos a un pedazo
de materia gris que se espanta de todo?

Caleb aprende a decir “chichi”,
dice “titi” y se arroja
a los pechos de su madre
para saciar el hambre.

Nunca había pensado
en el mecanismo del cerebro
hasta que nació Caleb.
Somos maquinitas que almacenan
besos, los ojos de mamá,
el sabor de la sangre,
el olor de un muerto lleno de formol.

Algún día acumularemos tanta
información que se nos olvidarán
los ríos que cruzamos, el olor
de las hormonas, antes, durante
y después de hacer el amor
(como le llaman los poetas al sexo).

Se nos van a olvidar los labios
que vemos cuando nos hablan bajito,
el sonido de los aviones,
el escondido trinar de un pájaro
que ha llegado a espantarnos
a la puerta de la casa.
Se nos olvidará el mundo.

El disco duro de nuestra memoria
se quemará de tanta información.
Hemos vivido tantas eternidades.
Eso será morir, me imagino.

De pronto el balbuceo de Caleb
me despierta.
señala al perro de la casa y yo lo llevo,
nos aproximamos a él.
Yo le digo “perro” y señalo al perro.
Los dos nos quedamos observándolo
y enmarcamos en nuestra mente
el sonido intenso de ese cuerpo
parado en cuatro patas.

Una información más se anexa
a la memoria
que habrá de romperse
en próximas eternidades.