Poesía,

Tres poemas de Diana Soberanis Mena

DianaSoberanis

(Mérida, Yucatán, 1997). Es Licenciada en Literatura Latinoamericana. Ganadora del Premio Peninsular de cuento MujerEs (Faro editores, 2021) y del Primer Concurso de Cuento Corto Peninsular (Sempere y Tilde Taller, 2023). Recibió mención honorífica en la Primera Convocatoria de Cuento Infantil y Juvenil de la Universidad de Guanajuato (2023). Sus textos, tanto de investigación como de creación literaria, han aparecido en espacios como La Revista Yucateca de Estudios Literarios (UADY), Casapaís, Metáforas al Aire (UAM), La Colmena (UAEMex), Bitácora de vuelos, Carruaje de Pájaros y el Periódico por Esto!

Actualmente se desempeña como copywriter y docente de humanidades.


Leche materna

Miro a mi abuela
picar cebolla y cilantro;
su cuerpo diminuto
parece restos de viga
tras el bombardeo…
Pero es algo más sutil,
en silencio.
Es la madre que perdió
un retal de sí misma.
Una madre cuyo dolor
aún no sabemos nombrar.
Todavía no hay palabra
que se atreva a decirle a otro
que su hijo ha muerto;
no hay vocablo que sostenga la desdicha
de pintar a la madre
que llora sobre el ataúd,
donde se pudre el cuerpo
que fue de sus entrañas.
Aunque mi abuela tampoco
espera mucho de las palabras,
y saborea el mutismo endeble.
Mientras los frijoles hierven,
mientras corta chile habanero,
me pregunto si alimentar
a los hijos de su hija
es una forma de regresar a mi madre
al calor apacible de su pecho,
donde es capaz de protegerla
con el ropón de hambre apaciguada.
Después de todo, mis hermanos y yo
somos el rastro de su leche tibia,
la continuidad.

Moverse con el miedo

No recuerdo bien
cuándo fue la primera vez
que un adulto habló
sobre las formas de mi cuerpo,
tal vez tenía once o diez.
Mis ancestras decretaron
con resignación ferviente
que era habitual.
Es cosa de hombres,
una costumbre.
Mientras no te toquen,
no hay por qué reclamar.
Si lo hacen, gritas.
Pero cuando me tocaron
por encima del vestido,
de la escuela al trabajo,
no supe cómo reaccionar.
Así fui acumulando,
entre colectivos
y algún servicio privado,
rabia con silencio.

Todavía no lo entiendo,
¿a dónde se va mi valentía?
Las prácticas cotidianas
de monólogos en frente del espejo
para ser mi defensora.

Nunca logro hacerlo.

Soy el óxido estancado de una bicicleta
mientras te persiguen colmillos de tifón.
Soy cobarde, soy lenta,
un caracol huyendo de la sal.

Nunca descifré cómo es la queja,
cómo evadir la repulsión.
Desde entonces llevo,
escondida más allá del hueso
una cicatriz en forma de autobús;
y la vorágine insípida,
que detiene mi fortaleza,
se esconde en mi bolsillo izquierdo.
Sin embargo, lo propongo día a día
con el estoicismo de una selva,
como el primer sacramento
de mi carácter obstinado…
Hoy podré dejar al miedo
encima de la hamaca.
Ojalá que se lo lleve
el camión de la basura.
Espero que sea pronto
cuando no viaje conmigo más.

La vacante

Afuera la vida es ruidosa…
No logro alcanzar lo que reclama.
Me da vergüenza decir,
No sueño con un vehículo propio,
pero sí con un jardín.

Soñar también es resistir,
pero no sé explicarle
a las ingenuas ambiciones
que no fui contratada.

A veces pienso si realmente
el dinero hubiera curado
la enfermedad terminal;
si hubiera sostenido mi cordura,
un par de segundos extra;
si hubiera llorado un poco menos…
Porque este cansancio
rebana los nervios de mi juventud,
¿la sanación se adquiere con PayPal?

Me postulo otra vez
imaginando el placer
de una jornada completa,
de una prestación por encima de la ley.
Esperando la llamada de vuelta
un árbol de limas creciendo en mi patio
es la fantasía que me sostiene.

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1 comentario

Mar Janeiro

mayo 19, 2024

Hermosa poesía!!!!
Felicitaciones Diana!

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