Poesía,

Tres poemas de Geovani de la Rosa

Geovani de la Rosa

(Pinotepa Nacional, Oaxaca; 1986).Acapulqueño por elección. Beneficiario del Fonca en poesía durante el período 2012-2013. Uno de sus cuentos aparece en la antología de cuento infantil Nahuales: los guardianes de la tierra(Fondo Regional para la Cultura y las Artes Zona Centro, 2013). Es autor del libro Babélico(Praxis, 2012; Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2011) y de la plaquette de cuento Aquellas noches de perros tiburón(Editorial De Otro Tipo, 2015; Premio Estatal de Cuento Joven Guerrero 2014). En 2016 recibió el Premio Nacional de Cuento Acapulco en su Tinta. En 2017 publicó el libro de poemas La ejecución de Gary Gilmore(Diablura Ediciones). Este 2019 fue incluido en la antología de poemas Otras voces nos agitan(Editorial Capítulo Siete). Ha colaborado con las revistas digitales: Confabulario, Punto en línea, Periódico de poesía, Trinchera, Monolito y La Crónica Jalisco.

POEMAS

Naturaleza acuática

1
Hay hogares que rondan precipicios, horas lúgubres encadenadas al televisor, aves asesinas desanudando sus alas.
Un camión zarpa hacia urbes con menos accidentes, con más puestos de trabajo.
El cielo tatuó huracanes en mi infancia, por eso –no por el trópico o las estaciones ecuatoriales– es que pudro mi silencio bajo la lluvia.
Por las noches, mamá separa sal sin queja alguna. La vende como fruto amargo, a escondidas de mi padre.
Su piel se acristala tropicalmente y pienso que la tristeza carcome su blusa, su falda floreada.
Tengo nostalgia por tiburones y tortugas.
Un espasmo me arrastra hacia fotos donde a oscuras escapaba de casa y surfeaba las primeras olas del día.
Alguna vez tuve amigos que aprovecharon un mar de fondo para izar las velas y marcharse.
Quien no se marcha de este puerto deviene en espíritu vagabundo.
Aquí permanezco lamiendo piedras, conchas salinizadas.
Pierdo identidad al reflejarme en la bahía y descubrir que otro hogar es abandonado.
Sus habitantes se despiden.
Les respondo con odio mientras incendio su casa para que indigentes o animales salvajes no se refugien en ella.
Hay una isla desierta que me acurruca cuando pierdo la memoria y no enciende mi Volkswagen.

2
Hay pelícanos protestando en el muelle, la estatua de un nadador a media calle, una canción que anuncia la llegada del transporte.
El mar es un animal volátil que de vez en cuando abate cercas y se va de parranda.
Dicen que ballenas del norte aún nos visitan. Saltan entre la tristeza acumulada en la arena mientras los cangrejos se fosilizan.
Vago sobre palmeras putrefactas, autoservicios y sueños abandonados.
Invento nombres de calles para los turistas que se pierden en el mercado.
Un perro bosteza frente al aroma de la fruta. Lame sus rodillas como quien escupe tabaco.
Mis pies son raíces atadas en cada esquina del puerto. Puedo meterme en un laberinto o sótano y escaparía sin herida alguna. Puedo descansar bajo huracanes o en el filo del acantilado sin perder la voluntad ni la noción del tiempo.
Saludo a cazadores de cocodrilos cuando exhiben sus trofeos de piel.
El mar aplasta condominios, desaparece anfibios y toma una siesta antes de las siete de la tarde.
Pinto leyendas en el lomo de una muchacha. Gimo entre sus olas peligrosas y buceo en sus entrañas como un epiléptico vencido por el sueño.
Las residencias de Manzanillo se han evaporado y extranjeros venden jardines repletos de crueldad.
Camino como un tiburón sin aletas y recuerdo a los muchachos que soñaban con viajes lejanos, con compañeras de azufre y trabajos bien pagados.
Poco queda del trópico. Su magia se acabó hace algunos años y la gente ha metalizado las entradas de su casa.
El puerto está habitado por aves de rapiña que devoran renacuajos, por delfines oxidados en el zócalo.
Hay niñas pariendo en colonias populares mientras reparo mi barca de pesca.

Terquedad

A Liberia, que siempre existirá y no

Esto no es ficción, son ramas de un árbol
que intenta devorar la ruina y exhalarla,
un tabaco antes de dormir.
Es una parvada de tiburones tercos
en hallar una playa gloriosa
donde se puedan destapar botellas de alcohol
y pedir comida tradicional en calma,
esperando la llegada de la tarde,
después de perderse en el océano violento
que es un campo de fútbol.
Piernas menguan después del pitido inicial,
inicio con voracidad por driblar gnomos y meter pases de gol,
que no son gol porque el portero rival
tiene un imán raro en las manos.
Pases de gol que nunca llegan a su destino
como deberían: demasiado corto, demasiado largo,
demasiada fuerza al pegarle el balón.
(Corre, corre, métele la pata, aprieta, así no,
también los pases hacia atrás son pases
de ataque, ¿falta?, apenas si lo toqué,
¿y ésta no la marcas?). Piernas naufragio
entre los ojos abiertos de los contrarios
y sus patadas desmontando ataques, defensas.
La terquedad en el fracaso
es un árbol sin ramas, sin tallo, sin tino
para hacer que el balón rompa las redes,
un árbol que sueña con invadir el cielo.
Y vienen los contrarios a toda velocidad,
gol en contra,
otro más, el tercero en seis minutos.
Lamento de las fallas que se amontonan en la banca,
como la basura espacial que más temprano que tarde
provocará catástrofes en naves galácticas.
¿Qué pasa en estos rieles?
Cada vez se defiende con mayor gallardía
y los goles en contra hacen muchedumbre.
Cada vez se toca más la pelota en media cancha
y se carece de tiros a puerta. Cada vez el ensamble
de los tiburones funciona de mejor forma
y no llega un golpe sobre la mesa que encarrile
hacia esa playa gloriosa. Algo truena.
Alguien se burla de nuestra derrota
por cinco o seis, ocho goles en contra
y en los vestidores se escupen las cenizas
de cada oportunidad de gol desperdiciada,
de cada sábado anegado de sudor, de golpes
y buenas intenciones para el próximo partido,
cada sábado en que tiburones moribundos
van tras la fritanga sabiendo que en la fonda
se incuba una temporada para el recuerdo.

Los poetas no saben de matemáticas
Hay quienes ven esto como una competencia
donde se miden abstractamente sus miserias
Hay quienes ven cómo meter la pata a la pena ajena
Hay quienes ven más allá de las estrellas
y se pierden en planetas no explorados
Hay quienes se van, cambian de identidad
y sueñan una vida tranquila a pierna suelta
Hay quienes se ven en una hoja marchita
y acumulan todo tipo de riqueza
Hay quienes ven el mar,
pero les parece un asunto de poca importancia
Hay quienes van al supermercado, compran laxantes
antihistamínicos, productos en oferta, comida chatarra
y una caja de preservativos
Hay quienes ven pájaros y deciden cerrar la puerta
Hay quienes ven el tiempo y suplican por morir en paz
Hay quienes ven balas clavadas en la frente
cerdos cagando entre la multitud
árboles milenarios echándose el último trago
y saben que todo sigue en su lugar
Hay quienes ven el poder y les espuma el culo
Hay quienes ven la victoria y olvidan el coño que los escupió
Hay quienes ven un ángel desde el desprecio y la burla
Hay quienes no ven
porque saben que todo tiene un final
y no hay que perder el tiempo.