Narrativa,

Un discurso después del baile, cuento de Jhonny Eyder Euán

Foto Alejandra Paulino
Foto: Alejandra Paulino.

Ellos bailan como si fueran el uno para el otro. Se mueven al ritmo de la balada y ella se ve muy contenta en brazos del abusador. La música se detiene, todos ocupan sus asientos y los directivos de la universidad suben al escenario. Dan la bienvenida a todos los presentes con palabras de satisfacción por el logro académico de los egresados. Primero es la directora que intenta conmover a todos con su estilo tan formal para hablar. Se dice orgullosa y destaca el excelente rendimiento de la generación. A continuación, sigue el discurso. La directora llama a Luis Bolio. De repente yo intercedo al susodicho, acelero mis pasos y llego primero frente el micrófono. Todos los maestros se sorprenden y no les doy tiempo para impedir la inesperada participación.

Me disculpo por lo que van a escuchar, esta es la única oportunidad que me queda para tener la atención de la persona a la que le dedico este texto. A ti Rossana.

Todos los ojos van a la caza de la chica del vestido negro. La rubia que sonríe con discreción ante mis palabras y cuyas piernas cruzadas son tocadas descaradamente, debajo del mantel, por el tipo que se hace llamar su novio. Saco de mi bolsillo una hoja maltratada. La desdoblo y comienzo a leer…

Estaba por cruzar la calle para entrar a la escuela y un coche casi me atropella. Por el susto caí al suelo y me golpeé la cabeza. El auto se detuvo luego de su imprudencia al querer ganarle a la luz roja. Ella bajó angustiada creyendo que me había matado. Se veía linda y muy avergonzada. Ese desagradable accidente instaló en nosotros una amistad sin igual. Así fue como conocí a mi nueva compañera de clases.

Al pasar las semanas, los lazos afectivos entre ambos se hicieron sólidos. Rossana depositó en mí una confianza que me hizo sentir especial, y yo terminé irremediablemente enamorado de ella. Se metió en mi ser como una calamidad que irritaba mis ojos y al mismo tiempo me daba bienestar. Su voz fue siempre la tibia caricia que minó mi cabeza para enterrar su nombre como un fósil de miles de años. Me apreciaba, era sincera al decirme que me quería, pero sólo como un amigo. Con la misma devoción con que se quiere a un hermano. Pero yo lo confundía todo. Estaba dominado por el encanto de su rostro ligero de pintura y su cabello tan reluciente como los aretes que a veces adornaban sus orejas. Con mucha torpeza trataba de enamorarla, de que se diera cuenta que yo podía ser digno de su amor. Pero todo era en vano, en sus pupilas sólo se proyectaba la esperanza de una amistad que nadie podría borrar. Sin embargo, a medida que los meses iban consumiendo la carrera, nos uníamos más. Media universidad creía que éramos pareja o que teníamos algo. Muchos envidiaban mi suerte y algunos ardidos murmuraban que yo era su perro fiel. Poco me importó sus habladurías. Decían que me arrastraba por ella y la verdad es que tenían razón. Me gustaba demasiado y moría por confesarle mis sentimientos. Yo quería ser la razón de sus sueños interrumpidos en las mañanas y anhelaba una vida juntos, no sólo un simple acostón. Por estúpido que parezca, jamás pude verla como un objeto sexual. Lo intenté muchas veces para desahogarme, pero siempre fracasé. Además, me sentía culpable, como si traicionara su confianza con la sola idea de pensar únicamente en su cuerpo.

Abrumado por la inseguridad no hice absolutamente nada. Tuve el corazón anclado en el océano por cuatro años. Tiempo en el que cada abrazo, cada sonrisa que ella me regalaba eran los tenedores de plata que se hundían en mi pecho. Aguanté hasta lo inimaginable. Después no sé qué pasó. Una mañana me levanté de la cama y supe que tenía que hacerlo. Lo repetí más de cien veces en mi cabeza, tenía que decirle que la amaba. Llegué temprano a la escuela. Estaba listo para triunfar, pero ella no llegó. Así empezó a destruirse la amistad.

Me contó que fue un bar con su amiga Tania y el novio de ésta. Platicaban y bebían hasta que el mesero llegó con una cerveza que ellos no pidieron.

—Se la manda el joven de allí— le dijo a Rossana, señalando una mesa dispersa donde estaba un tipo calvo. La velada se alargó para los tres y el pelón se acercó a saludar a mi amiga y a la pareja. Platicaron un rato más y antes de irse, el sujeto invitó a Rossana a desayunar al día siguiente. Así conoció al hombre que semanas después se convertiría en su perdición.

Ya estábamos en los meses finales de la carrera. Los proyectos nos agobiaban y se hizo más fuerte el puntiagudo llanto del amor no correspondido. Como las cocineras pelando papas, Rossana me quitaba lentamente la piel. Su comportamiento cambió, faltaba a la escuela y en varias ocasiones se veía como cruda o adolorida. Estaba preocupado por ella y por eso comencé a seguirla después de clases. Ya no se iba en su coche, sino que una Hummer negra iba a buscarla. El conductor era el calvo. Me tomó varios días descubrir que no la llevaba a su casa, sino a un lujoso departamento a las afueras de la ciudad. Pasaban toda la tarde allí y cerca de las ocho de la noche el vehículo arrancaba con dirección desconocida.

No contaba con ser descubierto. El supuesto novio debió haberme visto alguna vez. Era de noche cuando un carro se detuvo violentamente sobre la acera. Me cerró el pasó y un sujeto, robusto y encapuchado, me dio un puñetazo y me metió a empujones al auto. Lo último que vi fue una aguja en mi brazo. Cuando reaccioné estaba atado a una silla y el pelón frente a mí. El tipo me golpeó por todas partes y dijo que me mataría sino me alejaba de Rossana. Gritaba que ella era suya y que ningún niño estúpido como yo la apartaría de su lado. Yo no podía hablar por la fuga sangrienta de mi boca. En ese cuarto con paredes negras, el tipo me enseñó fotografías de Rossana y él desnudos en una cama; la tenía en sus brazos y el rostro de mi amiga reflejaba placer. Tras ser la piñata de ese imbécil, me arrojó como basura en un terreno baldío.

Al despertar, mi teléfono tenía mensajes de ella. Preguntaba por qué no fui a clases y quiso ir a verme, pero le dije que no era necesario. Argumenté una leve caída. Debí decirle, pero la verdad, me dolía todo el cuerpo y el miedo me frenó. El pelón amenazó con hacerle daño a Rossana si decía algo.

Días después, cuando regresé a la escuela fui a buscarla. Ante las miradas que veían mi rostro herido y la escayola de mi brazo. La vi sentada afuera de los baños, con el teléfono en su oreja. Le dije que necesitábamos hablar. Ella colgó y sin darme oportunidad para contar mi historia me lanzó una bofetada descomunal. El suceso llamó la atención, hubo risas y el chisme se divulgó rápido. Traté de explicarle. Pero nunca me hizo caso. Según los rumores que se esparcieron por las aulas, yo quedé como el hijo de puta que aparentaba amistad para abrirle las piernas. Que furioso fui a golpear al novio por celos. Entonces, comprendí que su bofetada significó el fin de nuestra amistad.

La última vez que la vi, antes de esta noche, salía de la escuela. Quise alcanzarla en la calle, pero era demasiado tarde, la Hummer ya había arrancado.

Algunos se espantaron por lo escuchado. En especial la directora y los profesores. Muchos miraron hacia aquella mesa del centro, pero ya lucía abandonada. El pelón, Rossana y su familia ya no estaban.


(Mérida, Yucatán, 1991). Editor, lector y un caminante de la literatura. Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ganador del Premio Nacional de Cuento Joven FILEY 2016. Ha publicado textos en la revista digital Memorias de Nómada y los periódicos Diario de Yucatán y Peninsular Punto Medio.