Narrativa,

Una mujer en Praga

GabrielaM
Poema y flores. Foto: Gabriela Mier.

Perdóname por escribir tantísimas tristezas,
y no alegrarme con el sol.
Anna Ajmátova

Para I y L

«Las lechuzas chirrían, decía mamá. No, las lechuzas gritan, me gritan». Ayer pensé en esta frase que escribí en una novela. Desde hace diez años, detrás de mi tinaco, vive una pareja de lechuzas. Ayer nacieron polluelos. Me he acostumbrado a sus gritos. Me he acostumbrado a los golpes que dan entre el tinaco y la pared de barro que los separa de mí. A veces pienso que cavan un agujero, que en cualquier momento entrarán a mi habitación. A hacerme compañía. He visto a la madre y al padre. También a una que otra cría que ha caído del nido y que protejo hasta que pueda volar. No sé si se han acostumbrado a mi presencia tanto como yo a las suyas. Nos hemos mirado a los ojos. Arriba de la cabecera de mi cama hay una pequeña ventana circular. Me gustan las ventanas. Más las circulares. La luz entra liviana. A través de ella se mira distinto. Porciones redondas de algo. Las ramas del capulín, la cima del volcán Tariaqueri, la punta de la rama de un gran pino, un maizal, un par de caballos en miniatura dentro. Porciones redondas del atardecer. A veces naranja, a veces ámbar, a veces negro.

Sí, hay atardeceres negros.

La lechuza y yo dimos un grito. Ella en silencio y yo con todas mis fuerzas. Era de madrugada. Escuché un ruido seco encima de mí. Levanté la cabeza y giré hacia la ventana circular. Ahí estaba. Nos miramos durante una milésima de segundo, porque ella voló asustada. La imagen de sus ojos abiertos, al límite, se fijó en los míos hasta quedarme dormida.

Poema y flores. Foto: Gabriela Mier.

Soñé que volaba sobre una ciudad sin luces.

Estoy acostada en mi cama pensando en no sé qué y miro el techo de madera. Veo sus formas. El hocico de un oso. Los ojos de una zorra. La silueta de una mujer delgada, alta, con vestido largo y chongo. El ojo y la oreja de un lince. Cierro los ojos. Los abro. Me petrifico al ver la cara de mi abuela. Luego cambia a la de mi madre. Y luego a la mía. Jóvenes las tres. Hay algo que nos hace iguales. Tal vez un rizo que cae en la frente, el mentón ovalado, la pose desafiante. Sobre todo, algo en el ojo izquierdo, porque el espacio del derecho está vacío.

Mi madre es ciega del ojo derecho.

Tomo una foto a esa imagen y le hago zoom. Se desvanece.

Hoy mi habitación está más iluminada que en días pasados en los que hubo lluvia, truenos, nubes en distintas tonalidades de gris. Pocas veces se habla sobre las tonalidades del gris. Decimos, era un día gris, el cielo estaba gris. Gris y punto. Una vez le dije a una amiga que vive en una ciudad donde la primavera es gris y lluviosa, que yo no podría vivir ahí porque no me gustan los días así. Ella me habló sobre las tonalidades del gris. Y tiene razón. Además, la tristeza se disfruta más en esos días gris tormenta. Pero, como dije, hoy el día es luminoso. Me levanto de la cama y voy directo a meter mi ropa a la lavadora. La dejo andando. Desayuno fruta con yogurt, pan con mantequilla y mermelada de fresa. Preparo mate. Enciendo la computadora y reviso pendientes. Mi hijo me envía un video por WhatsApp. Uno de esos videos que aparecen en el celular, con música de fondo, para recordar momentos. Para que no olvidemos. El video muestra, una tras otra, las fotos de un viaje que hicimos hace apenas unos meses, mi hija L, mi hijo I, y yo.

Estación de tren. Foto: Gabriela Mier.

Desde entonces, cada día, pienso en ese viaje.

Desperté con el corazón acelerado. Soñé que estaba con L y con I en la casa donde yo crecí. Había una tormenta. Al abrir la puerta vi una ráfaga de viento negra que amenazaba con entrar. Cerré la puerta y comencé a gritarles, una y otra vez.

No recuerdo si grité: ¡no salgan! o ¿dónde están?

Mi hija y mi hijo no están. Mejor dicho, no viven conmigo. Ella se fue a los quince años a estudiar a una ciudad cercana a donde vivo. Él se fue a vivir con su papá a Estados Unidos, también a los quince.

Me hubiera gustado gritarles ¡no salgan!

No lo hice. Les di la libertad que concede el vuelo. Soy como una lechuza.

Miro sus habitaciones. Algunas prendas. Peluches. Buzz lightyear con su casco desgastado. El libro Dónde está Wally. Todavía recuerdo cuando una amiga mía se lo regaló a I al cumplir seis años. Miro fotos enmarcadas. Acaricio el vidrio. Siempre niña. Siempre niño. No hay fotos que me hagan verles adultos. De vez en cuando lavo sábanas y cobijas de sus camas para quitar un poco de polvo.

Y grito: ¿dónde están?

Y busco a Wally.

Me encontré con I en el aeropuerto de Nueva York. Meses antes planeamos un viaje a Europa central. L estaba en Viena con una beca de estudios y era mi oportunidad. Casi no lo pensé. Si lo hubiera hecho, no habría ido. Le doy demasiadas vueltas a las cosas, y todo me lleva, siempre, a algo fatal. Qué tal si tal o cual cosa. Y, lo que faltaba, justo una semana antes del viaje, amanecí con dolor de garganta. Entré en pánico: no podré ir, por qué siempre me pasan estas cosas, es mi mente boicoteándome, ¡no!, por favor, vas a estar bien, es solo un dolor de garganta, no exageres, irás. Llamé por teléfono al médico al que siempre digo que no volveré a llamar porque es más fatalista que yo.

Tienes covid, dijo.

Pero cómo sabes, le pregunté, cómo puedes asegurarlo si no me he hecho una prueba, no tengo más síntomas, en una semana salgo de viaje.

Tienes covid, insistió.  Dijo que tomara no recuerdo qué, y colgó.

Mi mente comenzó a girar. Y si tiene razón. Y si me tomo el medicamento y me va peor. No tomé nada. Lo que sobrevino fue una tos de perro que no me dejaba dormir. Son tus nervios, dijo una amiga. Busqué en internet: tos somática, nudo en la garganta, síntomas, ejercicios. Los hice cada noche antes del viaje. Por momentos la tos desaparecía, luego volvía. En el aeropuerto en CDMX, en la fila para hacer el check in, me atacó con furia. La gente miraba. Ponían distancia. Pelaban los ojos. Igualito que hago yo cuando alguien me tose junto.

Pájara frente a los Alpes. Foto: Gabriela Mier.

Me encontré con mi hijo en Nueva York. Nos abrazamos y nos dimos besos. Me preguntó por qué traía cubrebocas si ya nadie lo usaba. Me lo quité. Nos tomamos una selfie y se la enviamos a L.

En Viena mi hija nos esperaba en el aeropuerto. Hacía casi un año que no nos veíamos. Nos abrazamos y nos dimos besos. Al salir de ahí, el viento gélido me golpeó la cara. Pero es primavera, ¿no me habías dicho que ya no hacía tanto frío?, le reclamé a L. Claro, respondió, hace menos frío que en invierno. Pensé en mi tos, en empeorar, en que no llevaba suficiente abrigo. Al entrar al departamento donde vivió mi hija ese año, le pedí a ella y a su hermano que fueran a hacer una compra al supermercado: pan, leche, queso, cereal, huevos, jamón, pasta, puré de tomate, chocolates, algo de fruta y cervezas. Me di un baño, preparé espaguetis con champiñones, y me tomé de un hilo tres cervezas. Al día siguiente mi tos desapareció.

En Viena calles limpias, parques limpios, castillos, bolsitas de lavanda, los mejores perros calientes con las mejores salchichas de cerdo, árabes barriendo y limpiando lo poco que se ensucia, gente que no mira a los ojos, kebabs en cada esquina, amigas de mi hija en un restaurante donde tomamos cerveza y comimos schnitzel, a veinte euros el plato.

Europa me gusta porque hay trenes.

Luego de una semana en Viena, mientras L avanzaba en su tesis, mi hijo y yo fuimos en tren a Eslovaquia. Ida y vuelta, mismo día. No quité la vista del paisaje. De las coníferas con ramificaciones largas y secas. De sus troncos. Gigantes solitarios. De las casas con techo rojo de dos aguas, parecidas a las que dibujaba cuando era niña. Del piso de las estaciones donde paró el tren. De las personas que subieron. De las que bajaron, alejándose de mí para siempre.

¿Por qué todo es tan fugaz?

En apenas dos horas caminábamos sobre las calles empedradas de Bratislava.

Bratislava es un castillo con pozos de piedra en la cima de una montaña. Un cielo helado y azul, abarcándolo todo. Una pizza de hongos con especias y aceite de oliva. Un tarro de cerveza oscura. Un hombre con la sombra del Danubio en sus ojos, que me ofrece, a 15 euros, un jardín de flores rojas y una ventana que refleja nubecitas blancas flotando en un atardecer dorado. Una acuarela sin título, firmada por MONA, así, con mayúsculas.

Un día después, I, L y yo abordamos el tren para ir a Pettnau, un pueblo en los Alpes austriacos. No conseguimos airbnb en Innsbruck, y apareció este lugar de poco más de mil habitantes. Para llegar al alojamiento caminamos más de media hora. Olía a establo limpio. Vimos carneros sin cuernos. Cruzamos un puente. Debajo, el caudal de un río verde huevo de pato, me hizo pensar en la lejanía. ¿Lejos de qué? ¿Lejos de quién? Llegamos a la casa de Evi, una mujer de unos sesenta años, bondadosa, que nos dio la bienvenida con huevitos de chocolate, una bandeja de quesos y carnes frías, mermelada casera de durazno y pan recién horneado.

Esa noche dormimos amparados por Evi.

De ahí a Innsbruck. Veinte minutos en autobús. Montañas. Grandes montañas nevadas. El río Eno. Me gustan los ríos europeos. Su furia. Caminar sobre los puentes que los atraviesan, parar a la mitad y asomarme. Saber que estoy al borde. ¿Al borde de qué? Cruzamos el puente. Al llegar al otro lado, vi sobre una rama con pocas hojas, a una pájara. No había nada que me hiciera pensar que era hembra, más que su templanza. No la escuché piar. Recorrí las ramas del árbol y no vi algún nido. Ella estaba sola, dándome la espalda, mientras contemplábamos la furia imparable del Eno.

Innsbruck es un te chai y dos capuchinos. Vaho de nieve. Es la foto en tonalidades grises de una pájara de plumaje negro cuervo que mira de frente y sin titubeos la grandeza de los Alpes.

De ahí a Múnich, en tren. Una sola noche en la habitación de una casa compartida que olía a sopa. Ruido de niños en el cuarto contiguo. Baño siempre ocupado. Ya no estoy para estas cosas. No, no lo estoy. Me quejo toda la noche. Al día siguiente salimos al amanecer, a Praga.

Budapest. Foto: Gabriela Mier.

Mi sueño: Praga.

L sugirió hacer un free walking tour. Caminamos la ciudad vieja. El barrio judío. Nos detuvimos frente a un edificio donde vivió Kafka. Lo vi. Juro que lo vi. Y no lo solté. Atravesamos el puente de Carlos, nos detuvimos a la mitad, en el borde, y miramos el Moldava. Kafka y yo. Hasta llegar a la casa donde dicen que vivió sus últimos días. Entramos. Quise no ver lo que hay para verlo solo a él. Lo vi escribir. Miré el piso y busqué sus pasos.

En las paredes: su aliento. Y un dolor atrapado.

Al día siguiente, otra caminata con el mismo guía español. Al terminar, sugiere el mismo restaurante que la tarde anterior. I y L proponen ir a otro lugar. Les digo que no, que más vale malo por conocido que bueno por conocer. No me soporto cuando repito esas frasecitas estúpidas.

Entramos al restaurante. La veo. Está sentada en una mesa para dos, junto al ventanal. Es alta y delgada. Aparenta unos ochenta años, por lo menos. Lleva puesta chaqueta y pantalones de piel color vino y una blusa gris perla. El tinte en su pelo es rubio cenizo y su peinado es el de una señora de ochenta años a la que no le importan mucho ni la moda ni las apariencias. Tampoco parece importarle la apariencia de nadie más. Come pato al horno. Lo sé porque ayer pedí lo mismo. Muslo y pierna sin cortes, acompañados de chucrut de col blanca y morada. La observo. Ella observa al pato. Usa tenedor y cuchillo.

Son las tres de la tarde. La mayoría de los que veníamos en el grupo revisamos el menú sin entender mucho qué es qué. ¿Qué piensa la mujer junto al ventanal mientras come?, mientras clava el tenedor y desliza el cuchillo, sin prisa, con delicadeza, como si importara el lugar en donde clava el tenedor y corta la carne. Cuando viajo me estresa pensar en qué voy a comer, en cómo me caerá la comida. Que si la colitis nerviosa, que si la gastritis, que si qué tal que soy alérgica a esto o a lo otro. Mi abuela decía que soy de ideas. Me gusta más la palabra idea que la palabra ansiedad. Mejor una idea que una obsesión. La verdad es que pocas veces me cae mal algo, elijo con cuidado y no soy alérgica más que a la cabecita del maíz pozolero. Veo sus zapatos estilo mocasín, negros. Sus manos largas. Sus ojos pequeños, con ese gesto de la gente grande que ya no enfoca bien, a pesar de los anteojos.

Pregunto a I y a L si no les llama la atención aquella mujer que venía en el grupo con nosotros, que no habló durante el recorrido. La observan, discretos. Y me dicen que no, que es una señora como cualquier señora. ¿Qué significa ser una señora como cualquier señora? Me piden que deje de verla tanto. Ella pide cocacola. Yo, cerveza. Reviso el menú. No entiendo nada. Además del checo, hay una traducción al inglés, y otra, muy rara, al español. No soy la única sin entender. Junto a nosotros hay una pareja de argentinos, y escucho que la mujer pide a su marido lo mismo que yo a mis hijos. Que nos traduzcan, por favor. Ayer, en este mismo restaurante, en una mesa contigua a la nuestra, dos chilenas, madre e hija, pidieron pizza, con tal de no andar descifrando, dijo la madre. Gulash, pide mi hija, y la argentina escucha y le pregunta si es esa sopa con carne servida en pan. Y ordena lo mismo. Aquí todos metemos los ojos en la comida de los demás. Menos la mujer junto al ventanal. Come un bocado de chucrut y da un trago a su cocacola. Se concentra en eso. Yo, en ella. Hago preguntas a mis hijos, por qué está sola, ya grande, en otro país, sin hablar con nadie, qué tal si le cae mal la comida o algo.

¿Tendrá hijos? ¿Dónde están? ¿Los dejó salir?

Dudo si pedir nuevamente pato al horno, que ayer me cayó bien, o un schnitzel, que es, literalmente, una milanesa de ternera o de puerco o de pollo, acompañada de puré de papa. Nada especial, la verdad. Pide algo distinto, sugiere mi hijo, y se toma una foto para su snapchat.

Praga es Kafka agonizando en una casa sin él. Es una mujer que come pato al horno. Es un brindis por otra mujer que cumple 54 años en un túnel convertido en bar. Y tres regalos. Un girasol en un vaso con agua dentro de un departamento sin ventanas. Dos esferas diminutas color turquesa en mis orejas. Una cajita metálica del Staroměstský orloj con galletas cubiertas de chocolate dentro.

Edificio Kafka. Foto: Gabriela Mier.

Adiós, Praga.

Luego de ocho horas en autobús llegamos a Budapest. Todo el camino llovió. Todo el camino vi gigantes solitarios ocultos en la niebla. Recordé a mi amiga y a sus tonalidades. Hay un gris Budapest y un gris Danubio. Nos alojamos en Pest. En un edificio antiguo, cerca del Parlamento. Con pasillos habituados al silencio. Nos dio miedo usar el viejo elevador y subimos por las escaleras. Al llegar al departamento llamó mi atención la cerradura, antiquísima, oxidada, y, junto a ella, una placa de metal desgastada con el nombre de Ágnes. La vi irse de ahí. Entrar al elevador de madera con puerta de hierro corrediza. Bajar tres pisos y salir a la noche triste.

Budapest es un sueño que flota en el Danubio. Es un joven que toma cerveza en bares de la ciudad, que atraviesa de madrugada calles vacías en un scooter y siente la libertad que concede el vuelo, que entra a un edificio, llama al elevador de madera y puerta de hierro corrediza, que sube tres pisos y toca a la puerta de una tal Ágnes. Pero le abro yo.

En Viena nos despedimos de L. Hubo llanto. Mi hijo y yo volamos a Nueva York. Al llegar había caos en el aeropuerto. Aviones en espera de desembarcar. Estuve a punto de perder mi vuelo a México. Ni siquiera pude despedirme de I. Él tiene pasaporte gringo y nos dividieron en filas al salir del avión: ciudadanos y el resto.

Llegué de madrugada.

Así debe sentirse la victoria.

Esa madrugada soñé que volaba. En ocasiones, cuando sueño, sé que estoy soñando, y lo primero que pienso es: voy a volar. Muchas veces lo logro. Hace tiempo no ocurre. Me quedo a ras del suelo. Y me angustio. Anoche, durante el sueño, supe que lo era. Recuerdo estar frente a un arco de piedra. Era uno de los arcos del Bastión de los Pescadores, en Buda, donde L me tomó una foto. Estoy cubierta de pies a cabeza. Apenas se me ve la cara. Sonrío. De fondo: la lluvia y el gris desolación de Pest. Me impulso. Atravieso el arco. Me aviento al vacío. No puedo volar. Me rindo. De repente, no sé cómo, floto boca arriba en el espacio sideral. Veo pasar estrellas. Cardúmenes de colores. Veo pasar una casa, tal como las dibujaba cuando era niña, con techo de dos aguas.

Mi casa: un astro que estalla en la oscuridad sin fin.

Mi casa: un astro que se expande en azul y violeta fosforescente.

Cielo en Bratislava. Foto: Gabriela Mier.

Es noviembre. Salgo al jardín y miro el cielo. Me gusta. No hay nubes. Igual que el de Bratislava. Helado y azul, abarcándolo todo. Recuerdo ese día. Recuerdo la sombra del Danubio griseando los ojos celestes del hombre que me vendió la acuarela. Qué será de él. Qué será de sus ojos. Y qué será de la pájara negra. De la mujer en Praga. Tomo la pintura y veo las flores rojas que no son rosales, estoy segura, si no, no la habría comprado. La pongo en su lugar. No es cualquier lugar. Ahí hay objetos especiales para mí. Conchitas de mar. Recuerdo cuando I, L y yo las trajimos de la playa en una cubeta de plástico amarilla. También hay dos regalos. Un poema que escribió L a los siete años, y un dibujo que hizo I en pre escolar: tres flores en un jarrón. Leo el poema. Acaricio las flores que nos son rosales. Estoy segura. Miro el reflejo de las nubes en el cristal. Y esa luz dorada y pálida, casi sepia, sobre la pared. Esa luz que te arrastra, irremediablemente, a la tristeza.

Pongo agua en la tetera. Cierro ventanas y cortinas que abro cada mañana para ventilar los cuartos de I y de L. Echo un vistazo a mi alrededor. Selecciono algunos libros infantiles que voy a donar.

Busco a Wally. Y lo encuentro.

Ayer supe que una de las lechuzas que hay detrás del tinaco me espía. La vi asomarse por una pequeña abertura en la cortina. Sentí una presencia tras la ventana. Abrí los ojos. Y ahí estaba ella. Nos miramos. Nos quedamos quietas, sin parpadear. Cuántas veces me habrá visto caminar por el jardín. Cuántas veces me habrá visto protegiendo a sus crías cuando han caído del nido. Cuántas veces habrá contemplando mi sueño.

Segura estoy de que me ha visto volar.


Gabriela Mier M (Ciudad de México, 1969). Socióloga y escritora. Es egresada del Diplomado en Escritura Creativa y Crítica Literaria de la Escuela de Escritura de la UNAM. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2015 por su obra Un lugar sin alegría (Editorial Ficticia). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa 2016 por su obra El valle de las iguanas (Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán). Ha colaborado con sus textos en las revistas Pie de Página, Revista LATE, El Estornudo, Punto en Línea UNAM, Letralia Tierra de Letras, entre otras. Fue becaria del PECDAM/Creadores con trayectoria 2018. Actualmente tiene el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales para la escritura de siete crónicas literarias.

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