La poesía, en algunos seres, no es una decisión estética, sino una necesidad molecular. Como si el universo, en ciertos cuerpos, reclamara una forma más alta de conciencia: no el grito, no la profecía, no el alarde —sino la ecuación. Hay poetas que fundan escuelas, otros que queman iglesias, otros que murmuran desde la piedra. Y está Alberto Destephen Soler, que entra a la poesía como se entra a una celda donde el aire se fractura en símbolos: la raíz que tiembla, el cuerpo que vibra, la palabra que se expande como una función no lineal.
