Imaginemos —sin miedo a la escena improbable— que Isaac Newton despierta hoy, aquí, en una avenida importante de México. Ya no lo ampara el orden de sus notas en los cuadernos y tampoco accede al silencio bucólico que le permite estudiar sin interrupciones. Ahora está en la Tlalpan, confundido entre el ruido, el calor, la contaminación del aire, los vendedores ambulantes y miles de automóviles que, con descaro, se arriesgan a omitir las leyes que planteó en el siglo XVII.
