Poesía,

Hay un dolor azul que se hereda en el tímpano de mis ancestros. Zorda, de Octavio Gallardo, en tres tiempos

Zorda

Hace un año la editorial mexicana Puertabierta publicó el libro “Zorda”, del escritor chileno Octavio Gallardo. Este ejemplar se presentó en la librería “El hallazgo” a través de la Casa Marie José y Octavio Paz, en CDMX; en la librería Mariano Azuela, a través de la Secretaría de Cultura de Jalisco, en Guadalajara; en la Casa Taller literario Juan José Arreola, en Zapotlán el Grande; así como en las instalaciones de Puertabierta Editores, en Colima. Recientemente el libro fue lanzado en Santiago de Chile por parte de Rumbos Editores. A raíz de este trayecto les compartimos la siguiente reseña a cargo de la poeta y ensayista mexicana Ana Corvera:


Hay un dolor azul que se hereda en el tímpano de mis ancestros. Zorda, de Octavio Gallardo, en tres tiempos

Ana Corvera

α

Escuchamos al mundo gracias a una compleja secuencia de pasos que ejercen las ondas sonoras, el aire y nuestro cerebro. Durante un tiempo imperceptible para quienes no tenemos defectos auditivos, ocurre sin interrupciones, un proceso fascinante que involucra señales eléctricas y transmutación. Unos huesecillos llamados martillo, yunque y estribo hacen posible que entendamos el entorno y podamos abrazarlo o defendernos de él. Esa tríada de minúsculas herramientas es capaz de traducir un lenguaje que, de otra forma, sería ruido. Entropía.

Creo que es seductor pensar la vida sin escucharla por completo. ¿De qué cosas nos salvaríamos? ¿Qué otras nos destruirían sin darnos cuenta? En Zorda, del poeta chileno Octavio Gallardo, se nos ofrece la premisa de una joven que apenas si oye al 40 por ciento de un solo lado. Una parálisis del nervio la coloca en una línea delgadísima entre pares opuestos que todos hemos atravesado: amor e indiferencia, salud y malestar; a veces sentirse cómodo enunciando el propio nombre y muchas otras avergonzarse de la vulnerabilidad.

El autor ha confesado que la de este libro es una voz autoficcional y que detrás de cada temor y desencuentro se esconden los mismos que él vivió durante sus primeros años. Sin embargo, una línea tras otra se escribe desde lo femenino, con una delicadeza, sensibilidad y entendimiento de la condición humana capaces de cubrir a quien leyere, porque en mayor o menor medida somos semillas nacidas al azar. Dientes de árboles con raíces que perpetúan el dolor de cada una de sus generaciones.

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 Zorda es un texto de construcción híbrida entre la prosa poética, la crónica, el relato e incluso la novela breve. Gallardo asegura que para escribir poesía la delimitación de géneros no funciona. Es preciso recurrir a, más que técnicas, diversas ramas del lenguaje que permitan crear historia, imagen, atmósfera y sendero al mismo tiempo. Zorda nos involucra en la trama con la primera postal, en donde vemos a una mujer sin nombre abriendo los brazos, decidida a tirarse al vacío del mar, esa agua verde expandida en un aire que aísla lo que toca.

A la protagonista, los otorrinolaringólogos le diagnosticaron hipoacusia desde niña, término que ella misma parte en dos y define como un estado en el que se “mete la cabeza al agua”. Esa es una clave para comprender mejor a alguien que confiesa haber vivido entre bombas y estallidos que no pudo escuchar, al menos no con las pequeñas herramientas cercanas al tímpano, pero sí con el deseo destruido de pertenecer a alguien, a algún territorio. Es la voz de una joven que sintió prestado lo poco que tuvo y conoció su realidad a partir de hechos tan sencillos como saborear el maíz verde crecido en el patio de su primera casa, y tan complejos como los motivos que tiene para abandonar quien dice que nos ama.

Raúl Zurita, compatriota de Gallardo, destaca que este libro da voz a diversos rostros involucrados en un contexto tan duro como el de la dictadura de Augusto Pinochet, caracterizada por una serie de decisiones que despojaron al pueblo chileno de la paz, la libertad y la certeza en todos los sentidos posibles. Y es que si bien es Zorda quien nos conduce a través de una cronología personalísima, en el trayecto se nos presentan Ana y María, la madre que recibe y la madre que entrega, Pancho, el padrastro, sastre venido a menos, Jaime, el hombre que apareció en medio de las protestas contra el régimen y casi muere sin llegar a un hospital, así como médicos de perros, gatos y gallinas que, como regalo del gobierno en turno, fueron ese día a atender personas.

Entre líneas se va tejiendo un trasfondo social que como lectores nos quema. No obstante, sin dejar de lado la poesía, el autor es capaz de embellecer y por lo tanto de amortiguar el paso por esta historia. Vamos con Zorda, como en una buena narración, entendiendo su lugar conocido, tomándola de la mano para salir de él y enfrentarse a los monstruos, en este caso la pobreza, la duda, la fragilidad, conviviendo con actantes que a ratos son amigos y otros se convierten en adversarios, o al menos en seres de quienes es preciso alejarse para no perpetuar el sufrimiento.

Hay ocasiones en las que el deseo de acercarse a la luz no basta. Se hierve el agua para que los sorbos no nos maten. El líquido vital de donde se cría Zorda es turbio; también lo es el cauce llamado Claudia, una compañera de escuela que representa la cara más cruel del abandono, río que ensordece, que obliga a rendirse al silencio o a la muerte del agua salada, a dejar la vida en manos de los que puedan escucharla por completo y sin emoción.

γ

Conforme avanzan las páginas desciframos cofia o calpitra, es decir lo que hay en la punta de las raíces en el linaje de Zorda. Los abuelos tuvieron cuatro hijos: tres varones al inicio y, en apariencia sin deseo, una cuarta, María, para quien no tuvieron oídos, mucho menos amor. Paradójicamente, los tíos Alberto y Rafael tenían problemas de escucha. El primero optó por guardar silencio y desaparecer aún en cuerpo presente, el segundo tuvo las agallas para abrirse un destino más grande, pero terminó decepcionando y en el hogar lo omitieron incluso antes de que la enfermedad y la vergüenza se lo llevaran. En esa casa, grandes y chicos tapan sus oídos para no salir de sí mismos, de sus creencias o su cansancio. Responder a ciertas traducciones reveladas en los tímpanos es demasiado esfuerzo para quienes necesitan vivir anestesiados.

María, la niña que nació a destiempo y gritó para tratar de existir, de adulta se aferró a la oración y a lo que le enseñaba la única persona que quiso abrazarla. Se convirtió en madre por primera vez a los 36 y entregó a su primogénita porque no fue capaz de sostenerla. Cuando la recuperó se mantuvo lejos porque en secreto se sintió inferior a sus tres hijas. Ellas, sí estaban destinadas a la luz, mientras que la madre andaba huérfana, sin poseer siquiera una esperanza sólida. Al contrario de sus padres, quienes sólo vieron porvenir en los varones, María espera de corazón que germinen sus mujeres. El único poder con el que cuenta es levantar plegarias al cielo, a ver si le responde alguno de sus muertos.

El azul aparece en el texto con distintas connotaciones: es el color de los ojos del primer hogar, de la luz que gira como aspa donde uno se pierde a capricho, de la voz que hace cariños, del desamparo consciente. Azul es también el color del área donde se prende la propia pira funeraria y se evade a los policías que atienden una “presunta desgracia”. Claro, medio, oscuro, pero sin duda frío, hay un tono que persiste en las células que componen el cuerpo de Zorda, sus raíces y sus ramas, particularmente el tímpano con el que su estirpe decidió abrazar y defenderse del mundo.

Tal como ocurre en los relatos iniciáticos, la protagonista vuelve al lugar de origen. Decide adosarse a él, fundirse con esa atracción que desde la niñez ejerció sobre ella el entorno marítimo. De acuerdo a las creencias judeocristianas de su madre,  el agua crea, destruye, purifica y regenera; quien bebe agua sagrada accede a la vida eterna, pero Zorda no tuvo tiempo de hacer suya esta cosmovisión y se deja llevar por cauces que precisan ser hervidos para ordenarse, como el descubrimiento, como el amor.

Semilla que nació y creció en lugares azarosos, Zorda decide plantarse en un lugar a donde no lleguen las voces ni los ruidos de la angustia. Cerca del faro, con el cuerpo inmóvil acaso arrullado por las olas, materializa la metáfora acercándose al agua en un sentido más cercano al de las religiones antiguas. Se integra al todo, deshabilita a voluntad los hilos de la conciencia y deja correr el silencio, como dice al inicio, indiferente a las verdades que le labraron martillo, yunque y estribo. Se limpia de azules el tímpano y se convierte en esa semilla que no repetirá la fatalidad.


Ana Corvera. Zacatecas, México, 1984. Es poeta, ensayista y divulgadora de ciencia. Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la Universidad de Guadalajara y Licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Autora de Palabras que el micelio repite en mi cabeza (Espina Dorsal, México, 2024), No volverse agua (El Ángel Editor, Ecuador, 2022) y de Nocturno corazón de los insectos (Ediciones de Medianoche, México, 2011). Sus textos de creación y de teoría literaria aparecen en revistas de Chile, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, España y Colombia como Altazor, Aérea, Nueva York Poetry Press, Esteros, Norte/Sur, Campos de plumas, Sincronía, Letralia, Liberoamérica y La raíz invertida. También en los libros Pensamiento Novohispano (UNAM), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP), Palabras vivas: ensayos de crítica literaria en torno a María Luisa Puga (IZC) y Ficcionario de Teoría Literaria (Texere). Fue docente de la Academia de Escritores en Venezuela y ha participado en festivales internacionales de poesía en México, Colombia y Ecuador. Desde hace 17 años vive en Guadalajara.