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Elva Macías: una poética del “eidos” femenino

Elva

Lo más difícil para cualquier artista es lograr su independencia, lograr que la voz, poética, en el caso de los poetas, constituya un mundo único y sólido que dialogue con los mundos que le anteceden, o con sus contemporáneos. La poesía de Elva Macías alcanza esta madurez siendo ella joven. Una voz consolidada de esta manera es más fácil de describir que aquellas voces que, aún inacabadas y expectantes, siguen buscando nortes en el universo de la creación literaria.

Para mí, leer los libros de Elva Macías ha sido una experiencia de regocijo, de pleno reconocimiento de lo femenino, de lo chiapaneco, de lo universal en sus letras. Asomada a esas diferentes ventanas he visto a una mujer que se ha llevado a sí misma del cobijo de la imagen, a la intemperie tormentosa de lo inexplicable, terrestre y numinosa, dócil e indócil a la vez. La poeta que viaja porta la memoria con ella, a veces, el camino la obliga a la necesidad de narrar, de narrarse, con poemas de pocos versos, o de largo aliento. En otras ocasiones, las metáforas abandonan la nave narrativa y únicamente danzan para describir la iconografía de algún paisaje lejano. La poeta que viaja enuncia otros mundos desde el suyo propio, traslada las posibles sensaciones de personajes chinos a su propia piel para describir las batallas que son propias de la condición humana. La sensación, para Elva Macías, posee carácter ontológico, es decir que, precede al orden del lenguaje sometiéndolo a su arbitrio, Elva es una mujer que siente.

“Olor de insectos es el pozo,
tan sólo dije ah…
y la humedad arrebató mi voz.”

La poeta que viaja, no necesita estar en un país extranjero para remitirse al asombro que causa lo inveterado de la realidad, su pausado descarnarse para exponer la actualidad del deseo, de la nostalgia o del duelo. La poeta que se mantiene en casa a veces sólo necesita sostener la mirada sobre las plantas de un macetero para irradiar los versos. Elva es una mujer que observa.

El secreto de la poeta, como en el caso de las mujeres escritoras que han afianzado su oficio logrando disipar la causalidad de los acontecimientos y las referencias exógenas, tales como “es la esposa de tal, la hija de tal, la nieta de tal, la sobrina de tal”, está, a mi parecer en sus ojos:

“Ah, ciudad que viaja para desconcierto de las caravanas.
Ninguna cartografía señala su espesor de tejo sobre el polvo.”

La mirada de Elva Macías sabe estrellarse en la luz y la cadencia de las cosas, sabe asombrarse ante lo mínimo y desentrañar de la materia concreta, la sencillez y la enormidad de su metafísica propia. En la lengua que Elva ha construido para su mundo las cosas intercambian su maleabilidad por la eternidad, su liviandad por la espesura, la muerte por la vida, la inquietud por la quietud, la linealidad del tiempo, por los tropiezos cíclicos de sus pequeños dioses. Los ojos de Elva se sumergen en el cielo para fundar ciudades, ciudades que lo mismo podemos ver desde arriba, elevados en alguna montaña, que desde abajo, sometidos a nuestro propio entierro.

En sus ojos de voz madura la poeta guarda su universo revelado, desde su eje emergen lo mismo cantos que adivinanzas infantiles, desde sus lindes y senderos ella misma se da licencia para crear conceptos nuevos desde el riesgo que esto conlleva, y esto, para mí, es lo que convierte a Elva Macías en una de las escritoras más importantes que ha dado la lengua hispanoamericana: mientras para otras escritoras la mujer se ha descrito desde el ser madre, desde el llanto, desde la sacralidad, desde el amor de pareja, incluso, desde la escritura y su posibilidad trascendental, Elva la define, sin recovecos, sin exterioridades, rompiendo el pacto de tener que referirse al mito o a los símbolos legitimados por el orden cultural y ateniéndose sólo, a lo que es ser una mujer. En el poema Imagen y semejanza el mundo poético de Elva deja de ser una esfera cerrada en sí misma, para volverse la medida del tiempo y el espacio que vivimos, el poema deja de ser posibilidad y adquiere, como señal de la osadía más grande, el carácter de verdad.

Imagen y semejanza

El bien sea dado.
El mal no resucite.
Señora de la sentencia del ser,
es tu reino el que recorro
como el más humilde peregrino,
con la fe como báculo
y el azoro como único alimento.
Tu vía láctea se ensancha
cubierta de cercenaduras de estrellas
y el santuario aguarda únicamente tu determinación.
Mi esperanza se funda
en el entendimiento
de nuestra alcurnia y degradación
de nuestra virtud y nuestro vicio
de nuestro placer y atadura
de nuestra generosidad y rapiña.
¿A quién amamos?
Espejo de las miserias, di,
espejo de la virtud,
explica.
Ya las cosechas no se pierden a nuestro paso
ni altar se erige sobre nuestro vientre.
Una es nuestra mano.
Una es la mano de la alianza,
una la que conduce los primeros pasos
de la progenie,
una la mano que se crispa
ante la esterilidad,
una la que rechaza la unión
la misma que arranca la constelación de la matriz
y la que recibe el astro de nuestro vientre.
No hay a quien culpar no hay a quien agradecer.
Mujeres somos
desde el inicio de la gestación
hasta más allá de la vida y de la muerte
marcada o trunca en la estela de la descendencia.
Mujer también la que acompaña nuestros pasos
y exige el agua del deseo
el agua de la purificación
el agua de la inmundicia.
No sólo para incendiar la nave hemos nacido:
para tripular embarcaciones
que naufragarán con nuestra sola presencia,
para detener las furias del mar
con el pubis descubierto y salobre
como un mascarón de proa ante la tormenta.
Cese el canto de las sirenas,
llanto de mujeres
que se acostaron con ángeles del infierno.
Y no entre la nostalgia heredada
en nuestro lecho.
Nuestro lecho sea de paz
o de grandes batallas de placer,
nuestro lecho sea de soledad elegida.
El humo del sacrificio asciende
cuando la ofrenda es un animal enfermo
o el hijo más amado:
las prostitutas y las vírgenes
las madres o las yermas
las solas y las ayuntadas entre sí
las parejas fornicando
y los pequeños animales
domésticos que no quisimos ser.
Paraíso perdido
isla encantada
tierra de promisión
de tu entraña surge el volcán
que ha de sepultarnos.
Apartemos los vestigios
de todos los templos
mientras la luna se revierte
en el espejo de nuestro universo múltiple.

La manzana es de piedra
y latente está la semilla de la sierpe
que no ha de devorarse a sí misma.


Tania Ramos Pérez (San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1984). Es Antropóloga Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Asimismo, cursó la maestría en Estudios Mesoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Resultó ganadora, en la rama de poesía, del Primer Concurso de Ediciones Digitales Punto de Partida 2018, convocado por la división de Literatura de la UNAM, por su libro: Invocaciones (UNAM), así como el Premio Nacional de Poesía “Anita Pompa de Trujillo” 2018, con el texto: Los ministerios del polvo. Asimismo, ha publicado Espejos (Public Pervert, 2015). Poemas suyos han aparecido en revistas como Habitus Magazine, Rio Grande Review Letras Libres.