“Como ocurre con las verdades y su proverbial relatividad” puedo asegurar que llevo algunos días viviendo en Cuba y, para como van las cosas, creo que ya no me iré de ahí nunca. Es que hay un antes y un después para quien lee Morir en la arena de Leonardo Padura. El después, después, después, se vuelve una especie de eco que queda chocando de un extremo a otro en la memoria y no se disipa, permanece. El después, permanece.

Hay una filosofía del tiempo en la novela de Padura, sobre todo en un extracto de la misma, que no voy a citar para no adelantar información, pero que, desde mi punto de vista afirma que el después, permanece. Esa filosofía del tiempo Padura la confecciona con y desde el mar: la arena, la orilla, el nado entre las olas, la playa. De la misma forma en la que el filósofo Peter Sloterdijk recurriera a la esfera y su esencia metafórica, la arena significa para el escritor la materia desde donde se nombran las cosas, la existencia misma, es así como logra que mientras se anda por las avenidas de esta realidad novelada, el aroma, los recuerdos, los sabores, los roces, el clima, la ausencia de luz, adquieran la cualidad de una realidad corporizada, por ello, esta noción del tiempo como orilla, como arena y como nado, participa del todo, como las esferas de Sloterdijk, de una confección literaria de la que emana la verdad en su más pura decantación, una confección artística, siguiendo a Heidegger, en la que la verdad se vuelve historia y se vuelve existencia: una geografía que respira, un tiempo que late.
Sigo viviendo en Cuba desde hace varios días y no creo irme nunca. Aunque, en realidad, nunca he viajado y pisado tierra cubana. En su calidad de develación del ser, un ser al que le habita el tiempo, la arena, el infortunio, la esperanza, la caída, datos precisos de la historia mundial y olvidos precisos de la historia de la humanidad, la arena, la orilla y el nado, también son la dimensión del ahogo, de la muerte y del cansancio.
Una filosofía del tiempo, un tiempo humano, corporizado, sintiente y pensante, es, al mismo tiempo, una filosofía de la acción. Los personajes de Padura, son desde los objetos, es decir se extraen a sí mismos de su relación con las cosas, los personajes cubanos obedecen a la geografía y la vida material cubana, sienten, aman, odian, consumen, matan, dudan, esperan, con la cotidianidad y la mismidad de sus actitudes a cuestas o sobre ellas, las cosas son extensiones de sí mismos, lo mismo que la oscuridad, la luz eléctrica o los árboles. No sé si el hiperconsumismo de los países de alto ingreso per cápita permita develar estas categorías de la misma forma. Pero, en Morir en la arena, sí hay una filosofía de la acción. En ella, las cosas tienen vital importancia, en el acto, lo humano y el objeto son inseparables y esto queda en todo el libro siempre claro, como una verdad material indivisible capaz de suspender el tiempo para dejarse ver en toda su dimensión de realidad. La casa, la casita, el arma homicida, los vasos, las botas de trabajo, un pedazo del muro de Berlín, un pirulí. La arena, la orilla, el nado.
Llevo días viviendo en Cuba. Llevo, para ser exactos dos días llorando en Cuba y eso que nunca he pisado tierra cubana. Este libro, basado en hechos reales que ha sido escrito en Cuba, que ha sido escrito por un cubano, donde toda la confusión, la alegría, el hambre, la ira, la venganza, la envidia, el miedo de sus personajes están llenos de objetos cubanos y de palabras cubanas, no es sobre Cuba. Y no hablo de la universalidad de las obras literarias o del arte, aquella vieja consigna en la que un escritor de talla universal, como Padura, logra atisbar la orilla del canon literario y planta su pie firme sobre la arena del reconocimiento trascendente de su obra, no, eso está ya dicho por la técnica narrativa y el grado de madurez en la que el escritor logra que sus personajes amanezcan, se levanten de sus camas temerosos del mañana o expectantes, al lado mismo de su lector mientras todos, personajes y lector, fabrican en su interior la idea de una taza de café sobre la mesa para enfrentar el desamparo. Me refiero a algo aún más grande. A la forma en que un libro puede ser la verdad en su teología menos arbitraria, de forma que pueda, una vez colocado ante la vista de un lector cubano, mediterráneo, oriental, chiapaneco, envolver el espacio-tiempo como una ola que nos sumerge en toda su marítima irradiación de realidad. El mar es una herramienta para calar el tiempo, el acto y las cosas.
Ahora mismo, afuera de este recinto el mar sopla con su levedad y su pesadez en el centro de su abismo, habitamos nuestras casas en este preciso momento, en cada idea que cruza nuestros pensamientos se posa cada uno de los objetos y las personas que la habitan, sus pasajes, sus resquicios, sus patios, sus fronteras. Definimos nuestros pasos por los rasgos de una colonia conocida y subimos a las guaguas que recorren exactamente los mismos caminos en los que todos añoramos llegar a la playa como señal de victoria; pero el mar nos anega, sus olas nos arrastran con la voluntad de la historia, esa misma historia sobre la que Hanna Arendt preguntara: ¿no ha conducido la acción misma al absurdo sacudiendo con ello también los principios u orígenes que quizá previamente la pusieron en marcha?
La arena es el uróboros, el principio y el fin del mundo, todo vuelve sobre sí, el mar se retira y nos deja salir a respirar a veces, el viento sopla y el calor es soportable, en esta casa que habitamos pasa el tiempo y los actos dan la sensación de que somos dueños del día a día y lo somos, en la derrota y el fracaso, que, en medio de estos, estos hechos reales, igual que la idea de triunfo, también, pueden ser una ficción. Quizás, como en los personajes de Padura, sea la sensación de pérdida lo único que permita nacer una idea de paz total (sin importar si esta se gesta en la vida o en la muerte), quizás, antes que una filosofía del tiempo, del acto y de las cosas, en la arena de este libro, habita una profunda ontología del amor. Llevo varios días viviendo, riendo y llorando en Cuba, aunque nunca he pisado tierra cubana.
Tania Ramos Pérez (San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1984). Es Antropóloga Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Asimismo, cursó la maestría en Estudios Mesoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Resultó ganadora, en la rama de poesía, del Primer Concurso de Ediciones Digitales Punto de Partida 2018, convocado por la división de Literatura de la UNAM, por su libro: Invocaciones (UNAM), así como el Premio Nacional de Poesía “Anita Pompa de Trujillo” 2018, con el texto: Los ministerios del polvo. Asimismo, ha publicado Espejos (Public Pervert, 2015). Poemas suyos han aparecido en revistas como Habitus Magazine, Rio Grande Review y Letras Libres.





