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De prodigio literario a tragedia: la vida del poeta José Asunción Silva

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José Asunción Silva, uno de los poetas más emblemáticos del modernismo hispanoamericano, nació el 27 de noviembre de 1865 en Bogotá, Colombia, en el seno de una familia acaudalada que le brindó una educación privilegiada. Desde joven mostró una inclinación hacia las letras, y su talento precoz lo convirtió en una figura destacada en los círculos intelectuales de su época. Sin embargo, su vida estuvo marcada por tragedias personales, como la muerte de su hermana Elvira, a quien amaba profundamente, y una serie de fracasos económicos que lo llevaron al borde del abismo.

La poesía de Silva destaca por su delicadeza, musicalidad y profundidad melancólica. Fue un precursor del modernismo, con una sensibilidad única para la sonoridad del verso y la expresión de emociones introspectivas. Su poema más conocido, «Nocturno III», es un himno a la pérdida y el dolor, escrito con un lenguaje que combina lo etéreo con lo visceral. En este poema, el poeta evoca con maestría la ausencia de su hermana, desplegando un simbolismo que explora la fugacidad de la vida y el peso de los recuerdos.

Aunque Silva publicó relativamente poco en vida, su legado influyó notablemente en poetas posteriores, estableciendo un puente entre el romanticismo y el modernismo. El trágico desenlace de su vida —se quitó la vida en 1896, a los 30 años— intensificó el aura de poeta maldito que lo rodea.

Lo conmemoramos hoy con una breve recopilación de sus poemas.


EL MAL DEL SIGLO

El paciente:
Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…

El médico:
—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡lo que usted tiene es hambre!…

 .
MARIPOSAS

En tu aposento tienes,
en urna frágil,
clavadas mariposas,
que, si brillante
rayo de sol las toca,
parecen nácares
o pedazos de cielo,
cielos de tarde,
o brillos opalinos
de alas suaves;
y allí están las azules
hijas del aire,
fijas ya para siempre
las alas ágiles,
las alas, peregrinas
de ignotos valles,
que como los deseos
de tu alma amante
a la aurora parecen
resucitarse,
cuando de tus ventanas
las hojas abres
y da el sol en tus ojos
y en los cristales!

 .
AL OÍDO DEL LECTOR

No fue pasión aquello,
fue una ternura vaga
lo que inspiran los niños enfermizos,
los tiempos idos y las noches pálidas.
El espíritu solo
al conmoverse canta:
cuando el amor lo agita poderoso
tiembla, medita, se recoge y calla.
Pasión hubiera sido
en verdad; estas páginas
en otro tiempo más feliz escritas
no tuvieran estrofas sino lágrimas.

 .
A UN PESIMISTA

Hay demasiada sombra en tus visiones,
algo tiene de plácido la vida,
no todo en la existencia es una herida
donde brote la sangre a borbotones.
La lucha tiene sombra, y las pasiones
agonizantes, la ternura huida,
todo lo amado que al pasar se olvida
es fuente de angustiosas decepciones.
Pero, ¿por qué dudar, si aún ofrecen
en el remoto porvenir oscuro
calmas hondas y vívidos cariños
la ternura profunda, el beso puro
y manos de mujer, que amantes mecen
las cunas sonrosadas de los niños?

 .
NOCTURNO II

¡Poeta!, ¡di paso
los furtivos besos!…

¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
allí ni un solo rayo… Temblabas y eras mía
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
el contacto furtivo de tus labios de seda…
La selva negra y mística fue la alcoba sombría…
En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda…
Filtró luz por las ramas cual si llegara el día,
entre las nieblas pálidas la luna aparecía…

¡Poeta, di paso
los íntimos besos!

¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
En señorial alcoba, do la tapicería
amortiguaba el ruido con sus hilos espesos
desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,
tus cabellos dorados y tu melancolía
tus frescuras de virgen y tu olor de reseda…
Apenas alumbraba la lámpara sombría
los desteñidos hilos de la tapicería.

¡Poeta, di paso
el último beso!

¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
El ataúd heráldico en el salón yacía,
mi oído fatigado por vigilias y excesos,
sintió como a distancia los monótonos rezos!
Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
la llama de los cirios temblaba y se movía,
perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
un crucifijo pálido los brazos extendía
y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!