Nacido el 12 de diciembre de 1969 en Tamaulipas, el escritor Luis Aguilar cuenta con más de una veintena de libros, entre los que destacan La entrañable costumbre o El libro de Felipe, Muchachos que no besan en la boca y Debe ser ya noviembre.
Recibió distintos premios, como el Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2010, el Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2015 y los premios nacionales de poesía Toluca 2015 y el Rodulfo Figueroa en 2021. Además, como periodista cultural obtuvo el Premio Regional del FORCA Noreste en 2009 y el Nacional Fernando Benítez en 2010.
Su obra ha sido traducida al alemán, árabe, catalán, francés, inglés, portugués y rumano.
Vivió 53 años y tres días. Falleció el 15 de diciembre.
En su cumpleaños, lo recordamos cariñosamente con cinco poemas suyos.
hablan de amor con la rapidez
del relámpago
y sostienen que la primera vista
es definitoria
[en esta isla la medición del tiempo
es circunstancial desde que se detuvo el tiempo]
se enamoran irreparablemente
en los pasos que separan la ducha
de la cama
y en sus sueños sostienen
que cuando dos se quieren
poco importan distancias
cartas de invitación o la salinidad del agua
[salvo para llegar al otro
si hubiera que andar sobre los mares]
insisten en hablar de amor
con persistencia de ola
pero si no se puede
toman otro baño
opulenta comida
una botella de ron y continúan la lucha
ellos lo saben bien
: el amor
es la verdad más incompleta
.
Quince estaciones para otro Sebastián, VI
Alto y adormilado te recuerdo. Se iba la noche dejando en mi imaginario la estela de tu cuerpo. Alto y hermoso, tu cuerpo. Inundaba la estancia aquella caja de música con bailarín al centro; la perfecta sonaja de tu cuerpo en mí sonando todavía mientras mis venas se inundaban de tambores. Aquel sol a rayas mostrándome tu cuerpo. Hermoso, tu cuerpo: te observaba desde algún pasaje fantástico: desde el pasto fresco, mirándote: o desde el cielo: mirándote: pensaba en ser la caja donde anudar tus huesos y seguir sonando al lado tuyo, haciéndote, sabiéndote sonaja –melódica, caja de música, ukelele–, mientras el sol pide permiso para dormir un poco más al centro de mi cielo, ese donde he de guardar las cosas tuyas que, por un instante, me pertenecieron.
.
el hueco aquél provocado por la tristeza
se extendió por años
(cualquier cosa puede derramarse –o expandirse–
si no se le somete a perfección en sus espacios)
y aunque una mañana
con un entendimiento
determinante de la biología
[porque entre todos los finales tristes
es peor el que nunca cierra]
B se lanzó a indagar la dilatación
de otras pupilas en medio
de una orgía de chubascos
la lluvia no duraba
–¿sabes?–
.
11.5 / Stone
Mi rostro es una piedra
ahogándose en el fondo de aquel río
En el árbol desatados
el viento y el cenzontle
Cruje un bosque en cada rama
al alarido de la diáspora
Desesperada ante la noche
Abrazo tu distancia pero
Un cerrojo oscuro
esputa dientes como flechas
[Infinitos tulipanes
cultivados por tus manos]
Atisbo la ventisca enfurecida
Mis pupilas en un
álbum de canguelos
Cierra la noche detrás de mis espaldas
La lágrima es ya mi calendario
.
el siete en babiney es
un blues cantado a media lluvia
bajo el techo chaparro
de dos habitaciones
guarda siempre una mirada fija
algún silencio por si alguien ya nunca regresa
quiere tener de nuevo un pretexto para intentar
todo de nuevo porque
sabe que amar es la verdad más incompleta
que el mejor amor nace y se acaba
en una noche





