Muestrario,

Muestra de Poesía de Guatemala: Oswaldo Samayoa

5.- Oswaldo Samayoa_

En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.

Ernesto Sábato.

Aquella puerta color noche
de nuevo se encuentra cerrada.

Dentro de esas cuatro paredes
murmuran los silencios,
enmudecen los llantos, se rompen
los hilos de voces manchadas de tiempo;
bajo ese techo
carcomido por los años,
yace la soledad que teme
salir a la intemperie.

En medio de todas las miradas
que se cruzaron
en la carretera a la incertidumbre,
habitaban los ojos tristes
de un alma empapada de nostalgia.

Esos ojos que ahora se niegan
a decir adiós, que se refugian
en el pasado y
la imaginación,

que ocultan la melancolía
y el desconsuelo.

Ojos saudosos bañados
en pureza,
que temen ver hacia el futuro.
Inocente sonrisa que lamenta
el paso de los días;

ave que navega errante
y se niega
a emprender su vuelo hacia la libertad.

Estoy convencido que
volveremos a encontrarnos
en esta misma morada
cuando el cardumen de recuerdos
nos inunde la memoria.

.
.

Una madrugada de pesadillas
precede al día sin sol
en el que busco la ventana de mi
cuarto, sólo para darme cuenta
que afuera
todo es oscuro.

La neblina cubre
los campos de girasoles
en los cuales solías jugar.

Un columpio cuelga
de la casa del árbol
que fue la única herencia
que recibiste del abuelo.

Ella te espera
meciéndose al compás
de las campanas que,
a las 6 de la mañana,
resuenan
en la iglesia del pueblo.

Su sonido penetra en mis oídos.

Comienza a brotar de mi mente
la oración que me enseñó mi madre…

El ángel del Señor anunció a María…
Mientras mi boca dice: ¡NO!
¡BASTA!
Pero ambos sabemos
que no se detendrá…

He aquí la esclava del Señor…
Sabés lo que tengo que hacer…

Y el Verbo de Dios se hizo Hombre.

Las preguntas se encuentran
al final de la respuesta.

.
.

Mi casa siempre tuvo goteras.

Por eso los gatos
huían
después de varios meses,

odiaban el agua
que inundaba el piso
atestado de cristales
y páginas de libros viejos.

Las goteras no cesaban.

Se multiplicaban
como una plaga de insectos que
devoraban las láminas
que nos cubrían
de quedar a la intemperie.

La cueva
a la que aprendimos a llamar hogar
existía también en nuestras pesadillas,
y la realidad era parecida
a esos programas que veíamos
en la televisión,
queriendo escapar
y llenar el vacío de soledad
que crecía en la mugre
de nuestras uñas.

Mi casa siempre tuvo goteras;

por ellas se escapaban los gritos
que nacían en mi corazón
y que querían
llevarte lejos
para que al menos vos
no sufrieras tanto.

Mi casa siempre estuvo llena de agua,

quizá por eso estamos hechos
de historias que se ahogaron
y que jamás vieron la luz del sol.

Quizá por eso
huimos y
nunca aprendimos a nadar.

Quizá por eso
ahora nos sumergimos en el olvido.


(Mazatenango, Suchitepéquez, Guatemala). Psicólogo Clínico. Participa en la organización del Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango. Ganador del II Certamen Mesoamericano de Poesía Cantos de Trova. Ha publicado el libro Del otro lado del espejo (Proyecto editorial Los Zopilotes 2018).