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Acapulco, crónicas apocalípticas para después del futuro en Bahía ruido, de Diego Montes

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Geovani de la Rosa

En una de las escenas finales de Bahía Ruido (Fondo Editorial Municipal de Acapulco, 2025), del poeta acapulqueño Diego Montes, una voz advierte que “el mar se encuentra a un metro de profundidad, posible alerta” y que pronto atravesará la puerta principal de una casa. La imagen abarca la tensión principal que recorre este libro de poemas: la imposibilidad de establecer fronteras claras entre el adentro y el afuera, entre la seguridad y la amenaza, entre la ciudad y la catástrofe. Lo que parecía distante ya ha ingresado en la vida cotidiana, pues el desastre habita por doquier. En las páginas de Bahía Ruido, el mar deja de ser una presencia abstracta y a la distancia, e inunda a una ciudad perdida en el tiempo:

Una ciudad es un cementerio
Una ciudad es un cementerio de caídas
Una ciudad es un cementerio herido.

(…)

Una ciudad es olvidada sobre el mar.

Ganador del Tercer Premio Municipal de Literatura Acapulco 2025 en la categoría de poesía, Bahía Ruido construye una visión distópica del puerto proyectada hacia el año 2325. Sin embargo, como ocurre en la ficción especulativa, el futuro funciona menos como profecía que como mecanismo de observación del presente. El Acapulco imaginado por Montes está atravesado por la violencia, la desaparición de personas, la vigilancia institucional, la burocratización de la muerte y el avance implacable del mar. En sus páginas, el porvenir aparece como la prolongación extrema de procesos que ya forman parte de la experiencia contemporánea de muchas ciudades latinoamericanas. El futuro recreado por Montes arriba cargando restos reconocibles del presente:

Nadie huye, es perseguido por ser el único que aún se comunica con el pasado,
con los recuerdos de la costa.
Es alcanzado.

(…)

Los ausentes prefieren no mirar,
prefieren correr antes de ser
alcanzados.

La estructura del libro contribuye decisivamente a esa atmósfera. Los poemas alternan entre registros fechados, reportes oficiales, observaciones fragmentarias, secuencias numéricas y apuntes documentales. El lector se encuentra ante una especie de archivo del desastre compuesto por evidencias dispersas. Las entradas cronológicas registran hallazgos de cadáveres, procedimientos de identificación, anomalías temporales y alertas climáticas; mientras tanto, los poemas numerados regresan una y otra vez a una afirmación obsesiva: la ciudad es un cuerpo herido, una ciudad homicida, una ciudad que se detiene a presenciar la muerte. En ese sentido, Bahía Ruido dialoga con ciertas tradiciones de la ciencia ficción distópica y con una línea de la poesía latinoamericana que ha encontrado en el documento, el expediente, el registro oficial y el testimonio herramientas para interrogar la violencia y sus formas de representación. En ese archivo del desastre, todo parece susceptible de ser clasificado, numerado y almacenado:

Nadie sigue recostado de lado, sobre el pavimento.
Su madre es amenazada,
apuntan a su pecho con un arma

(…)

Usar la indiferencia para cubrir el cuerpo de Nadie,
dejarlo soñar con la sangre que golpeó el suelo.
Usar la diferencia para nombrar el cadáver como
N° AC20221706255.

Este libro, situado en una distopía tropical, desplaza el protagonismo del individuo hacia el espacio urbano. La verdadera protagonista del libro podría ser la figura llamada Nadie, que aparece reiteradamente en los distintos poemas; sin embargo, lo es la ciudad misma. Acapulco deja de ser escenario para convertirse en sujeto de la acción. Observa, persigue, esconde, dispersa, encubre y produce violencia. La reiteración de la fórmula “Una ciudad…” transforma el espacio urbano en una entidad casi autónoma, una maquinaria que administra vidas, cuerpos y memorias. El procedimiento encuentra una inflexión al situarse en un territorio reconocible del Pacífico mexicano.

Además, en Bahía Ruido, el encierro va más allá de la forma convencional de la prisión y la habitación clausurada. El confinamiento es condición territorial. Quienes habitan la bahía permanecen atrapados dentro de una ciudad que restringe progresivamente las posibilidades de movimiento, de recuerdo y de futuro. La violencia obliga a modificar hábitos cotidianos; la burocracia transforma los nombres en expedientes; el mar reduce el espacio habitable. Y, en el escenario, nadie parece capaz de abandonar completamente el puerto. Incluso los muertos continúan regresando a sus orillas.

El puerto como escenario potencia esta lectura. Históricamente, los puertos han representado el intercambio, el viaje, la apertura hacia otros horizontes. Montes invierte esa tradición simbólica. En Bahía Ruido, la bahía deja de ser un lugar de paso para convertirse en frontera. El mar se convierte en un nodo aislante de territorios. La ciudad se queda sin viajeros mientras retiene habitantes. Lo que alguna vez fue promesa de movimiento se transforma en experiencia de inmovilidad. El puerto aparece entonces como una figura contemporánea del encierro. No resulta extraño que la espera termine ocupando el lugar que antes pertenecía al viaje:

Nadie podrá volver al puerto.
Nadie encontrará el mar de fuera.
Nadie bajará de las piedras.
Las piedras se hundirán buscando un fondo.
Nadie querrá ahogarse en verano.

A ello se suma una dimensión climática que adquiere cada vez mayor relevancia conforme avanza el libro. El aumento del nivel del mar, los oleajes anómalos y las alertas permanentes configuran un paisaje donde la catástrofe ambiental deja de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en condición del día a día. La catástrofe urbana que provocó el huracán Otis en 2023 se hace presente. Los personajes aprenden a vivir bajo la amenaza constante de un nuevo desastre. En ese sentido, estos poemas también pueden leerse como una exploración de las formas de confinamiento producidas por la crisis ecológica, en la cual los territorios no pueden abandonarse, las comunidades están obligadas a coexistir con un riesgo permanente y la vida de las personas se organiza alrededor de la espera. La transformación del entorno es tan profunda que incluso la percepción termina modificándose:

Dices que el mar ya se encuentra aquí,
que todo se irá con una ola,
una ola inmensa que arrastrará con
esta ciudad,
se llevará la mesa, los gatos,
las plantas amarradas a tu dedo,
pides otra pastilla,
buscas en el techo las posibilidades
de no morir aplastado,
ahogado.
No morir.
La ciudad es metro y medio de profundidad,
quedamos así, debajo de la puerta,
cerca de la mesa, fundados en tabla roca.

El libro encuentra algunos de sus momentos más intensos cuando registra la persistencia de la vida en medio de la devastación. Entre cadáveres, alertas y edificios amenazados por el océano, sobreviven gestos mínimos de arraigo. Los habitantes permanecen. Esperan. Nombran. Recuerdan. Esa obstinación por seguir habitando un espacio herido introduce una tensión que impide que la obra se cierre sobre sí misma como un relato puramente apocalíptico. Bahía Ruido insiste en registrar aquello que permanece cuando las instituciones fracasan: la memoria de los cuerpos, los nombres y las comunidades

El último poema del libro “Apuntes sobre Bahía Ruido” explicita esa ambivalencia. La ciudad aparece cansada, dolida, amenazada por el mar y por sus propios fantasmas, y también con la capacidad de un probable renacimiento. La última afirmación del libro, “Renacerá Bahía Ruido. / Tendrá tu furia”, desplaza la lectura hacia una dimensión distinta. La ciudad, más allá de los restos y la ruina, es una serie de posibilidades hacia el futuro. Es esperanza, redención, pero sobre todo la persistencia de una energía colectiva que sobrevive incluso después de la catástrofe, pues “somos los que nos enraizamos a los huracanes, a la catástrofe que nos apaga y nos hace esperar a que llegue la brisa”.

Desde esa perspectiva, Bahía Ruido puede leerse como una reflexión sobre las formas contemporáneas del confinamiento en América Latina. La violencia, la precariedad institucional, el deterioro ambiental y la erosión de la memoria producen espacios donde el horizonte parece estrecharse cada vez más. Frente a ello, Diego Montes imagina una ciudad futura que funciona como espejo deformante de nuestro presente. Lo que aparece en sus páginas es el destino posible de Acapulco y, a la vez, una pregunta más amplia sobre las condiciones bajo las cuales seguimos habitando nuestras ciudades, nuestras costas y nuestros lugares de origen-encierro. Una pregunta que el libro deja abierta porque sabe que todavía hay territorios en disputa donde la Bahía, con todo su ruido, “nos acecha, nos dice que tiene hambre, que los cuerpos ya no le antojan”.


Geovani de la Rosa (Pinotepa Nacional, Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, 1986). Escritor, periodista y politólogo. Afrocosteño del Pacífico sur mexicano y acapulqueño por elección. Ha publicado los libros de poesía Las noches de nuestros cuerpos, Babélico, Érase una vez la fiesta, Trópico y Donde trotan las suburban, además del libro de cuentos Aquellas noches de perros tiburón. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, la beca Jóvenes Creadores del Fonca y los premios Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (2024), Juegos Florales Nacionales de la Plata (2024), Periódico Poético (2025) y el Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada (2026).

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