Poesía,

Amado Nervo: figura clave en la poesía hispanoamericana

Amado

Amado Nervo, nacido el 27 de agosto de 1870 en Tepic, Nayarit, es una figura clave en la poesía hispanoamericana y uno de los máximos exponentes del modernismo. Su obra poética es notable por su capacidad para expresar con delicadeza y profundidad temas universales como el amor, la muerte y la espiritualidad, haciendo uso de un lenguaje musical y simbólico que resuena en el alma del lector.

La poesía de Nervo se caracteriza por una introspección profunda y una constante búsqueda de significado en la vida, lo que le permitió plasmar emociones complejas de manera accesible y conmovedora. Entre sus obras más representativas se encuentra La amada inmóvil, un compendio de poemas escritos tras la muerte de su amada Ana Cecilia Luisa Dailliez, que captura el dolor y la trascendencia del amor perdido. Otro de sus poemas emblemáticos es “En paz”, donde reflexiona con serenidad sobre la vida y la muerte, dejando un mensaje de aceptación y paz interior.

Su legado literario sigue siendo una fuente de inspiración y estudio, ya que sus versos continúan tocando fibras sensibles en lectores de todas las generaciones. En su natalicio lo conmemoramos con una breve muestra de su poesía.


OREMUS

Oremos por las nuevas generaciones,
abrumadas de tedios y decepciones;
con ellas en la noche nos hundiremos.
Oremos por los seres desventurados,
de moral impotencia contaminados…
¡Oremos!

Oremos por la turba que a cruel prüeba
sometida, se abate sobre la gleba;
galeote que agita siempre los remos
en el mar de la vida revuelto y hondo,
danaide que sustenta tonel sin fondo…
¡Oremos!

Oremos por los místicos, por los neuróticos
nostálgicos de sombra, de templos góticos
y de cristos llagados, que con supremos
desconsuelos recorren su ruta fiera,
levantando sus cruces como bandera.
¡Oremos!

Oremos por los que odian los ideales,
por los que van cegando los manantiales
de amor y de esperanza de que bebemos,
y derrocan al Cristo con saña impía,
y después lloran, viendo l’ara vacía.
¡Oremos!

Oremos por los sabios, por el enjambre
de artistas exquisitos que mueren de hambre.
¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,
aprendimos por ellos a alzar las frentes,
y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…
¡Oremos!

Oremos por las células de donde brotan
ideas-resplandores, y que se agotan
prodigando su savia: no las burlemos.
¿Qué fuera de nosotros sin su energía?
Oremos por el siglo, por su agonía
del Suicidio en las negras fauces…
¡Oremos!

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PRIMERA PÁGINA

El mar es más constante que yo; las nubes rojas
del otro más que mi alma conservan su vestido;
yo tengo la impaciencia perenne de las hojas;
mi amor es un eterno gemelo de mi olvido.

Mi mente es un espejo rebelde a toda huella;
mi anhelo es una pluma funámbula, donaire
del viento; el aerolito que cae, esa es mi estrella;
mis goces y mis penas son trozos en el aire.

El ansia del misterio me agita y desespera;
jinete en mis pegasos o nauta en mi galera,
corriendo voy tras todo señuelo que lo finge:
mi hermana la cigüeña me ha visto dondequiera
que el rojo sol proyecta la mitra de la esfinge.

Amo unos ojos mientras que su matiz ignoro.
amo una boca mientras no escucho sus acentos;
jamás pregunto el nombre de la mujer que adoro,
del César por quien lucho, del Dios a quien imploro,
del puerto a donde bogo, ni el rumbo de los vientos.

Criatura fugitiva que cruza el mundo vano,
temiendo de la alforja sus éxodos impida,
ni traje amor ni llevo; y así voy al arcano,
lanzando con un gesto de sembrador el grano
fecundo de mis versos al surco de mi vida.

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MI VERSO

Querría que mi verso, de guijarro,
en gema se trocase y en joyero;
que fuera entre mis manos como el barro
en la mano genial del alfarero.

Que lo mismo que el barro, que a los fines
del artífice pliega sus arcillas,
fuese cáliz de amor en los festines
y lámpara de aceite en las capillas;

que, dócil a mi afán, tomase todas
las formas que mi numen ha soñado,
siendo alianza en el rito de las bodas,
pastoral en el índex del prelado;

lima noble que un grillo desmorona
o eslabón que remata una cadena,
crucifijo papal que nos perdona
o gran timbre de rey que nos condena;

que fingiese a mi antojo, con sus claras
facetas en que tiemblan los destellos,
florones para todas las tiaras
y broches para todos los cabellos;

emblemas para todos los amores,
espejos para todos los encantos
y coronas de astrales resplandores
para todos los genios y los santos.

Yo trabajo, mi fe no se mitiga,
y, troquelando estrofas con mi sello,
un verso acuñaré del que se diga:
Tu verso es como el oro sin la liga:
radiante, dúctil, poliforme y bello.

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IDENTIDAD

El que sabe que es uno con Dios, logra el Nirvana:
un Nirvana en que toda tiniebla se ilumina;
vertiginoso ensanche de la conciencia humana,
que es sólo proyección de la Idea Divina
en el Tiempo…

El fenómeno, lo exterior, vano fruto
de la ilusión, se extingue: ya no hay pluralidad,
y el yo, extasiado, abísmase por fin en lo absoluto,
¡y tiene como herencia toda la eternidad

.

LA SANTIDAD DE LA MUERTE

La santidad de la muerte
llenó de paz tu semblante,
y yo no puedo ya verte
de mi memoria delante,
sino en el sosiego inerte
y glacial de aquel instante.

En el ataúd exiguo,
de ceras a la luz fatua,
tenía tu rostro ambiguo
qiuetud augusta de estatua
en un sarcófago antiguo.

Quietud con yo no sé qué
de dulce y meditativo;
majestad de lo que fue;
reposo definitivo
de quién ya sabe el porqué.

Placidez, honda, sumisa
a la ley; y en la gentil
boca breve, una sonrisa
enigmática, sutil,
iluminando indecisa
la tez color de marfil.

A pesar de tanta pena
como desde entonces siento,
aquella visión me llena
de blando recogimiento
y unción…, como cuando suena
la esquila de algún convento
en una tarde serena…

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EN PAZ

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!