A través de la lectura, cada persona —propone Kenneth Goodman— construye su propio texto de manera paralela al texto leído, dándole sentido a la propuesta literaria a partir de las vivencias y experiencia de vida. Quien lee poesía con el afán de encontrar, a través del verso o la prosa, ideas, sentimientos o historias que reflejen o proyecten el propio sentir, sin duda encontrará una voz en este libro que las hace patentes.
He leído El deseo es una lámpara que no alumbra de Ignacio Ruiz-Pérez como el lector común que soy, en busca de la palabra donde pueda reconocer mi voz y constatar que siempre estamos acompañados porque alguien más siente y dice lo mismo que nos sucede. En este caso, es Ignacio Ruiz-Pérez quien habla magistralmente de ese sentir que no se siente, de la infancia y las pesadillas que acechan, del amor, del deseo y también del dolor.

Portada del libro El deseo es una lámpara que no alumbra. Foto: archivo Internet.
Leer a Ignacio Ruiz-Pérez en estos poemas para mí es visitar mi infancia, mi juventud, mirar con ternura y quizá con un dejo de desesperación a la madre y también asumir que la juventud se ha erosionado porque nos deja el cuerpo adolorido. Por ejemplo, en la primera parte, “Parábola del Frío”, reconozco con nostalgia y ternura los miedos de la infancia, aquellos que, como nos dice el autor, siguen escondidos y no se han ido:
De vez en cuando me visitan los cuervos de la noche,
esa obsesión de la infancia que todavía me cala los huesos
y los pule para que los recuerdos broten del fondo del río
donde se ahogó mi amigo más triste.
Aquí pareciera describir esos miedos de la infancia que regresan cuando menos los esperamos, o como dijera el poeta en otro verso del mismo poema:
en ese tiempo los cuervos salían de la caja de tiliches
y oscurecían mis tardes de lluvia.
Miedos que por momentos se alejan y nos permiten ser todo, aunque infructuosamente, regresan y nos paralizan:
pero de pronto los cuervos volvían y se atoraban en mi garganta,
los mismos cuervos que aún ahora me impiden decir el día
y se afilan el pico para después escapar por la ventana desnuda.
Ignacio Ruiz-Pérez también nos habla de la madre con inmensa ternura, de esa que le deja a uno ir creciendo, que nos observa, que nos deja salir a la calle a correr con otros niños, sintiéndonos libres y que está ahí cuando nos abruma la soledad provocándonos espanto:
para consolarme mi madre corría a la cama
y me susurraba nanas que ahora canto todas las noches a los hijos que no tengo.
Es la madre de la que todos huimos para avanzar, para adelantarnos y a la que, invariablemente, regresamos para cobijarnos de nuestros miedos o para buscar consuelo a lo que no encontramos respuesta y a quien preguntamos con desamparo: “¿y qué es el frío madre?”, pregunta el poeta, “¿Puedes decirme madre, qué es el frío?” Es la madre ancestral, que termina siendo la madre de todos: “porque mi madre es el dolor encarnado,/ su pureza antigua como el primer día de la creación” (29), se responde a sí mismo.
En la segunda parte de este libro, “Materia indiferente”, desde mi lectura, Ignacio Ruiz-Pérez me permite entender aún más su propuesta cuando cita a Jorge Eduardo Eielson, quien describe al cuerpo como “humo materia indiferente/ Que brilla brilla brilla/ Y nunca es nada” porque, sentencia Ignacio Ruiz-Pérez, “Se vuelve al frío que soy, a la sombra que tiemblo”.
Finalmente, el cuidadoso trabajo de Ignacio Ruiz-Pérez me lleva a reflexionar en el compromiso que requiere el extraordinario arte de la escritura, al abordar la vida cotidiana y la personal de manera estética, libre, para que quienes nos asomamos a la expresión literaria a través de esbozos incipientes y entusiastas de poesía o narrativa debamos no sólo escribir, sino también leer. Ya lo menciona Ignacio Ballester Pardo, investigador español especialista en poesía mexicana quien dice de Ignacio Ruiz-Pérez: “Su vida, su poética y su investigación parecen unidas: entre ellas se entreteje una influencia de quien lee y escribe, en ese orden (algo que no siempre es tan común)”.

Liliana Pelayo Muñoz (1970). Originaria de Camargo, Chihuahua. Reside en Tabasco desde 1995. Es docente de la Universidad Popular de la Chontalpa desde 1999. Estudió la carrera en Derecho, aunque se dedica a la enseñanza del inglés. Doctora en Lingüística Aplicada por la Universidad de Southampton, Reino Unido, su línea de investigación es la lectura en inglés en estudiantes universitarios. Es integrante del taller literario Juan Rulfo donde trabaja el cuento. Varios de sus relatos se han publicado en la revista de divulgación cultural Signos de la Universidad Popular de la Chontalpa. También en la revista Futuralia (No. 4, 2021)y en la antología del taller Literario Juan Rulfo “La ausencia del silencio es una plaza vacía” (2019), ambas editados por la Secretaría de Cultura de de Tabasco.





