Dijo Heráclito de Éfeso que todo es fuego. El mito de Prometeo, que se repite en todas las culturas de distintos modos, también es cautivador. Como todos los hombres, Manuel Iris fue hechizado por la naturaleza cambiante del elemento, que es la sustancia del mundo. Acaso Heráclito es mejor recordado por su metáfora del río, no sin cierta paradoja; en Manuel, pese a nacer en la península, en Campeche, México, junto al siempre mar, tiene una mayor latencia el fuego.
Símbolo de lo que continuamente está dejándonos pero también de lo eterno, sus múltiples significaciones son precisamente consecuencia de sus características: móvil, tiene el poder de la devastación; quieto parece decir perpetuidad. En esta dicotomía del fuego está el reflejo del mundo, pero también lo está en la luz y en el hallazgo: tiene infinitas caras y todas son sus formas. Por eso el pensamiento de Heráclito: las cosas actuales, pretéritas o futuras son el mismo variante elemento.
Toda la tierra es un jardín de monstruos, el nuevo título de Manuel Iris, opera bajo la misma premisa. La rueda de los días atraviesa el corazón del hombre. Las ruinas (ese tesoro antiguo) son la poesía. Es un poeta de la devastación: nos espera con una sonrisa febril, del otro lado, sosteniendo estas flores –las imágenes que ha salvado: el linaje puede ser un león que sueña con el fuego o el incendio del agravio, que acaso son la misma cosa. Juan Coyoc y Hieronymus Bosch son el mismo hombre. Ahí también está el rostro de Manuel y el del lector. Así que poco importa que en un lugar del mundo, cuyo nombre es Países Bajos pero que fue otro, haya nacido tiempo atrás quien hemos dado en llamar Bosco. Un hombre es todos los hombres.

Toda la tierra es un jardín de monstruos, de Manuel Iris.
Hieronymus Van Aken nació en Bolduque; Juan Coyoc pudo nacer en cualquier parte de Hispanoamérica y pasó por México (así lo implica la presencia de La Bestia). El fuego volvió ceniza ambos lugares y sus corazones; se levantaron del polvo abrazando su destino. Yo me pregunto si no la poesía tiene el mismo poder transformador. La palabra es performática: hablar es perder lo que se era. Pienso en un poema de Blake: «Burning bright / in the forests of the night». Creo que ese tigre también descansa en nuestra lengua, esperando a saltar en los bosques nocturnos del silencio. La poesía quiere prender el mundo en llamas y en memorables ocasiones lo consigue. Luego emergemos nuevamente al mundo, pero con un nombre distinto.
Escribe Tania Tagle que durante la Edad Media los monstruos, que en la antigüedad clásica gozaban de un cierto cariz oracular, fueron desplazados a las periferias y territorios inhóspitos porque poco a poco se convirtieron en el Otro. Hablar de los monstruos, como el libro de Manuel nos sugiere, es hablar de la alteridad en que hemos depositado todo lo que negamos que somos como humanos. Ya lo hizo el Bosco con sus pinturas, esforzadamente carnales: el grotesco es una forma de confrontar los preceptos establecidos. No es vano que el pintor flamenco sea el par de Juan Coyoc, a quien se le otorgó una vida de penurias.
Tanto un personaje como el otro, ya sea a través del dato histórico utilizado con vaguedad o por la imaginación utilizada con precisión, ya con la producción pictórica o con el testimonio vital, coadyuvan al mismo sentido: «La degradación cava la tumba corporal para dar lugar a un nuevo nacimiento», como bien supo decir Bajtín. Toda la tierra es un jardín de monstruos es un libro que entra en comunión con lo periférico, como propone Manuel en unos versos: «Vivir sucede al borde / del cielo y el infierno: // el margen, nuestra casa», con el fin de denunciar una serie de circunstancias sin caer en lo panfletario. El poeta no señala una dirección, porque sabe que no le corresponde, sino que polemiza.
No es extraño que también esté presente el tópico de la santidad. Jesús debe recordar su condición divina, como la sentencia socrática que dicta que el verdadero conocimiento viene de dentro. Si es así, que debe hacer acto de memoria para asumir su misión en la tierra, el sujeto se coloca en una disyuntiva entre la carne que es y su origen santo. Habrá que releer en los Evangelios el episodio del huerto (o jardín, muy al caso) de Getsemaní. Jesús sabe que será traicionado y no quiere morir. En busca de una respuesta, repetir varias veces el trayecto de lo profundo del huerto al lugar donde velan sus discípulos representa un vaivén del alma entre Dios y la flaqueza de la carne. Va del monstruo (la flaqueza es un defecto) a la divinidad. Y al final acepta, triste hasta la muerte, su destino.
Jesús es nosotros y viceversa. Acaso la bondad de un hombre que es débil, y cuya fuerza reside precisamente en esa condición, es su enseñanza. Pudieran decirse estas palabras de Manuel Iris sobre cualquiera: «La escena es delirante y, sin embargo, / sólo una cosa en ella es un engendro imposible: // un hombre bueno, / dueño de sí mismo». Porque tal vez nadie sea con exactitud bueno y en eso exista algo de noble: el monstruo plagado de carencias que trata de ser justo. Me parece mejor que la empresa de ser santo y resultar mezquino.
Para terminar debo recordar que escribir es un acto político. No me detendré en esto. Sólo diré que recordé a Najwan Darwish («No has tenido padres / ni viste a tus hermanos colgar / de las garras heladas del alba. / Nunca amaste, / nadie te ha abandonado / y jamás la muerte comió de tus manos. / Tú nunca entenderás nuestro dolor») leyendo estos versos de Manuel: «A veces pienso, Padre / que el mundo era perfecto / antes del hombre, de lo triste / de nosotros. // Y que sufrimos todos / porque tú quisiste más». Creo que este es el gran acierto del libro: su dignidad.
Linaje
Fuiste nieto, hijo, hermano aventajado de otros pintores. Tu infancia fue el color del cielo sobre el lienzo o la madera, el resplandor del agua en el pincel.
En ti la sangre no era sangre
sino rojo.
Cuando eras niño te gustaba inventar historias. Pero de adulto
ya creías en Dios
y en el Demonio
y al pintar eso revelaste más
pues tu linaje, Hieronysmus Bosch
va más allá de tu sangre:
desciendes de profetas
de los santos apócrifos
y de los hombres que tuvieron fiebre
y deliraron
los malditos
los endemoniados
los Padres del Desierto,
los ascetas.
Tu linaje es un león que sueña con el fuego,
un pez en la penumbra,
la flama misma.
Tu estirpe es una voz perdida en la tormenta,
un vaso con agua saciando la sed de San Atanasio de Alejandría
cuando escribió la vida
(escribir es inventar)
de San Antonio Abad: tu ejemplo y obsesión.
Tu estirpe es la plegaria del árbol al caer
fulminado por el rayo, iluminado todo
como los beatos que se quedan ciegos
después de haberlo visto, de haber sido testigos
del antes y el después,
de comprender lo inmóvil.
Tu linaje es el sueño
el resplandor
la pesadilla.
.
Salir al desierto (sobre el Tríptico de Las tentaciones de San Antonio); II, Cristo con la cruz a cuestas (Tríptico cerrado, panel derecho)
Tu Calvario, Hieronymus Bosch,
no tiene verde ni color alguno. El cielo
no es azul
en la grisalla, el falso mármol
en qué hiciste que Verónica le muestre a Dios
su propio rostro,
su retrato en sangre.
La muchedumbre no es tal:
los testigos son pocos
pero poco es suficiente para matar a Dios
por unos días.
Abajo, algunos se confiesan
y otros sufren.
Una cabeza cuelga de una rama.
.
Salir al desierto (Vida de Antonio); 3, Antonio es acusado por los demonios
La Bestia no es un tren sino un demonio enorme,
una gran sierpe de metal que nos descuartiza
o nos entrega, despedazados del alma,
a demonios distintos.
Recuerdo esa noche como si pasara ahora:
sobre un vagón Antonio desfallece
y lo sostienen otros dos: un salvadoreño
y un tipo que era yo, pero que es otro.
Todo mi cuerpo sostiene
el cansancio de mi hermano,
su infancia envejecida,
sus siete años de fuerza
aferrándose al vagón: el sueño lo hostigaba,
lo jalaba a las rieles, le reclamaba
su falta de pecado, su insoportable inocencia.
La existencia de Antonio le recuerda a Dios
lo que permite.
Mi hermano el mudo,
el niño sabio, el Santo
viajando al norte.
Detrás de nosotros
quedaba nuestra casa:
un cascarón
habitado por la pena.
Eso somos.
.
Toda la tierra es un jardín de monstruos, 1
Él mismo lo dijo y todo fue hecho,
el mismo ordenó y todo fue creado.
Salmo 148, verso 5
¿Desde dónde, Padre,
y desde cuándo
observas el mundo?
¿Ya pensabas en esto
—el desierto y La Bestia,
los demonios, en la selva
y el incendio de mi pueblo,
la mudez de Antonio,
en esta vida de no estar aquí,
de siempre despedirnos—
cuando hiciste el mundo?
A veces pienso, Padre
que el mundo era perfecto
antes del hombre, de lo triste
de nosotros.
Y que sufrimos todos
porque tú quisiste más.
.
Toda la tierra es un jardín de monstruos, 1; 4, Testimonio
En la parte superior de lo que sueño
está mi pueblo en llamas.
En el silencio de la pesadilla
puedo escuchar las botas, los machetes
rompiendo el monte.
En mi recuerdo nadie se parece
a los que salieron conmigo:
son los de ahora, los que aquí sufren,
los que nos vamos a la fábrica y a la maquila,
a la cocina y al campo
al jardín que no es nuestro
ni se parece al verde
del cual venimos.
En este sueño yo no tengo corazón
sino mi casa metida en el pecho,
y mi madre desde allí me llama y no le puedo contestar
y no puede salir y no quiero que salga
y no puedo entrar a verla,
mi autorretrato es eso: una casa oscura
en que deambula mi madre
que no sabe que se ha muerto Antonio.
Mis pies no son mis pies
sino raíces sacadas de la tierra,
raíces con sed del agua de ahí.
Afuera de mi cuerpo, todavía en mi sueño,
los demonios disfrutan.
Tal vez un día termine.
Cada violencia me rodea y nos asfixia.
El infierno es aquí,
es llevar en el pecho
esa casa vacía.





