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“¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad”, Simone de Beauvoir

Hoy se cumplen 114 años del nacimiento de Simone de Beauvoir, filósofa, académica y escritora francesa. La mejor forma de celebrarla es leyéndola y disfrutando de su pensamiento hecho palabra. Además de su inconfundible y maravilloso El segundo sexo (1949), uno de los libros pilares para el feminismo occidental, la obra de Simone ofrece un abanico de textos que van desde la novela y el ensayo político y filosófico, hasta la autobiografía. En esta ocasión, traemos a cuenta algunos fragmentos de Memorias de una joven formal (1958), texto autobiográfico en el que la autora realiza una indagación por los recuerdos de su infancia y juventud, teniendo presentes los momentos esenciales en los que Beauvoir generó un autoconocimiento de sí misma y de los otros. En estas reflexiones, la niñez es algo más que una etapa de inocencia e ignorancia, y es retratada como el momento cumbre en el que la subjetividad da cuenta de su propia existencia ante el mundo. 

Alejandra Muñoz

***

Nací a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles barnizados de blanco que daba al bulevar Raspail. En las fotos de familia tomadas el verano siguiente se ven unas señoras jóvenes con vestidos largos, con sombreros empenachados de plumas de avestruz, señores con sombreros de paja y panamás que le sonríen a un bebé: son mis padres, mi abuelo, tíos, tías, y soy yo. Mi padre tenía treinta años, mi madre veintiuno, y yo era la primogénita. Vuelvo una página del álbum; mamá tiene entre sus brazos un bebé que no soy yo; llevo una falda tableada, una boina, tengo dos años y medio y mi hermana acaba de nacer. Sentí celos, según parece, pero durante poco tiempo. Por muy lejos que vaya en mis recuerdos, me sentía orgullosa de ser la mayor: la primera. Disfrazada de Caperucita Roja, llevando en mi cesta una torta y un tarro de manteca me sentía más interesante que un lactante

preso en su cuna. Tenía una hermanita: pero este angelote no me tenía a mí.

[…]

La principal función de Louise y de mamá era alimentarme; su tarea no era siempre fácil. Por la boca el mundo entraba en mí más íntimamente que por mis ojos y mis manos. Yo no lo aceptaba entero. Las insulsas cremas de trigo, las sopas de avena, las pastas lechosas me arrancaban lágrimas; las grasas untuosas, el misterio blanduzco de los mariscos me sublevaban; sollozos, gritos, vómitos, mis repugnancias eran tan obstinadas que renunciaron a combatirlas. En cambio, aprovechaba apasionadamente el privilegio de la infancia para quien la belleza, el lujo, la felicidad, son cosas que se comen; ante las confiterías de la calle Vavin quedaba petrificada, fascinada por el brillo luminoso de las frutas confitadas, los oscuros reflejos de los dulces de fruta, la flora abigarrada de los caramelos ácidos; verde, rojo, naranja, violeta: yo codiciaba los colores por sí mismos tanto como el placer que me prometían. A menudo tenía la suerte de que mi admiración terminara en placer. Mamá machacaba peladillas en un mortero, mezclando el polvo granulado a una crema amarilla; el color rosado de los caramelos se degradaba en matices exquisitos, hundía mi cuchara en una puesta de sol. Las noches en que mis padres recibían, los espejos del salón multiplicaban las luces de una araña de cristal. Mamá se sentaba ante el piano de cola, una señora vestida de tul tocaba el violín y un primo el violoncelo. Yo hacía crujir entre los dientes la cáscara de una fruta confitada, una pompa de luz estallaba contra mi paladar con gusto de casis o de piña; poseía todos los colores y todas las llamas, los chales, los diamantes, los encajes; poseía toda la fiesta. Los paraísos donde brota la leche y la miel nunca me han seducido, pero el color dorado y caliente de las rebanadas de pan con mantequilla me atraía; si este universo en que vivimos fuera totalmente comestible, ¡qué fuerza tendríamos sobre él! Adulta, hubiera querido comer los almendros en flor, morder en las peladillas del poniente. Contra el cielo de Nueva York las luces de neón parecían golosinas gigantes y me sentí frustrada.

[…]

Protegida, mimada, divertida con la incesante novedad de las cosas, yo era una niña muy alegre. Sin embargo, algo andaba mal, puesto que unas rabietas terribles me arrojaban al suelo, amoratada y convulsionada. Tengo tres años y medio, almorzamos en la terraza soleada de un gran hotel –era en Divonneles Bains–; me dan una ciruela roja y empiezo a pelarla. «No», dice mamá, y caigo chillando sobre el suelo. Grito a lo largo del bulevar Raspail porque Louise me saca del square Boucicaut donde estaba haciendo flanes de arena. En esos momentos ni la mirada tormentosa de mamá, ni la voz severa de Louise, ni las intervenciones extraordinarias de papá me alcanzaban. Chillaba tan fuerte, durante tanto tiempo, que en el Luxembourg me tomaron varias veces por una niña mártir. «¡Pobrecita!», dijo una señora tendiéndome un caramelo. Se lo agradecí con un puntapié. Ese episodio fue muy comentado; una tía obesa y bigotuda que manejaba la pluma lo contó en La Poupée modèle. Yo compartía la reverencia que inspiraba a mis padres el papel impreso. A través del relato que me leyó Louise, me sentí un personaje; poco a poco, sin embargo, sentí cierto malestar. «La pobre Louise lloraba a menudo amargamente añorando sus ovejas», había escrito mi tía. Louise nunca lloraba, no poseía ovejas, me quería: ¿y cómo se puede comparar a una niña con unos corderos? Aquel día sospeché que la literatura sólo mantiene con la verdad unas relaciones problemáticas.

[…]

Los adultos no solamente contrariaban mi voluntad, sino que me sentía la presa de sus conciencias. A veces, éstas hacían el papel de un amable espejo; también tenían el poder de embrujarme; me transformaban en animal, en cosa. «¡Qué lindas pantorrillas tiene esta chica!», dijo una señora que se inclinó para palparme. Si yo hubiera podido decir: «¡Esta señora es una tonta!, me considera como si fuera un perro», me habría salvado. Pero a los tres años no tenía ningún recurso contra esa voz melosa, esa sonrisa golosa, salvo la de arrojarme gritando a la acera. Más adelante aprendí algunas defensas; pero mis exigencias aumentaron: bastaba para herirme el que me trataran como a un bebé; limitada en mis conocimientos y en mis posibilidades, no por eso dejaba de considerarme una verdadera persona. En la plaza Saint-Sulpice, de la mano de mi tía Marguerite que no sabía hablarme muy bien, me pregunté de pronto: «¿Cómo me ve?», y sentí un agudo sentimiento de superioridad: porque yo conocía mi interior y ella lo ignoraba; engañada por las apariencias, no sospechaba, viendo mi cuerpo inacabado, que dentro de mí nada faltaba; me prometí no olvidar cuando fuera mayor que a los cinco años uno es un individuo completo. Era lo que negaban los adultos cuando me demostraban condescendencia y me ofendían. Tenía susceptibilidades de inválido. Si la abuelita hacía trampa en las cartas para hacerme ganar, si tía Lili me proponía una adivinanza demasiado fácil, entraba en trance. A menudo sospechaba que las personas mayores representaban comedias; las apreciaba demasiado para imaginar que se engañaran a sí mismas: suponía que se las inventaban a propósito para burlarse de mí. Al final de una comida de cumpleaños el abuelito quiso hacerme brindar: tuve un ataque.

Simone de Beauvoir (2018). Memorias de una joven formal. Traducción de Silvina Bullrich. España: Edhasa. 

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Solana, edición ilustrada, de Fernando Trejo​

Escribí Solana a mitad del año 2013. Ahora puedo decirlo: tuve miedo. Escribirlo era escarbar no sólo en el recuerdo sino en el dolor de quienes conocimos a Carlos, mi primo, su protagonista. Sin embargo, fue él quien me palmeó los hombros, se ajustó las botas y emprendió conmigo el viaje a la solana de los departamentos de la octava norte, a nuestra niñez, a nuestra adolescencia, a nuestra juventud. La infancia –puedo atreverme a decir– es la etapa de la vida más sincera, la que forja.