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Conversación con Karessa Malaya: poesía y migración

Karessa

Karessa Malaya es muchas cosas: poeta multilingüe (tagalo, español, inglés), artista visual, madre, migrante (nacida en Filipinas y ahora radicada en España), exploradora de sus propias fronteras. Es por eso que hemos decidido que nuestra conversación con ella fuera la primera de una serie que incluirá no solamente los poemas de nuestros invitados, sino también su voz hablando acerca de su propia vida, trabajo y trayectoria. Así pues, Carruaje de pájaros tiene el gusto enorme de presentar a nuestros lectores la poesía, conversación y persona de Karessa Malaya.

Manuel Iris


Hola, ¿qué tal?, queridos amigos de Carruaje de Pájaros Mi nombre es Manuel Iris y hoy tendré el enorme gusto de ofrecerles a todos estos radioescuchas una entrevista con una poeta española que yo conocí hace casi exactamente un año en Madrid. Su nombre es Karessa, Karessa Malaya. Ella es una poeta que actualmente radica y escribe en Madrid, pero cuya historia de migración ahora mismo nos va a contar. Es una poeta que cuando la conocí me sorprendió mucho por la manera en la que, en un evento, ella interactuaba con el público. Su lectura de poemas no era solo una lectura, sino una especie de diálogo entre la poesía y las artes visuales, pero también un diálogo con el público asistente.

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POEMAS

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Bambúes 1

De pequeña me advertían
de los tikbalang
que vivían entre bambúes,
seres
mitad caballo, mitad hombres,
que hechizaban a quienes
se les acercaban.

¿Cuántos caminantes perdidos
fueron encontrados
en un bosque de bambúes
con toda su ropa al revés?

¿Cuántas muchachas despistadas
fueron halladas
en las orillas de un río, histéricas,
ahogadas con sus propias risas?

De pequeña me iba
en busca del tikbalang.
Quería vivir entre bambúes,
ser mitad yegua, mitad humana.
Perderme,
ahogarme con risas
reídas al revés.

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A veces pienso en la bala que entregó tu último aliento

Siento haberte llorado tan poco.
Y lo poco que lloré, no estaba salado.
Siento no saber dolerte.
Me dijeron que me buscabas
y que me tenías como referencia,
que necesitabas un ancla.
Me enteré de que aguardabas
el día en que pudieras
comprobar en vivo y en directo,
que tu hermana existía. Y que existías
para ella.

¿Te dio tiempo a enamorarte?
Tu lucha, ¿Fue fructífera?
Estés donde estés. En diferido,
al menos, lo estás comprobando:
tienes una hermana.
La que te lloró poco.
La que te lloró poco salado.
La que no te sabe doler. 

Cosechas del insomnio (Diversidad literaria, 2021).

.Primavera presente imperfecta

Pese al polen perseverante
pululando por el pavimento, por la pared,
pacientemente penetrando mis poros,
pelea la persistente pluma presa de mi palma.

Pero procedimientos —prácticas, promesas, preguntas— pretenden
despistarme: platos pringosos, plazos imposibles, pretextos,
provocan impedimentos para postergar poner

palabra
sobre
papel.

Pulmones patalean por penuria de aire. Paralizante pobreza
de pensamientos púrpuras prosperando por pistas pedregosas.

Sitsiritsit (La Parcería Edita, 2023).

.El eterno arribo

Asuso es tan gris, a veces, que olvido que es azul.
Y ayuso, tan marrón, que la hierba desconoce el verde.

Este desamparo tan frío
desafía el calor con el que había nacido.

Y las albas son todas igual de desoladas
porque amanezco oliendo los arrozales de tu piel.

Amanezco, boqueando, persiguiendo el aroma del barako;
amanezco sorda por el bramido de las olas que no escucho.

No hay consuelo en las siestas de las tardes lentas,
de los domingos sin fin… imposible al infinito no extrañarte.

Ni siquiera cuando me atraganto con las migajas de gozo
que regalan amantes perseverantes de sentimientos caducifolios.

Así, de vez en cuando, agradezco que el ocaso me lleve al engaño:
entonces, voy detrás del horizonte sonrojado esperando ver un mar en el fondo.

Pero siempre nunca hay agua. Solo el solidificado amasijo
de alquitrán, azufre y destilado de petróleo en un océano de asfalto.

Sueño con habituarme a estas nuevas coordenadas.
¿Sueño con habituarme a estas nuevas coordenadas?

Pero aquí sirven arroz poco hecho y toman café torrefacto.

¿Cuando se termina de llegar?

De la antología Intersticios, el lugar de la palabra (La Parcería Edita, 2023).

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Las nietas favoritas

Las nietas favoritas
jugamos al escondite
entre la obediencia y la rebeldía;
al pilla-pilla con la voluntad y el destino;
bailamos la alegría de la venganza
y cantamos el himno de la culpa.

Somos las visiones en tu vigilia.
Somos sinvergüenzas de día y
nostalgia nocturna.

¿Las nietas favoritas?
Nunca hambrientas.
Siempre consentidas,
más por abuelas muertas
que por intenciones vivas. 

Mi corazón es un atolón (inédito).


Foto: cortesía de la autora.

Me llamo Karessa Malaya pero podría tener más nombres, porque mi cuerpo alberga tantas personalidades como idiomas hablo, y otras más que me invento cuando, sin dinero para viajar ni para olvidar, me entran ganas de escaparme de hoy y de aquí. Tengo 40 años, que a veces sientan como 40 vidas en una; y más cuando escribo porque de verdad, fuera de cualquier tipo de vanidad, ser leída, ser vista por el cuerpo de la palabra, me hace sentir eterna. Es un sosiego que me regala el saber que la muerte ya no me preocupa.

Estos escritos nacieron de un deseo sembrado desde que me mudé a España con 17 años: me prometí a mí misma contar esta experiencia, pase lo que pase. En aquel momento no sabía hablar muy bien el castellano así que ese deseo lo enterré detrás de mi garganta, entre la epiglotis y la laringe. Después cogí un papel y un bolígrafo, y empecé a escribir. Todos los días regaba esa siembra con palabras tragadas, porque no encontraba el coraje para emitirlas. Como abono, contaba con las lecturas de Isabel Allende, Mario Benedetti, Joi Barrios, Eduardo Galeano, Amy Tan… Algunas de esas personas salieron de sus países como migrantes, otras como exiliadas; todas fueron leídas como “otras”, como yo. Sentí que sus plumas me hablaban y me comprendían. Entonces me pregunté si aún tendría sentido contar lo que quería porque, total, ya lo habían hecho. ¡Y con qué gusto y estilo! Creí haber acabado con ese deseo, creí haberlo ahogado con tantas lágrimas lloradas mientras mi lengua se trababa con la gramática… Pasaron más de dos décadas y, de repente, me desperté con un arbusto florecido saliendo de mi boca. Espacios como Carruaje de Pájaros me ayudan a hacer la poda y a recolocarlo en un lugar lleno de empatía y de cariño, lo que hizo posible, por fin, que cosechara los frutos y los compartiera con quien quiera participar en este festín.

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