Poesía,

Cuatro poemas del libro Sombra el ave, de Alberto Romandía Peñaflor

Alberto Romandía

(Zapopan, Jalisco, 1978). Estudios superiores y de posgrado en artes audiovisuales, filosofía, teología, antropología, idiomas (latinos y germánicos) y finanzas: CAAV, UdeG, Eberhart-Karls Universität Tübingen, ITESO; UNAM, UDLAP, ICMN, PROULEX; OSD. Obtuvo los premios y reconocimientos: Foto septiembre Internacional 1998, Ciudad de las ideas (ensayo) 2008, Juegos Florales Luis Pavía López (poesía) 2010, Documenta Guadalajara (fotografía) 2014; IV Concurs de microrelats de tema històric Biblioteca Plaça d’Europa 2017. Participante en congresos académicos y festivales poéticos. Circa 50 textos publicados en medios académicos, literarios, revistas, diarios y folletos (artículos, traducciones, poemas, ensayos; reseñas, análisis, etnografías, ponencias y crónicas). Colaboraciones en antologías. Publicaciones con poesía, etnografía y ensayo: Vigencia de la pregunta que interroga por la existencia como disposición o sentido (UdeG, 2007), Emigración y continuidad (LiminaR, 2009), Cancionero de certidumbre sagrada (ICBC, 2010), Soliloquio (Ed. Caronte, 2019); Sombra el ave (Ex Libris, 2020).


XI

Una llovizna amaina huegos
Al abismo van a parar las tres monedas
Por respuesta una elipsis les desnuda.
Lot echa a correr dejando atrás
salinas, compungido buhonero
¿Quién hará ahora el amor
por los arcenes, con tanto
rescoldo atizándole a las lenguas?
¿Se abrirá camino entre los ecos el pregón?

[Te nombraré destino y vigilarás
paciente mis espaldas, formularás
cronologías, descalabros para colonizar
(ahora lo veo) conmigo las pisadas]

Vulva de amar no entiende ceremonias
ni se inicia, allá lejos,
donde culmina el secreto e inicia el mito.

.

Obtuso

Yo no escogí la noche:
me la dieron.

Roberto Vallarino

Solos de andar a qu í y a ll á
de conocerse, siempre escalones
estableciendo un precipicio con su sombra
un atado de aparejos con caña brava y yuca
un azaroso aligátor apiñonado en ámbar;

siempre azabache tosco en sus atisbos
y frígido remanso de otras noches
o frenético clamor de los helechos:
esa ciencia cierta sin fotón y sin mutismo;

solos de sí, de ti, de lunas llenas.
Con cuencas cernidas por los ojos,
a por brea con rumores machacada,
la autoridad –esputa– a semblantes de primeros.
No hay segundos, no hay luz: hay llamarada.
Encanallados fluyen a rituales, pedestales;
turbias tripas les envuelven los embriones;

solos por ser así, idénticos a nada,
su mudez cruenta ya convenida
con matrioshkas emborucadas, estropeadas.

Apelando al imperio desde antiguo
harapientos, cansados de su crepúsculo,
vigilan por doquier fanales huecos, en
espera de sabrá El Señor qué cochinadas.

.

Aguamiel

No ha muerto
aún octubre
y la bruja Ceiba acordelada
palpita en su estatura

Las hogueras tranquilas
estremecen relinchan
abren puertas ocultas
desinhiben avientan
hurgan tumbas

Inopia vuelca minas de sol
arpegios curten horas
el calendario hace lo suyo
choca combate al rompeolas de las fechas

Qué importa ya que tres sean las carretas
por la muerte jaladas
la luna es un Maguey
manando savia

.

UNA LA ALDABA
esperando a que la unzas
otra la rota flameante
en tus entrañas.
la mañana anda
gorjeando tras la rada.

lepra de grafos
huella por polvo
vertedero de chispas
gota su linfa.

voz el arma fatal
con la que cazas.
la fragancia del
pensamiento te rapta
(incandescencia plasmada).
tú inauguras el sol
con tu mirada.

San Andrés Cholula, 2007,
días antes de un fatídico divorcio