Poesía,

Dos grandes poetas de la poesía mexicana: Ramón López Velarde y Jaime Labastida

Velarde_Labastida

Un día como hoy, pero de 1888, nació Ramón López Velarde, el llamado poeta nacional. Más allá de su poema más famoso, “La suave patria”, en el que dice de sí mismo: Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro, / alzo hoy la voz a la mitad del foro, la producción poética velardiana resultada profundamente marcada por un carácter melancólico.

La relación con su querida Fuensanta y, posteriormente, Margarita Quijano, acaso sus dos grandes intereses románticos, sólo dejan ver su inaptitud para el amor. Tal vez, incluso, la muerte que tuvo era la única posible: joven, a la edad de Cristo, en su soledad inextricable; Gabriel Zaid conjetura una posible depresión; los médicos apuntan en el acta de defunción una bronconeumonía, omitiendo los achaques de la sífilis. Por estas consideraciones, la figura de López Velarde encaja, en relación a la teoría de los humores de Hipócrates, con los enfermos de bilis negra. Ya hacia la Edad Media, e incluso durante la época colonial, estos seres estaban bien caracterizados: de profunda inteligencia y de una íntima relación con la música –constituía el más alto nivel de conocimiento–, sujetos de un extremo dolor y agonía, poetas y enamoradizos, cuando no poetas enamoradizos, preferían relegarse a los espacios de quietud y de silencio. Quizá dentro de esta misma estirpe cabría situar a Juan Ruiz de Alarcón y al posterior Xavier Villaurrutia, por mencionar otros casos, mas no todos los posibles.

Resulta curioso cómo, 51 años después, el 15 de junio de 1939, nace el contraveneno poético necesario para combatir la zozobra velardiana: Jaime Labastida. Su poesía se produce en un momento histórico tumultuoso y violento, por lo que su escritura correspondió, como era debido, con el descubrimiento de nuevas formas para decir los procesos sociales del país. En uno de sus poemas, escribe: me desplomo / como una casa del Virreinato (resulta cuanto menos interesante cómo nombra y destruye exactamente ese espacio temporal, con las ideas propias de su tiempo, con el que busqué describir a López Velarde).

En Labastida, el silencio no es un lugar de lamentaciones para dejarse morir, sino donde se dan cita la reflexión y la reelaboración del mundo: el sitio donde se funden los contrarios. Es de este modo como logra configurar una poesía de la destrucción creadora. Y a mitad de camino entre los dos puntos, el amor.

A través de una destrucción amorosa Jaime Labastida conforma la gran parte de su trabajo poético: aburrido de la injusticia social, opone la fiereza y el destrozo a un mundo también fiero y destrozado. Con la diferencia –la gran diferencia– de que su destrucción resulta fértil: no la opresión a los otros, sino las tiernas ruinas que ofrecen la posibilidad de un mundo nuevo y mejor: Aquí termina el canto, / quiero decir, una vez más, / la vida empieza.

Así, frente a la pulsión de vida y muerte que el amor otorga –recuerdo Lirio y serpiente del griego Nikos Kazantzakis ­–, y ante su deslumbramiento que muchas veces roba la capacidad de actuar, es posible que el camino sea un cierto renacimiento que permita la perdurabilidad del amor: la oportunidad de ser otro. Festejamos, de este modo, a dos grandes poetas de la poesía mexicana.


Ramón López Velarde

Tema II

A fuerza de quererte
me he convertido, Amor, en alma en pena.

¿Por qué, Fuensanta mía,
si mi pasión de ayer está ya muerta
y en tu rostro se anuncian los estragos
de la vejez temida que se acerca,
tu boca es una invitación al beso
como lo fue en lejanas primaveras?

Es que mi desencanto nada puede
contra mi condición de ánima en pena
si a pesar de tus párpados exangües
y las blancuras de tu faz anémica,
aún se tiñen tus labios
con el color sangriento de las fresas.

A fuerza de quererte
me he convertido, Amor, en alma en pena,
y en el candor angélico de tu alma
seré una sombra eterna…

.

Y pensar que pudimos…

Y pensar que extraviamos
la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como perenne rosa…

Y pensar que pudimos
enlazar nuestras manos
y apurar en un beso
la comunión de fértiles veranos…

Y pensar que pudimos
en una onda secreta
de embriaguez, deslizarnos,
valsando un vals sin fin, por el planeta…

Y pensar que pudimos,
al rendir la jornada,
desde la sosegada
sombra de tu portal y en una suave
conjunción de existencias,
ver las cintilaciones del Zodíaco
sobre la sombra de nuestras conciencias…

.

El mendigo

Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma
de todos los voraces ayunos pordioseros;
mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma
del mar y al simulacro azul de los luceros.

El cuervo legendario que nutre al cenobita
vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan,
otro cuervo transporta una flor inaudita,
otro lleva en el pico a la mujer de Adán,
y sin verme siquiera, los tres cuervos se van.

Prosigue descubriendo mi pupila famélica
más panes y más lindas mujeres y más rosas
en el bando de cuervos que en la jornada célica
sus picos atavía con las cargas preciosas,
y encima de mi sacro apetito no baja
sin un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.

Saboreo mi brizna heteróclita, y siente
mi sed la cristalina nostalgia de la fuente,
y la pródiga vida se derrama en el falso
festín y en el suplicio de mi hambre creciente,
como una cornucopia se vuelva en un cadalso.


Jaime Labastida

Eternidad y muerte
La eternidad, es cierto,
ya no existe.
Ha mucho que, de cuerpo, murió
y hiede su cadáver.
Todo caduca y muere.
Eso se sabe.
Lo repite
hasta el menos hombre de esta esquina.
Todo presente es, sin embargo, vano:
el vano de un umbral abierto hacia el futuro.
Hay una eternidad enferma humana
que contagia.
Humanísimo límite,
limitadísimo humano,
resurjo y muero en ti,
renazco otro,
otra te nazco,
otra te amo para que siempre mueras,
resucites,
cayendo hacia adelante
como un río que retroceda el mar hasta su fuente.
Te amo.
Sabré, con este amor, nacerte siempre.
.
Orden
No sé qué escribiré, nunca he sabido.
Escribo por encargo y he ignorado
quién ordena lo escrito, quién leerá estas palabras.
Una mano me dicta, ciega,
cuanto he de borrar. Por detrás
de mí mismo, un ojo manco, o mudo,
o sin respuesta, le da forma
a mi angustia. Lo que importa
es un ritmo. Te fijarás tan sólo
en el acento exacto, en la sílaba
sexta, la adónica, silbante, o la sáfica,
la heroica, en las desnudas letras
palatales. ¿Y el mundo, entonces?
Una gardenia subterránea se derrama
en la página y su perfume dibuja
en el poema un extraño marfil,
con sangre y uñas. El concepto
se funde ahora en una sola y larga,
lenta frase que destruye
al ojo seco que me mira.
Escribo porque sí, porque me da la gana.
Pero me gana el mundo y muchos
muertos se adensan en mi mano.
¿Para ellos escribo, aunque nunca
lo sepan? ¿Para ellos me dicto
cuanto he de escribir? Un mundo
silencioso corrige o enmienda
mis palabras. Me dice: bien,
no borres, añade aquí no sólo
un adjetivo, sino los huesos,
la garganta desnuda, el continente
amargo en el que habitas, este
áspero tiempo en el que vives.
Y en ciertas ocasiones obedezco.
.
A plena luz
Mana la miel del datilero.
Oasis, isla, barca frágil,
gorrión a salvo de la nieve.
Las aves migratorias, protegidas
por vuelos altos, rumbo al inmenso
sur, abierto, verde. ¿Serán
verdad por siempre estos ocasos?
Ésta es la ruda variedad del tiempo.
Construye al pájaro y su flecha,
al ciervo y su dardo envenenado.
Un día tras otro, llegas
traspasando el dintel
y divides las horas en dos haces:
separa el parteaguas la alegría
del pasado feroz y monocromo.
No hemos de ser las víctimas
recientes. De algún modo,
podremos defender esta parcela,
este pequeño oficio de vivir
a ciegas, a plena luz,
con los ojos abiertos,
el tiempo magro que nos fue
otorgado. Es suficiente.
Valdrá la pena disfrutar
las horas que nos fueron
amargamente concedidas.
El leve espacio, a punto
de zozobra. Que no lo toque
el tiempo. Mejor, que lo destroce,
que diariamente lo construya.

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