Elizabeth Bishop nació el 8 de febrero de 1911 en Worcester, Massachusetts. Su infancia estuvo marcada por la pérdida de su padre y la enfermedad de su madre, circunstancias que influyeron en su sensibilidad poética. Estudió en Vassar College, donde comenzó a escribir y a desarrollar su particular estilo, caracterizado por una rigurosa precisión formal y una minuciosa observación del mundo. Su poesía se distingue por la riqueza descriptiva y por la contención emocional, elementos que la han convertido en una de las voces más singulares de la literatura anglosajona.
Publicó obras fundamentales como North & South (1946) y Questions of Travel (1965), donde exploró temas de viaje, desplazamiento y memoria. En 1956, recibió el Premio Pulitzer por su libro Poems: North & South—A Cold Spring. Fue poeta laureada de los Estados Unidos y su trabajo ha influido en generaciones posteriores. Su vida estuvo marcada por largas estancias en Brasil, donde encontró un refugio emocional y creativo. Falleció el 6 de octubre de 1979 en Boston.
PAISAJE MARINO
Este paisaje celestial, con garzas blancas que ascienden como ángeles
volando tan alto como quieren y hacia ambos lados tan lejos como quieren
en hileras y más hileras de inmaculados reflejos;
esta región entera, desde la más alta de las garzas
hasta la ingrávida isla de mangles, aquí abajo,
con sus brillantes hojas verdes nítidamente orladas de excrementos
de pájaros, como estampa iluminada sobre plata, y los arcos
tan sugestivamente góticos de las raíces del manglar
y los hermosos prados verde habichuela
donde a veces un pez salta como una flor silvestre
en un ornamental rocío de rocío;
este cartón de Rafael, para alguna papal tapicería,
se parece al paraíso.
Pero el faro esquelético que allí se alza,
de clerical vestido blanco y negro, siempre alerta,
piensa que él sabe la verdad de las cosas.
Piensa que el infierno hierve a sus pies acerados,
que por ello son tan cálidos los bajos de las aguas;
sabe que el paraíso es diferente.
El cielo no es como volar o nadar,
tiene algo que ver con la negrura, y una fiera mirada,
y cuando se ensombrezca, recordará el faro
algo bastante rudo que decir sobre el tema.
Traducción de Ulalume González de León
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UN ARTE
El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas parecen henchidas con el intento
de perderse que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la confusión
por las llaves perdidas, la hora en blanco.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Luego practica perder más, perder más rápido:
lugares y nombres, las partes a las que querías
viajar. Nada de esto traerá un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, mi última o
penúltima de mis tres casas se ha ido.
El arte de perder no es difícil de dominar.
Perdí dos bellas ciudades. Y algunos
vastos reinos que eran míos, dos ríos, un continente.
Los añoro, pero no fue un desastre.
—Incluso perderte a ti (la voz burlona, un gesto
que adoro) no habré mentido. Es evidente:
el arte de perder no es muy difícil de dominar
aunque pueda parecer así (escríbelo) un desastre.
Traducción de Gabriela Cantú Westendarp.
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PARÍS, 7 A.M.
Hago un viaje a cada reloj del apartamento:
algunas manecillas apuntan histriónicamente a una dirección
y algunas hacia otras distintas, desde sus caras ignorantes.
El tiempo es una Étoile; las horas divergen
tanto que los días son viajes alrededor de los suburbios,
círculos bordeando las estrellas, círculos solapados.
La breve escala en fotograbado del tiempo invernal
es un ala extendida de paloma.
El invierno vive bajo el ala de una paloma, un ala muerta de
plumas mojadas.
Mira abajo, hacia el patio. Todas las casas
están construidas así, con urnas ornamentales
puestas en las buhardillas de los tejados donde las palomas
pasean. Es como una introspección
para mirar hacia dentro, o una retrospección,
una estrella dentro de un rectángulo, una remembranza:
este cuadrado vacío bien podría haber estado allí.
–Los castillos infantiles, construidos en los más fríos inviernos,
podrían haber alcanzado estas proporciones y ser casas;
los imponentes fuertes de nieve de cuatro y cinco pisos
resistiendo la primavera como los fuertes de arena la marea,
sus paredes, su forma, no podrían disolverse y desaparecer,
solo superponerse en una fuerte cadena, convertidos en piedra,
y agrisar y amarillear como estas casas–.
¿Dónde están las municiones, las bolas reunidas
con su corazón de hielo en forma de estrella astillada?
Este cielo no es una paloma-guerrera-mensajera
que escapa de infinitos círculos entrecruzados.
Es una muerta, o el cielo del cual una muerta ha caído.
Las urnas han atrapado sus cenizas o sus plumas.
¿Cuándo se disolvió la estrella?, ¿o es que quedó atrapada
en la secuencia de cuadrados y cuadrados y círculos y círculo?
¿Pueden los relojes decir: esta allí, abajo,
a punto de rodar sobre la nieve?
Traducción de Jeanette L. Clariond.
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EL MAPA
La tierra yace en el agua; es un verde sombreado.
¿Sombras, o es que son bajíos, en sus orillas
mostrando la línea de extensos arrecifes
donde las algas cuelgan desde el verde hasta el simple azul?
¿O acaso la tierra se reclina para levantar al mar desde abajo,
tirando de él por todos lados sin perturbarlo?
¿Empuja la tierra desde abajo al mar
a lo largo de la hermosa plataforma de arena curtida y fina?
La sombra de Terranova se tiende plana e inmóvil.
La de Labrador es amarilla, donde el distraído esquimal
ha derramado aceite. Podemos acariciar esas bellas bahías,
bajo un cristal, como esperando su floración,
o como si colocáramos una pecera limpia para peces invisibles.
Los nombres de los poblados costeros huyen hacia el mar,
los nombres de las ciudades cruzan las montañas vecinas
—aquí el impresor experimenta el mismo entusiasmo
como cuando la emoción, por mucho, excede la causa.
Estas penínsulas sujetan el agua entre
índice y pulgar
como cuando una mujer sujeta la suave tela.
Las aguas de los mapas son más silenciosas que la tierra,
le dejan a ella la conformación de sus olas:
y la liebre de Noruega se precipita agitada hacia el sur,
los contornos estudian el mar donde yace la tierra.
¿Se les asignan los colores o es que los países pueden elegirlos?
—Lo que mejor acomode al carácter o las aguas nativas.
La topografía no muestra predilecciones; el norte tan cerca como el oeste.
Más delicados que los historiadores son los responsables de escoger los colores
de los mapas.
Traducción de Gabriela Cantú Westendarp.
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INSOMNIO
La luna, en el espejo del tocador,
mira a un millón de millas
(y tal vez, con orgullo, hacia sí misma,
pero nunca, nunca sonríe)
de distancia, más allá del sueño, o
tal vez duerma de día.
Por el Universo desertado
le diría ella que se fuera al infierno,
y encontraría un cuerpo de agua
o un espejo en el cual habitar.
Envuelve entonces tu inquietud en telarañas
y arrójala al pozo
a ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha,
donde las sombras son realmente el cuerpo,
donde pasamos en vela las noches
y los cielos son tan poco profundos
como profundo es ahora
el mar, y tú me amas.
Traducción de Ulalume González de León





