Socorro Trejo Sirvent
Los grandes poetas no necesitan un lector inteligente:
Agradan a cualquiera por difícil que sea de complacer.
Ovidio
Joaquín Vásquez Aguilar nació el 15 de agosto de 1947, en el ejido Cabeza de Toro, Tonalá, Chiapas. Su infancia transcurrió en este lugar paradisiáco, a tan solo dos kilómetros del Océano Pacífico, en un poblado con un estero de agua salada. Ahí, el niño Joaquín creció entre redes y canoas, y el aroma de la sandía, fruta que su familia sembraba y cosechaba.
Eran días marcados por la presencia del mar, la lluvia, el viento y las aves. En las madrugadas el pequeño Quincho veía a su padre partir a la pesca. Las horas, amables y lentas, transcurrían al amparo del estero, llenas de la risa de los niños.
Días en que el niño Joaquín tuvo que asistir a la escuela del pueblo, donde aprendió a leer y a escribir desde el primer año. Días que guardó para siempre en su memoria y donde estaban presentes los abuelos, la madre y el padre, los hermanos, el comal y el maíz, el manglar y los bagres, las iguanas y las gaviotas, los árboles de mango y el dulce de coco, la garza y el olor de los días lluviosos, la leche fresca y los papalotes de la tarde, la marimba y la sabrosa chicha. Imágenes que se quedaron para siempre grabadas en su mente y que Joaquín, cuando empezó a escribir poesía, solo las fue trayendo al presente cuando la nostalgia por el paraíso perdido se apoderaba de él.
En una entrevista publicada en 1996 en la revista Pequeño paraíso perdido —editada por la Universidad Autónoma de Chiapas y el Colegio de Bachilleres de Chiapas— la poeta Elva Macías le preguntó a Joaquín: “¿Cómo se manifiesta en la infancia tu interés por la literatura?”. A lo que él respondió: “En segundo de secundaria empecé a escribir. Lo hacía con el verso medido y rimado. Mis lecturas eran Amado Nervo y Velarde, pues primero leí a los poetas del romanticismo y luego a los del modernismo”.
En esa misma entrevista, Quincho afirmó que tomó conciencia de su trabajo poético al unirse al grupo de teatro que dirigía el maestro Luis Alaminos. “Él me empieza a hablar de García Lorca, de Vallejo, de Miguel Hernández, de Neruda… Me fui metiendo en esas lecturas, me fue gustando el ritmo del Romancero gitano sobre todo, y el tono dramático de Miguel Hernández”.

La poeta Socorro Trejo Sirvent y el poeta Joaquín Vásquez Aguilar.
Fue en ese grupo de teatro donde Joaquin entabló amistad con el maestro Luis Alaminos y su esposa Martha, así como con otros actores locales. Conoció a Malú Morales, quien ya empezaba a escribir cuentos; a Rodrigo Palomino, un gran bailarín y a quien yo recuerdo en una gran actuación en la obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano en el papel del duende “Puck”; y a Reynaldo Velázquez, artista plástico que ya destacaba en la escultura y el grabado.
En el año de 1972 la vida de Joaquín Vásquez Aguilar tiene un cambio rotundo, al llegar a la Ciudad de México como actor del Teatro de Orientación Campesina, que fundó Eraclio Zepeda, donde realiza giras por el interior del país. En estas giras coincide con Malú Morales.
El escritor y poeta David Huerta, amigo de Joaquín, lo describió en un artítulo de la revista Tierra Adentro (fechada en febrero-marzo de 1996), como “uno de los mejores poetas de México”. Huerta escribió sobre él: “La poesía de Vásquez Aguilar tiene un aire —en el sentido musical del término— en el que se mezclan el impulso de la vanguardia de la primera mitad del siglo y la melopea de los siglos de oro; no en balde es un sonetista consumado y original, un versificador… Quincho está seguro de sus dones y es plenamente dueño de su conciencia y de su destreza formal. Lo he admirado y lo admiro como a pocos artistas de nuestro país…”. Huerta agregó que el gobierno del estado le publicó algunos libros, le hizo un disco fonográfico y un documento video grabado y lo tiene en la nómina como coordinador de talleres literarios; pero está claro que “Quincho nunca hará una carrera burocrática ni escalará puestos en la jerarquía de las instituciones culturales… Él sigue trabajando, sin prisa pero sin pausa, sus admirables poemas. Es uno de los poetas mejor situados para disfrutar de ese extraño privilegio: volverse —más tarde que temprano— un “clásico del futuro””.
El editor, fotógrafo y periodista Rodrigo Núñez también le dedicó unas palabras en una sentida nota publicada el domingo 12 de febrero de 2010. Bajo el título Recados para Joaquín Vásquez Aguilar, Nuñez transcribió dos párrafos de la entrevista con Elva Macías:
“Yo digo que soy un poeta visceral. Yo me derramo, me desgarro, me desangro. Me derramo ahí en mis textos: éste soy yo. Si viniera un psicólogo a indagar cómo soy, cómo es la personalidad de Joaquín Vásquez Aguilar, que lea mis textos, allí me va a encontrar, por eso mi estructura es interior siempre, parte de lo que me interesa, de lo que me penetra desde lo exterior hasta mi interior…”, mencionó Joaquín.
“…mi próximo libro El pequeño paraíso perdido, es un anuncio de que si uno se va a morir, ya recordó que hubo un paraíso aquí en la tierra.”





