Constelaciones,

La elaboración del silencio

ConstelacionesColumna

Una de las experiencias que se han sido limitadas a partir de la modernidad es la experiencia del silencio como respuesta ontológica. En la actualidad, el silencio suele entenderse desde aristas fragmentadas. Identifico tres formas notorias. El silencio como experiencia turística, que podría llamarse estética; el silencio místico, presente en los claustros monacales; y el silencio punitivo, ligado a los espacios carcelarios de la administración estatal. Estas tres formas o experiencias límite del silencio nos ofrecen una idea parcial y reducida de lo que éste significa. Ante ellas, cabría oponer una experiencia del silencio como resistencia existencial. Reconfigurar o elaborar el silencio para enfrentarlo al imperio del ruido. Ese ruido enervante y desbordante que se infiltra en nuestra forma de vida a través de expresiones muy concretas como la música convertida en consumo, que ha absorbido la capacidad del ser humano de dar cauce a sus necesidades existenciales; el ruido cotidiano que nos acompaña con creciente contundencia; el ruido audiovisual que nos envuelve; y el ruido industrial que late de manera incesante en el día a día.

Frente a este imperio del ruido debemos colocar el silencio como una posibilidad de resistencia. Y para elaborarlo podemos acudir a tres elementos que, aunque siempre han estado presentes, rara vez recuperamos porque han sido cosificados por las necesidades mercantiles de nuestra época. Pienso en la lejanía, la interioridad y el pensamiento. La lejanía implica un apartarse consciente de sí mismo, un distanciamiento de la multitud moderna, del concierto musical excesivo, el evento deportivo, la masa política que se abalanza sobre la toma del poder. La modernidad ha interpretado esta lejanía como un gesto pequeñoburgués, anacrónico, propio de quien se aparta para observar con cierto intelectualismo de clase. Sin embargo, la lejanía consciente de sí misma es también una cercanía. Una manera de reelaborar la relación con el otro y reconvertirlo en un nosotros. Lejos de ser un aislamiento, es una cercanía comunitaria que apela a la metáfora de la comunidad como un sentido compartido.

La lejanía crea un puente hacia a la interioridad, aquella antigua máxima socrática del “conócete a ti mismo” que hoy parece más un eslogan publicitario que una fuente de sabiduría existencial. Recuperar la interioridad significa volver a nosotros mismos para reconocer los elementos circunstanciales que nos han traído hasta aquí. Los hechos históricos que configuraron nuestras ideas, formas y percepciones. Tal vez, sea esa ilusoria idea de conciencia que Hegel planteó, pero que, al mismo tiempo, conlleva una exaltación espiritual profunda, capaz de orientarnos históricamente en el contexto donde hacemos nuestra vida. Al fin, se trata de conciencia espiritual.  A partir de ello, debemos recuperar la palabra como pensamiento. La modernidad ha parcelado el pensamiento mediante la especialización, construyendo fragmentos de conocimiento que rara vez dialogan entre sí. Con frecuencia estas parcelas se niegan unas a otras o se subordinan a un pensamiento hegemónico. Antes fue la filosofía; ayer fue la ciencia empírica-positiva; hoy es la tecnología mercantil. Esta fragmentación ha desvalorizado lo que Merleau-Ponty llamó el mundo de la percepción, es decir, aquello que proviene del mundo y atraviesa nuestros sentidos, al mismo tiempo que es transformado por nuestra forma de vivir. Ese mundo ha sido reducido por la ciencia y por la lógica mercantil a un plano secundario, negando la riqueza de la experiencia humana.

Por eso, necesitamos recuperar la palabra como fuente ontológica que otorga fijeza al pensamiento. No como simple medio, sino como expresión completa del ser humano, ya sea escrita u oral, porque también la oralidad ha sido marginada como un vestigio anacrónico de la filosofía antigua. La palabra, recuperada en toda su dimensión, nos devuelve la posibilidad de pensar con hondura y de reencontrarnos con nuestra propia existencia. Estos tres elementos, apenas nociones, apenas notas para una posible elaboración del silencio, conllevan experiencias que se retroalimentan entre sí y que se reinterpretan como resistencia ante el imperio del ruido. El ser humano, cosificado, ensimismado y mercantilizado al extremo, necesita recuperar el silencio y situarlo en el aquí y ahora como acto de resistencia. El silencio, así entendido, nos permite recuperar lo que todavía nos queda de humanidad. Nos ofrece la posibilidad de reencontrarnos con nosotros mismos y de oponernos a un futuro incierto que a veces se reduce a la imagen de un fin de los tiempos. El silencio que nos enriquece, que nos hunde existencialmente en esa fuente que es nuestra forma de hacer vida, es también el que nos permite asirnos con firmeza a esta existencia.

(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1981). Estudió Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas; así como la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX en la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco). Obtuvo el Segundo lugar en los Juegos Florales San Marcos Raúl Garduño en el 2014. Ha publicado el libro colectivo Entre lo timorato y lo arrogante; así como Dalton. Ha publicado en revistas como Tierra Adentro, Rio Grande Review y Lagarto con paraguas.

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