Reseñas,

«La vida: un nado sin orillas». Dorsal, de Nadia López García

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Con la muerte de Dios en el siglo XX (proporcionada en lecturas del holocausto por pensadores de entonces y de ahora, e incluso anticipada por Nietzsche) se ha debilitado la creencia, hasta nuestros tiempos, de que existe una fórmula prescrita para vivir: el ser humano se encuentra sin camino en la inmensidad del mundo, y sólo puede realizarse conforme avanza la vida.

Si bien es cierto que las diversidades, representadas ahora bajo el colectivo LGBTQ+, son tan viejas como la humanidad misma (a pesar de antes no haber contado con una palabra específica que las nombre y represente), es hasta nuestros días que hemos empezado a aceptar nuestras diferencias tan abiertamente. Es en este marco –de lo que todavía no se ha aceptado por completo– que se escribe Dorsal, obra ganadora del Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón, en su edición del 2021, de la poeta, en castellano y tu’un savi, Nadia López García.

En las «Olas tempranas», primero de dos movimientos del libro, se nos presenta una serie de poemas llenos de dolor y miedo por saberse distinto a los demás: un hombre que se identifica como mujer y que siente atracción por el género masculino. Al encontrarnos en la vida con un Otro tendemos a sentirnos amenazados, a rechazarle como un mecanismo de defensa: el Otro constituye un espejo en el que reflejamos lo mejor o lo peor de nosotros mismos. Así, con la voz de un personaje, desde el dolor del rechazo paterno y en el castigo por saberse diferente de los demás, la poeta escribe:

Desde que el puño de mi padre
marcó la ruta de mis costillas,
[…]
Conocí el odio,
ese animal ponzoñoso.

Reconocerse diferente –todos lo somos de alguna manera–, y aceptarse, implica una búsqueda del origen. Quizás ese es el peregrinar más importante, el viaje vital que corresponde a todos los seres humanos.

¿Quién somos
en el fondo?
¿Somos el nombre que habitamos?
¿Somos el recuerdo que nos habita?

 Vivir es llenarse de preguntas. De esa forma se desarrollan las «Olas tardías», segundo movimiento del libro, donde lo que nos queda de la experiencia vivencial y de los sueños de cada noche se confunden: finalmente, si somos nuestra memoria, ¿no somos también lo que soñamos? En la voz de la madre el sueño tiene otra función, además de la constitutiva: la de barrera. Al chocarse con una realidad que resulta difícil de vivir –la muerte de Vicente, uno de sus hijos–, comienza a soñar en demasía como un escape de lo indeseado que no le permite aceptar lo que es: que uno de sus hijos ha muerto, que el otro se identifica como mujer.

La voz poética, Ícaro-Estrella, pierde a su hermano. Este es asesinado y aventado al agua, víctima del tráfico de órganos, y seleccionado entre otras personas por haber sido hermano de un marica. El odio es la razón de su muerte, donde esa falta que deja atraviesa a toda la familia por igual: una hermana que le escribe porque la muerte solo es real cuando ya nadie dice nada, una madre que evade como puede lo sucedido, un padre que se avergüenza de sus lágrimas y de sus sentimientos.

Mientras los sueños de la madre y la violencia machista padre (que también él mismo sufre) van desarrollándose, la voz de la hija nos introduce a lo acuático y al hipocampo.

López García ve en el mar una representación fiel de lo que es la vida: olas que nos embaten, como la muerte y el odio, que cuando se van se lo llevan todo, tormentas que sobrevivimos o que nos sobreviven, una extensión sin orillas y sin reglas: conjeturo la experiencia dionisiaca que describe Nietzsche, de la que después se arrepintió. En el caballito de mar encontramos cómo vivir esto incontenible:

Dicen que su aleta dorsal
lo impulsa a seguir nadando,
aun,
cuando el mar sea tan ancho
y a veces
tan frío. 

La voz poética, a lo largo del poemario, va creando relaciones simbólicas con el hipocampo, dando, finalmente, que ella misma es un caballito de mar. Hay que orientarse hacia la corriente y prepararse para un nado sin orillas, sin marco preciso. Después de todo, como dije al principio, no hay una forma predeterminada de vivir ni dios que nos ampare: nuestro camino es, si lo aceptamos, el de la libertad; no hay más opción que nadar, pero se reserva a nosotros la forma del nado: un nado dorsal.

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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