Constelaciones,

Pensar el mundo desde Copoya  

Constelaciones

Para Tania Ramos

Y agreguemos: nunca como estas
mañanas estuvimos tan exentos de los
envejecimientos del espíritu ni nuestros
pensamientos se parecieron tanto
a nuestros actos.

Mario Payeras

Según Markus Gabriel, «el mundo no es ni la totalidad de las cosas, ni la totalidad de los hechos, sino aquel ámbito en que acaecen todos los ámbitos que existen». Para este filósofo alemán el ámbito será un campo de sentido. Su tesis central explicaría que el mundo no existe porque no puede estar encerrado en un ámbito que lo contenga. Sólo tenemos parcelas significativas del mundo o de ese no mundo inabarcable. No podemos situarnos en la posición de dios y ver la totalidad del mundo en un solo ámbito de sentido. Sin embargo, esta mañana, exento ya de esos aspectos que hacen que el espíritu pierda ese brillo tan de mundo que le es propio, dejo que esa tentativa de Parménides en la cual nuestro ser no es otra cosa que nuestro pensar, caiga en un ámbito que no busca ni mundo ni sentido, sino mera experiencia desnuda. Una mañana en Copoya, en la que el cuerpo a mi lado de la mujer que amo, es todo lo que necesito para comprender que todos mis actos se restringen a los sentidos que nos ofrecemos. Por eso, si escribo “mundo”, lo pienso referido a algo más allá del lenguaje natural y algo cercano al tacto que me une a ella y al espíritu que nos deja exhaustos.

*

Lo primero es pensar qué hay en esto que, convencionalmente, llamamos “mundo”. Dejar que el lenguaje deje sus hipótesis, para recuperar al cuerpo en su propia mundanidad. Lo segundo equivale a perderse en uno mismo, disolver la metafórica o la ficticia presencia del “yo”, para hundirse en las aguas tangibles de ese mundo que, en definitiva, soy. Parcial, imperfecto, ontológicamente impronunciable. Lo tercero, únicamente, consiste en ver cómo se encienden las luces de la ciudad, cómo se oculta la tarde y los juegos del día a día se duermen para regresar sin estridencias al cuerpo.

*

Estoy en Copoya. Conmigo avanzan los muertos que soy. Hubo un tiempo en que no tenía muertos; ahora traigo el sentido propio de la vida en el límite diario de los actos. Estoy en Copoya y, por alguna razón, pienso en mis abuelos muertos. El tiempo puede ser cura, dar un criterio que pueda sanar todo lo perdido. El mundo, a veces, es tan sólo el ámbito de la nostalgia. Pienso en este verso de Arthur Cravan: “La vie n’est pas du tout ce que vous pouvez croire” (la vida no es en absoluto lo que piensas). Sin llegar a las extravagancias del obispo George Berkeley, en tanto que representación íntima tridimensional del mundo de lo cotidiano, hay un margen, tal vez, una brecha en que la vida es en absoluto nada de lo que creemos que significa. No en el sentido orgánico, mejor dicho, no sólo en ese sentido, sino la vida como memoria y representación temporal del cuerpo. Deseo, diría Aristóteles, que no Freud. Ese impulso no es otra cosa que coraje. Porque en el extremo, la vida es una vivencia épica de la muerte y el anhelo de existencia. Y todo lenguaje sea sólo la descripción de una inmensa curva del fracaso continuo de no encontrar respuesta. Sea al fin, que el mundo es sin lenguaje, como dijo Gustav Landauer. La nostalgia siempre será en nosotros.   

(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1981). Estudió Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas; así como la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX en la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco). Obtuvo el Segundo lugar en los Juegos Florales San Marcos Raúl Garduño en el 2014. Ha publicado el libro colectivo Entre lo timorato y lo arrogante; así como Dalton. Ha publicado en revistas como Tierra Adentro, Rio Grande Review y Lagarto con paraguas.

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