(Puebla, México. 1988). Poeta, traductor, editor y periodista. Director Académico de UDAX Universidad y Director de Grupo Alcorce Ediciones. Ha publicado 14 libros de poesía en 9 diferentes países. Ha sido galardonado con el Premio Nacional Orden de José Martí (EE.UU. 2023), con la Medalla Iberoamericana de Literatura Fray Antonio de Ciudad Real (México, 2024), con la presea Friend of Africa (México-Nigeria, 2024) y con el Premio Internacional Caballero de Primer Orden Djuradj Branković (Serbia, 2025). Es miembro de la American Association of Teachers of Spanish & Portuguese y de la Sociedad Nacional Honoraria Hispánica Sigma Delta Pi.
Su nombre será San Juan, su morada, los desiertos; langostas serán su pan; sobre el agua del Jordán verá los cielos abiertos. -Laudes
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Le vi temblar la muerte sin haber nacido,
reducir los márgenes, las posibilidades
y ser la suerte o la estadística,
el milagro que convive con los días,
o la ofrenda taciturna de un recuerdo.
Le vi sujetarse -umbilical materia- a lo remoto,
a lo que nos han pedido no hacerle cuentas,
ni darle nombre, ni llamarlo de alguna forma,
mientras yo sujeto mis palabras en la nada,
pues nada tengo propio para mantenerlo,
para conservar su llanto ni siquiera pronunciado,
su torso indefinido que se me cae
entre las manos,
entre su vientre,
y voy muriendo un poco en él.
Cuelgo de una carne que no da respuesta,
más que sangre y lágrima,
lágrimas y sangre
que se anudaron para darle forma,
nombre a aquello que nos piden no llamamos,
que no atemos a estas manos
a este vientre
que lo guarda estrecho
en lo poco que nos queda de posibilidad.
Hay sangre y lágrimas,
hay miedo de temblar la muerte
sin siquiera ser ver luz
de esta vida que no comienza
y parece que muy temprano
se termina.
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Como lo hará el Espíritu de Verdad, “vino como testigo para dar testimonio de la luz” (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33)
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Hay un remanente de soledad
en la palabra sol,
y aquí estamos los dos
dictando vitaminas para estos cuerpos
siempre urgidos de un poco de luz.
Y es que la oscuridad aterra al hombre
pues ahí se esconde el depredador
o la verdad que asecha
siempre en silencio.
Es así que, en silencio y soledad
le miro los ojos que son la luz,
certeza de amor sin fondos
ni preguntas,
fuego primerizo de los motivos;
todos.
Le miro los gestos y nos reconocemos,
no hay preguntas que oculten
el tamaño de las verdades.
Aunque a veces, afuera,
aún preguntan
si seré capaz,
o suficiente.
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En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17).
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Hablaré también durísimo lenguaje de ser padre,
y no la parturienta madre entregada al sacrificio,
ni alumbrada abuela, ni sonrisa de los tíos
-lejanía perpetua del cercano que celebra
ante cualquier incomprensión-.
Yo no hablo de la discreta empresa de ser el padre,
el que germinó el fruto que no ha podido bien cortar,
el de cuerpo frío, pechos secos, tierra infértil,
más bien,
del proveedor que permite las visitas,
la foto con los festejados,
el alimento de los que celebran la vida nueva.
No.
Yo hablo del padre que va y viene en el trascurrir,
entre la migaja del trabajo y el desasosiego,
el de la presencia intermitente que
es el agua que no falta,
pero también la sed cuando escasea.
El padre es el señalado, el inquebrantable, el aprendiz,
la promesa falsa del que siempre espera,
y, aun así,
también espera.
El padre es potro en galope del pasado,
la lección que los hijos no repetirán,
la norma y la amenaza,
la regla impuesta para que otros gocen,
rían y amen
a rienda suelta.
El padre y sus palabras deben ser la precisión,
la instrucción en las labores,
la desmedida voz de los cansancios
y siempre el inconveniente
porque tal vez, “papá llegó cansado”.
El padre ama, pero su lengua es el silencio.
Del invierno es su fiel arropo
y también es hielo cuando se trata
de la desobediencia.
Lo dicen bien:
porque cuando llegue el padre retumbará el mundo,
y la boca se te llenará de disciplina,
y pocas ganas quedarán para admirarlo,
para contarle el día o el periódico.
Por eso el padre calla,
se oculta detrás de ese ceño ya fruncido
en donde existe un hombre muy cansado
de aullar sin palabra alguna.
Yo a veces quisiera hablar del bellísimo
y digno lenguaje de ser padre,
y que no me pregunten por la madre,
ni las abuelas,
sino por éste, el ausente, el ajeno,
el eterno aprendiz de los silencios,
el que sonríe detrás del rostro,
el de esta máscara,
el de los pechos inservibles,
el de la patria infértil,
el otro, el que soy nosotros,
el olvido.
(De Grávida. Buenos Aires Poetry. Argentina, 2025)





