Narrativa,

Animals, cuento de Daniela Armijo

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La desconfianza inicial se remonta a la época de los viajes familiares al Puerto de Veracruz para festejar el Año Nuevo. Salimos de madrugada en caravana de dos o tres autos; durante el trayecto los primitos, dirigidos por el abuelo, coreamos las canciones de Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo, y en la parada de rigor a orilla de la carretera desayunamos las tortas de pavo preparadas por mi abuela con los restos de la cena de Navidad. En el puerto celebramos grandes y ruidosas comilonas en restaurantes de pescados y mariscos, donde mi abuela aprovecha para pedir uno de sus guisos favoritos: calamares en su tinta. Se los traen en un plato hondo y yo soy incapaz de distinguir algo sólido en aquel menjurje purpúreo, aunque sé que los moluscos descansan inertes bajo aquella plasta, su propia tinta. No me animo a probarlos.

Mi abuela, mi abuela: a mí me gustaba el chicharrón hasta que un día, viendo caricaturas en su casa, muerdo un pedazo y me sale un pelo, seco y tieso. Es ella quien me informa con mucha naturalidad que toparse con un pelo de chancho cuando se está comiendo chicharrón es un accidente completamente entendible. “Por eso hay que comprar el chicharrón en lugares donde lo limpian bien”, dice a modo de reconciliación, mientras da una mordida crocante a ese pedazo de —recién entonces me vine a enterar de lo que es— piel de cerdo rostizada.

Un 31 de diciembre no estoy en el puerto de Veracruz, entrañable destino de mi infancia, sino en el supermercado COTO tratando de planear junto con mi novio una cena para la ocasión. El panorama no es muy alentador: la mayoría de los productos están agotados, sobretodo los alcohólicos. Las góndolas de la sección de comida rápida estarían completamente vacías a no ser por un solitario rollo de pionono olvidado en una esquina y algunas cabezas de cerdo rodeadas de lechuga cortada como invocación de ambiente bucólico: un animal sin cuerpo retozando en el pasto. Feliz Año Nuevo te desea COTO. Supongo que las cabezas de chancho son parte de la decoración de las góndolas y que han quedado solas, residuos degollados de ornamenta festiva, al terminarse todos los guisos de la sección de comida. Mi novio insiste en que las cabezas son comestibles y para salir de dudas le preguntamos a una empleada, quien con un gorrito rojo de Santaclós nos dice que sí, que las cabezas son para comerse y están a la venta. Pagamos sesenta pesos por una cabecita de lechón, muy coqueta dentro de una bandeja plástica, con las cavidades de los ojos vacías y la trompita ligeramente chamuscada. En la noche festejamos con el chanchito, partimos con un cuchillo sus cachetes, untamos su cerebro en pan, masticamos sus orejas triangulares. Mi novio está emocionado. Yo, un poco reticente. Después de cenar salimos a dar una caminata para admirar los fuegos artificiales. Humedad y 40 grados. Invierno caliente en Buenos Aires.

Invierno frío en Boston. Mis hermanos y yo visitamos a mi tía Marcela. Ella y su esposo Charlie nos llevan a un puesto en medio de la carretera para comprar langostas vivas. Están ahí, en el estacionamiento del lugar, nadando en una piscina. Cada quien escoge la suya y cuando nos las entregan en bolsas de plástico noto que sus tenazas están sujetas con una banda elástica. No nos vayan a atacar. Durante el camino de regreso, las bolsas, a mi lado en el asiento trasero, no dejan de crujir y moverse suavemente. De vuelta en casa de mis tíos las mujeres tomamos margaritas en la sala mientras Charlie echa las langostas a un caldero. La puerta de vidrio de la terraza está cerrada, aunque eso no me impide escuchar los chillidos de las langostas cuando entran en contacto con el agua hirviente. La cena se sirve.

Años después, otra cena. Lucila, mi amiga chef, llega a mi casa con la determinación de enseñarme a limpiar calamares. A diferencia de los negruzcos y amorfos entes de mi abuela, estos calamares están enteritos: cuerpo, cabeza y tentáculos perfectamente integrados en un ser orgánico pero muerto. Las instrucciones de Lucila me hacen pensar en la posible dinámica de una clase de cocina. “Primero tienes que desprender el cuerpo. Cuida no reventar esta bolsita”, me dice mostrándome un bulbo del tamaño de una nuez escondido en la cavidad del molusco. Hay que meter un dedo de la mano izquierda para separar poco a poco una especie de pellejo y al mismo tiempo, con la mano derecha, ir jalando la parte superior del cuerpo del calamar. Lucila me recomienda hacerlo dentro de la batea para que en caso de que la bolsa llegue a romperse no me explote la tinta en la cara. Prudente y acomedida, decido seguir el consejo de una profesional, y con éxito logro la primera fase del descuartizamiento. Una vez separado el cuerpo, hay que extraer una tira tiesa y transparente de aproximadamente diez centímetros. “Es la columna”, me explica Lucila. Después llega el momento de cortar los tentáculos del calamar, que a mí se me figuran bigotes por estar justo debajo de los ojos y arriba de la boca. Una vez separada la cabeza de los tentáculos, hay que empujar hacia fuera para hacer emerger el “weapon” del calamar, me dice Lucila, que suele mezclar idiomas y a veces olvida los términos en español. “Su arma, su pico”, corroboro tocando con el índice una espina negra en forma de cuña. Imagino al calamar luchando bajo el agua, atacando con destreza a otros seres marinos con aquella pieza puntiaguda que ahora yo tiro a la basura. El último paso es quitar la piel, una delgadísima película fácilmente desprendible con la uña.

Así limpié el primer calamar en mi vida, y el segundo estaba ahí, en una bolsa de plástico sobre la barra de mi cocina, esperando que se cumpliera el mismo destino que había pesado sobre su compañero. La primera parte del proceso la realicé correctamente, pero al llegar al corte de tentáculos advertí una masilla transparente que no había encontrado en el ejemplar anterior. Consulto sobre el imprevisto a Lucila, que a mi lado corta los calamares ya limpios. “Son huevecillos”, me dice indiferente. “Enjuágalos. No importa que se vayan por la coladera, no la tapan”. Hago lo indicado. La descendencia del calamar se desintegra bajo la presión del chorro de agua. Estoy terminando de limpiar el segundo calamar cuando descubro, dentro del cuerpo hueco, una especie de extensión carnosa. Vuelvo a preguntar a Lucila y ella simplemente agarra el calamar y con un cuchillo de sierra cercena aquella parte, informándome que es un “calamar baby”. Balbuceo algo sobre si ese también lo comeremos y la chef me dice que por supuesto que sí, que es una delicia. Medio en broma le digo que yo sería incapaz de comerme ese calamar baby y Lucila me calla la boca diciéndome que si he podido comer una cabeza de lechón no tendré problema en comer un feto de calamar.

Me pregunto qué hacen en los restaurantes con los restos de los calamares, porque yo los tiré a la basura. Quizá un caldo, o una salchicha de marisco, algo parecido al surimi. La verdad sobre las salchichas la supe en la fiesta de Clara Bustillos, compañera de tercero de primaria. Había un carrito de hot dogs atendido por un gordo con playera sudada; la fila era lenta y cuando llegó mi turno vi que el hombre abría los panes con la uña de su dedo pulgar, larga y amarillenta. Aterrada corrí a contárselo a mi amigo Euri Pérez, pero él no pareció sorprenderse y en cambio aprovechó para decirme que las salchichas estaban hechas de grasa, vísceras y sangre. Los dos volvimos a la zona de juegos cantando “¡Grasa, vísceras y sangre! ¡Grasa, vísceras y sangre!” Encontré a mi primita Andrea sentada en una resbaladilla comiendo un hot dog. Le pregunté si sabía que las salchichas estaban hechas de tripas de cerdo y se puso a llorar.

Como si no supiera que los animales se comen.


(Cananea, Sonora, 1985). Maestra en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso y licenciada en Ciencias Humanas por la Universidad Iberoamericana Puebla. Algunos de sus textos han sido publicados en Lados BNarrativas de alto riesgo (Nitro Press, 2018), BidiBidiBomBom –Antología homenaje a Selena (Paraíso Perdido, 2019) y en revistas digitales: La Peste, Baquiana, Replicante, Círculo de Poesía, Marabunta, entre otras. Fue becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico – PECDA Quintana Roo en la categoría de cuento. Con apoyo del FONCA publicó el libro Flores en la herida: relatos de personas encarceladas (2020), resultado de un seminario de cuento impartido en el Centro de Reinserción Social de Chetumal.