Para Rodrigo, mi hijo
La tarde terminó húmeda. El mundo parecía el eco del primer chasquido con que dios inició el lento caminar del tiempo. El guardabarranco se entremetió en su nido. La tierra de temporal se preparaba para el inicio de los trabajos diarios. Esa tarde, hasta el sonido inmisericorde del Cañón del Sumidero, parecía recién nacido. El guardabarranco tenía una cigarra en el pico, satisfecho del día y de su vuelo diario. Aún recordaba, sin embargo, las frutas de su juventud; guardaba con recelo el tiempo en que sus lugares eran otros, más vastos, más amplios. Pero, esa tarde, después de la lluvia, el guardabarranco, adusto, se sintió transportado a esa ruta feliz en la que los años no eran el desasosiego, sino el asomo constante de la velocidad y el trazo del vuelo.





