La araña escupidora se aproxima lentamente a la hembra, con un nerviosismo apenas perceptible. Tantea el espacio con sus patas delanteras; casi sin hacer ruido, la toca, y ella no se resiste. Acerca la cabeza hasta quedar frente a frente. La hembra finge un desmayo. Qué cuchicheos ocultos se dicen. Qué lengua íntima se dibuja en sus movimientos. El macho salta sobre ella; pero la hembra no está dispuesta a permitir que el cortejo sea diáfano y mueve las patas en una acción defensiva. El apareamiento concluye con un brinco estrepitoso del macho. Con vida, regresa a sus hábitos cotidianos.
Entre la bruma erótica de los Scytodes longipes, un escritor a quien los tuxtlecos llaman el alemán o el cafetalero escribe algunas líneas mientras recuerda su vida en la República de los Consejos de Baviera. Anota en su cuaderno una frase en español: “El anarquismo es un acto de amor, tan mortífero como el de estas arañas”. Todavía evoca a su amigo Gustav Landauer. Su existencia siempre fue un vaivén entre la vida y la muerte, piensa. Vuelve la mirada hacia la araña. La hembra permanece sola, inmóvil. Escribe de nuevo: “Ret Marut, la araña anarquista”. Aún no decide qué hacer con toda la información registrada en el Soconusco; pero la sensación es la misma que en Baviera. La muerte siempre nos acompaña. Cierra el cuaderno. Buscará algo para cenar en esta latitud que los vientos alisios vuelven cálida y húmeda.





