Poesía,

Cinco poemas de Ezequiel Carlos Campos

ECC

(Fresnillo, Zacatecas, 1994). Es autor de los poemarios El beso aquel de la memoria, El Infierno no tiene demonios, El instante es perpetuo, Crónica del desagüe y Exilium. Premio Estatal de la Juventud 2019 en la categoría de Talento Joven/Literatura. Ha publicado en distintos medios impresos y virtuales de México, Colombia, Ecuador, El Salvador, Chile, Argentina, Venezuela, Perú, España y Francia. Está incluido en Jóvenes en la ciencia, “Jóvenes escritores zacatecanos (1983-1997)”, Todos juntos hacia un mismo sinfín, Fabulaciones y “25 poetas mexicanos menores de 25 años”. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, italiano y otomí. Dirige la revista virtual El Guardatextos (www.elguardatextos.com).


V

En el principio no fue el verbo, sino el ladrillo. Antes de ese principio, incluso, estuvo el plano arquitectónico. Antes de eso completar el crédito de mis padres. Todavía antes del cambio de casa era importante un nuevo principio: todos necesitamos un cambio de aires para crecer. Por lo que ese principio se volvió otro y otro. La vida se distingue de principios, porque final solo uno. Después de ese principio donde estuvo el ladrillo antes que el verbo, mis padres nos llevaron a otro lugar y nos dijeron aquí estamos, después de que el primer ladrillo fuera puesto en nuestra nueva casa.

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IX

Una casa y sus dueños son uno. Un corazón compartido bombea la sangre de los recuerdos de una familia. Una casa y sus dueños son un libro abierto: el color de sus paredes y sus retratos colgados, el número de electrodomésticos refleja la sintaxis del cuerpo que forma una casa y sus dueños. Cuando la muerte o el abandono interfiere entre los dos, el corazón se debilita, rompiendo el lazo familiar que llamamos hogar.

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XI

Una casa sin libros es una vela apagada. Nosotros vivíamos en una oscuridad completa, comunicándonos a través del silencio porque una casa también es un cedé virgen. Comprendí entonces a los hombres de las cavernas que descubrieron el fuego y su comida tuvo un mejor sabor y los inviernos no fueron tan rudos. Descubrí las llamas y dentro de la casa surgió la iluminación no solo del silencio, sino del sol que salía por las mañanas.

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XVI

Acaso los cuadros y estatuas de un museo son como nosotros dentro de estas paredes: pasan los años y seguimos en el mismo sitio. Acaso a veces se roban una obra o la desaparecen, y aquí un familiar muere o se pierde entre la ciudad y jamás lo vemos. Acaso un museo es una casa que acoge a miles de visitantes diariamente y —puedo asegurarlo— también a veces alguno se queda a dormir.

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XVII

No sabía que las manecillas del reloj marcaban la hora; la luz caminaba con un caballo por las paredes hasta llegar al otro extremo y bajaba el interruptor. De esa manera imaginaba la rotación de la tierra en su propio eje. El día y la noche. Los gallos, los grillos. Pensaba que el reloj marcaba mi estado de ánimo y los segundos como los latidos en mi cuerpo: el reloj un termómetro sentimental. Aquellos números encarcelados en un cristal eran las siluetas de los hombres que lo inventaron o aquellos que perdieron su reloj en la guerra y reencarnaron en la sala de mi casa.

Poemas incluidos en Exilium (Vocalibus, México, 2022).

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