(Monterrey, Nuevo León, 1997). Poeta. Licenciado en Letras Hispánicas por la UANL, exbecario del Centro de Creación Literaria Universitaria de la misma institución (2021) y egresado del Diplomado en Escritura Creativa y Crítica de la UNAM. Es autor de Lxs Olímpicxs (2024). Colabora activamente con el Cuerpo Académico de Estudios Literarios (UANL-CA-497).
LOS ÁRBOLES SON LEÑA
[FOTOS Y RECUERDOS]
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Todo centro se quiebra siempre hacia la orilla
—Luis Aguilar
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ARISTEO O LA TITÁNIDE
porque la vida se acaba bienvenida
el ansia infeliz
su rumor de tumbas,
cueras y milagros
vislúmbrennos de lejos
tan lejos
carie de humores viva
donde acunados
la puta,
el califa
el maricón
rebozan de lenguas la sierpe estera
su peregrinaje
la luz de veladora revistiendo.
fe de fe
su caridad cantera
resplandecen
la rosa,
la brújula,
el trazo de orfandad rolliza sobre el horizonte
su mullir de estruendo,
la peste férrea de las fumarolas,
una ronda que no acaba de acabarse,
sino que inflama,
para los envalentonados,
sus asfaltos
prestos al andar
el tiempo y el progreso
porque la vida se acaba,
porque la vida de lejos,
tan lejos,
tumba sobre sí la sierpe orfandad del horizonte,
las mesetas,
el corazón del rapto.
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LIZANDRO O LA BRINCONA
su fin no es serle fiel al paso del sol
una jornada completa de ocho horas,
no,
sino atreverse a destapar una cerveza con las muelas,
levar
la discreción a calce de cuchillo,
mirar la luna sarnosa
balanceándose de azul
reverberando
su bífido mirar de sombra bajo el puente
como ese camión que ya no pasa
pero que uno recuerda
haber visto correr por estas calles,
estas mismitas rutas donde
quizás
alguien igual
dejó su aliento,
la juventud anochecida o la quincena entera.
aparece de pronto,
eso sí,
florecida de acordeones
al júbilo huizache de la verbena cueca,
con su máscara de mármol colorado,
mansa en su fluir de noche encabritando.
es entonces que se para uno.
da vuelta a la aguja
parte en tres la flecha
tembleque sobre las brasas amorosas,
regusta la sal y el resto
de luz entre los dedos previos al convite,
sin miedo a los perros bravecidos
su santidad candela en el fondo del tarro
a media vida.
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MINERVA O LA SECA
está bien que sí
o sea
¿a dónde llama el amor
su cifra y su botín gustoso?
los mezquites
mecen de cruces el presagio
sobre las cordilleras
¿sacas?
quedaba tanto más la podredumbre
el sortilegio de sus ojos
como barro
entre los pies de quien desciende al río
con su plegaria ardiendo,
como quien aprieta de más los dientes,
como la urraca al vuelo,
su acrobacia de espejos encontrados.
pero esa estrella,
también,
hace matacán del asco
que nos rabia la acidez del páramo
si es que,
a la sombra de un limón,
vuelven a ser del cielo esos pedazos amarillos,
la sed
su mella
para la sobremesa del candor y el huerto
donde el barro
invite más de la mitad del sueño
y vuelvan a cantar los gallos
a donde la piel se espina.
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ULISES O LA TUMBONA
creo de fiebre las seis puntadas en el pliegue de su voz concreta
como creo en la vida
más allá del monte
donde retozan los escombros de lo que,
alguna vez,
habló del mar.
esos huesos y telares de familia
que sangran de noche,
a golpe de luciérnagas,
la pardeada mordedura del azogue.
la legua del árbol que del sol implora sus veneros
y del tiempo
la fusta contra la sien,
su alumbrar de vástago vicioso.
¿para qué mentir de más?
¿para qué seguir compases
cresta del sendero
en trance?
desprenden de nos
esa simpleza de sudario añejo
para la frente
humedecida
en el clamor de un vagón de metro cuando el clima no funciona
y sofocan de a poco el ascenso y el espíritu.
creo también
de cierto
en el flaco vaivén del progreso y la industria metalúrgica
que tiñen
de intensas bocanadas
un cáncer a discreción
dentro del seno
an’ca las bibliotecas,
los bachilleres y las aulas del maternal privado
que cobijan
el relámpago de su niñez arisca
con estériles pantallas
para prevenir que,
desplegadas sus alitas prietas,
vuelvan con su envergadura niña
los cervatillos al toque de la indomesticación y las estepas.
y se abren derredor de los milagros
la rabia,
la corona de cristo,
la pasiflora como las catedrales y los comedores,
como los cafés y las cantinas,
en la calzada de siempre,
con renovada labia entre lumbreras y estertores
esquelas rennegridas
para una nueva camada de coyotes
que creen,
y creen como yo creo,
de tolva la promesa de una vida entera
sin matorral
sin mala yerba
cuando me lavo la mugre y la cutícula.
¿quién habla,
pues?
¿quién sabe cómo confiar
tal brasa viva
tal saeta bronca?
entonces miro,
de nuevo,
las lagartijas en el porche de la casa,
la gracia de las trailas en el tráfico
y la breve inclinación del sombrero de mi amante noche
para no creer,
de más,
la fiebre cuando las cosas lentas
y mi piel enmudece los luceros que tanto,
pero tantísimo tanto,
enervannos la mancha que dentro forja
tantas negras herraduras.





