En el Congreso del Estado de Chiapas, durante la ceremonia de entrega de la Medalla Rosario Castellanos, la premiada arqueóloga Fanny López pronunció su discurso de aceptación, a la vez emotivo y emocionante, en el que agradeció haber sido reconocida con el más alto galardón del estado. De igual forma, recordó a Castellanos como una de las grandes escritoras del país y su experiencia leyéndola; habló sobre la condición de las mujeres y los pueblos indígenas; mencionó el descubrimiento de la Reina Roja y, sobre todo, puntualizó su enorme pasión por la arqueología misma que, en sus palabras, le acompañará siempre.
Carruaje de Pájaros.
Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir –en mi caso– y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.
Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.
Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.
Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.
Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.
Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.
Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.
En cambio, me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.
Autorretrato, poema de Rosario Castellanos
Señoras y señores, gracias por estar aquí. Okol aval ti natañike. Por compartir conmigo este momento. Junuk no’ox me avo’ontonik li’ ta tsobleje/ Que disfruten de esta reunión. Me siento honrada de recibir el premio Rosario Castellanos, una de las grandes mujeres que nació en este estado y ha sido inspiración para incontables mujeres en el mundo entero.
Leí a Rosario Castellanos por primera vez estando en la ENAH, donde cursaba la carrera de Arqueología. Creo que antes de esa ocasión ni siquiera había escuchado su nombre. No había sido una lectora precoz ni asidua, y no desarrollé el hábito por la lectura sino hasta cumplidos los 18 años, al entrar a la universidad. Cursé mi primaria, secundaria y bachillerato en escuelas públicas de esta ciudad, y combinaba el estudio con los trabajos domésticos que mi madre, dedicada a la preparación de dulces para vender y a la costura ajena, no tenía tiempo de hacer. Sé que no es una justificación, pero tener tiempo para leer es un privilegio del que disfrutan muy pocas mujeres.
Y fue en una materia de los primeros semestres –ya no me acuerdo cuál–, que nos pidieron escribir un ensayo. Alguien me sugirió hacerlo sobre la literatura indigenista que entre los años treinta y cincuenta habían popularizado Ramón Rubí, Francisco Rojas, Carlo Antonio Castro, Ricardo Pozas y Rosario Castellanos, entre otros autores. Tuve que leer cinco o seis novelas, entre ellas Oficio de tinieblas. Yo no era indígena, como lo es la mayor parte de la población en Chiapas, pero la lectura me conmovió profundamente, no en términos intelectuales sino humanos. De la pena que me producía el dolor de los personajes pasaba a la rabia, a la impotencia, a la indignación. Nunca había leído a nadie que describiera de manera tan exacta la opresión y el menosprecio de que eran objeto los indígenas, y más aún el maltrato y el abuso del que eran víctimas las mujeres, las indígenas y las ladinas por igual: Marcela Gómez Oso y Felipa, su madre; Catalina Díaz Puijá; Isabel Zebadúa y su hija Idolina; Teresa Entzín; Mercedes Solórzano; Julia Acevedo, Angélica Ortiz y un largo etcétera.

Arqueóloga Fanny López. Foto: Verónica del Pinto.
Unos años después, caminando por los pasillos del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, me encontré al Dr. Carlos Navarrete. Bajo el brazo llevaba tres o cuatro libros, uno de los cuales era Mujer que sabe latín, una compilación de ensayos de la misma autora. Carlos le echó una mirada a mis libros, y al reparar en el de Rosario me dijo: “Hay que tenerle miedo a las mujeres que leen este libro”.
Las poderosas palabras de Chayito y su férrea convicción de que había otro modo de ser humano y libre me acompañaron por muchos años. Luego la arqueología me absorbió de tiempo completo. Y parecía que una cosa no tenía que ver con la otra hasta que al llegar a Palenque empecé a encontrar delineadas en la roca caliza de los tableros del sitio las imágenes de unas mujeres que se me antojaron extraordinarias. No habían sido precisamente gobernantes, pero aparecían en momentos altamente significativos: el entronizamiento de jóvenes varones, casi siempre sus hijos. Me enamoré de esas singulares mujeres mayas, que en otros lugares aparecían practicándose sacrificios rituales, como escribas o incluso como guerreras.

La Reina Roja en Palenque, Chiapas. Foto: archivo Internet.
Y luego vino el descubrimiento de la Reina Roja. Y cuando se recorrió la tapa que cubría la caja de piedra del sarcófago encontrado en la subestructura del Templo XIII, una corazonada me llevó a sugerir que los restos óseos teñidos de rojo pertenecían a una mujer. En medio de aquel silencio que nos asfixiaba, no hubo nadie que me tomara en serio. ¿Por qué iba a tratarse de una mujer?, se preguntaban, si el sitio había sido dominado por dinastías de hombres. “No Fanny”, me explicaron con paciencia mis compañeros; “por el emplazamiento del templo –a un lado del de las Inscripciones–, por la cercanía a Pakal, y por el hecho de tratarse de la segunda tumba de sarcófago encontrada en el sitio, es indudable que se trata de un hombre”. Pues será el sereno, dije yo, pero para mí que es una mujer. Y así lo confirmarían poco después los estudios realizados por el antropólogo físico Arturo Romano.
¿Por qué, me preguntó yo, cuesta tanto trabajo admitir que una mujer es tan capaz o más que cualquier hombre? Ya quisiera yo ver a un profesionista hacer el mismo trabajo que hace una mujer, pero además hacerse cargo de los hijos, atender su hogar, gestionar la vida emocional de la familia y desvelarse cuidando a los viejos y enfermos. A ver, ¿por qué?
Parece mentira que no podamos darnos cuenta que las mujeres constituimos el eslabón más fuerte y el más débil de la sociedad. Más fuerte, porque sobre nuestra energía, inteligencia, capacidad, empatía, tenacidad y creatividad ha recaído históricamente la tarea de llevar a cabo la reproducción de la familia, de la sociedad, de la vida. Más débil, porque nuestras necesidades han sido invisibilizadas, ignoradas, minimizadas y escatimadas, en lo particular y en lo general, en lo público y lo privado, por los individuos y los estados, las instituciones y los gobiernos. Por eso, en Chiapas la agenda pública tiene una deuda pendiente con sus incansables y dedicadas mujeres.
Pero a pesar de todos los obstáculos, algunas de nuestras valientes mujeres han trascendido y descollado en diferentes campos, como la economía, el conocimiento y el gobierno. Orgullosamente tenemos a mujeres poetas que escriben en su lengua materna, como Mikeas Sánchez, Ruperta Bautista, Adriana López, Enriqueta Lunes y Juana Karen Peñate. Mikeas escribió en su lengua lo que a continuación leo en castilla:
Mi abuela nunca aprendió español
tuvo miedo del olvido de sus dioses;
tuvo miedo de despertar una mañana
sin los prodigios de su prole en la memoria.
Mi abuela creía que sólo en zoque
se podía hablar con el viento,
pero se arrodillaba ante los santos
y oraba con fervor más que nadie.
La lengua de mi abuela tenía
el aroma de las pomarrosas
y el brillo de una estrella
le nacía en los ojos cuando cantaba.
Los ruegos de mi abuela a veces eran blasfemias
“jukis’tyt” decía, y los dolores cesaban
“patsoke” gritaba, y el tiempo se detenía bajo su cama…
Jesucristo no entendió jamás los ruegos de mi abuela, poema de Mikeas Sánchez
Mujeres como éstas son herederas de una tradición en la que figuraron notables señoras mayas de la época clásica, como Yo’hl Ik’nal, una de las primeras mujeres que ostentó títulos reales completos y disfrutó de un periodo entero de gobierno; como Sak K’uk’, la madre de K’ihnich Janaab’ Pakal; como la señora Xoc de Yaxchilán, esposa de Escudo Jaguar; como la Señora Seis Cielo, de Dos Pilas, quien aunque nunca fue investida como gobernante, asumió el control de Naranjo en lo político, lo bélico y lo religioso por casi veinte años.
Ejemplos notables, pero que deben de dejar de ser la excepción para convertirse en la regla a observar en el futuro inmediato. Mujeres capaces de generar el cambio, para que los dioses ancestrales contemplen orgullosos el esplendor de una nueva era.

Fanny López al recibir la Medalla Rosario Castellanos en el Congreso del Estado. Foto: Congreso del Estado.
Ser galardonada con la medalla Rosario Castellanos es un gran honor y un compromiso que acepto con responsabilidad y orgullo. La acepto con la plena responsabilidad y con el firme propósito de seguir escudriñando el pasado prehispánico de Chiapas, del que me siento heredera, y cuyo conocimiento, a pesar de mis esfuerzos, apenas he llegado a rozar. Me he perdido en la selva, y en su oscuridad infinita he rogando a mis ancestros poder salir de allí para reunirme con mi hijo. Me han sorprendido tormentas en medio de los cerros, feroces corrientes de agua me han arrastrado y sumergido al atravesar los ríos caudalosos de mi estado; he recorrido las puertas del inframundo –cavernas de roca– sintiendo cómo cada uno de mis pasos levanta el polvo de mis antepasados; he descendiendo por paredones de piedra para explorar sus recónditos espacios, último refugio de lo sagrado. Y mi única finalidad ha sido llegar a entender quiénes somos como chiapanecos y cuál es nuestro lugar en este mundo.
El color rojo que ahora visto, define mi pasión por la arqueología. Sé que es difícil de creer, pero desde siempre, inconscientemente, supe que iba a ser arqueóloga. No era normal que una niña nacida en un estado tan alejado de todo, tan aislado y tan pobre; una niña que fue la sexta de siete hermanos, hija de un modesto mecánico y de una ama de casa; una niña que fue la primera de la familia en asistir a la universidad; una niña que creció en un hogar en donde los libros eran un artículo de lujo, soñara con ser arqueóloga. Pero así fue. Créanme.
Tengo treinta años de dedicarme a esta apasionante disciplina y cada día aprendo algo nuevo. La arqueología con enfoque de género ocupa en este momento mi atención, mientras redacto mi tesis de doctorado. Para precisar en qué consiste este enfoque, voy a permitirme parafrasear una cita tomada de Ruth Falcó. “Hasta finales del siglo pasado, todos los estudios arqueológicos se decantaban por el hombre, permaneciendo la mujer en las sombras; es lógico en consecuencia que muchas investigaciones de género desde la perspectiva arqueológica se hayan planteado rescatar a la mujer de dichas sombras, pero a costa de dejar al hombre en el olvido. Ni una ni otra cosa son correctas: el objetivo ideal debería ser sacar a la luz a la mujer olvidada, asignándole su verdadero papel en la sociedad del pasado, pero además reestudiar el papel del hombre, para desmitificar todas aquellas actividades sociales que el androcentrismo imperante le otorgó. Espero llegar a explicar el papel que desempeñaron las mujeres del clásico maya, y en particular las pertenecientes a la nobleza, bajo este criterio.
Mientras tanto, realizo recorridos de campo con los estudiantes de la licenciatura en Arqueología, les enseño a trazar cuadrículas en el terreno, a excavar, a analizar los materiales encontrados. He acompañado a exploradores de nuestro país y del extranjero a inspeccionar sitios arqueológicos en la costa y en la selva de Chiapas, y he subido con ayuda de escaladores profesionales a explorar las cavernas que se encuentran en las paredes del cañón del río la Venta. Frágil como me ven, estoy acostumbrada a dormir al aire libre, caminar durante horas y trepar a lugares que atemorizarían a cualquier hombre.
Estoy convencida de que nací para esto. No me veo haciendo ninguna otra cosa. Y quisiera poder seguir haciéndolo mientras Dios me preste vida. Encorvada por la edad y con el cabello blanco, voy a seguir recorriendo los lugares por donde pasaron nuestros antepasados, esos mismos que tuvieron el valor y la fuerza para alcanzar las estrellas y soñar en ser dioses.
Con humildad, recibo esta distinción en nombre de las mujeres de Chiapas. En nombre de todas ellas, agradezco a las y los integrantes de esta honorable legislatura el haberme concedido esta distinción.
Wokolawal en tzeltal; Kolaval en tsotsil.





