Manuel de J. Jiménez
Ramón López Velarde está actualmente en boca de todos, debido a la triste desmemoria de las autoridades culturales de la Ciudad de México, quienes desconocen y desprecian al poeta llamándolo “José Ramón” y apropiándose de su casa. Por suerte, algunas personas de la comunidad poética e intelectual han respondido con prontitud y el espacio continúa en pugna. Hace poco, apareció una vigorosa biografía lopezvelardiana de Pablo Sol Mora, La sabiduría del corazón (2026), donde dice con tino algo que explica en muchos sentidos la construcción gremial y de los grupos literarios en nuestro país, a veces endogámicos y otras menos solidarios: “En el fondo, lo que los ateneístas no perdonaban a Ramón es que no fuera uno de ellos, que un don nadie, salido de la nada, fuera a convertirse no solo en un poeta notable, sino en el nuevo gran poeta mexicano”. Quizás, dentro de ese conjunto de escritores, abogados y filósofos, muy pocos expresaron públicamente el porvenir que el jerezano tendría en las letras nacionales, obviamente antes de su muerte y de su conversión en una mitología lírica. Uno de ellos sin duda fue Julio Torri.
Es famosa la breve nota bibliográfica que, con la sola T de su nombre, Torri publicó en el único número de La Nave (mayo de 1916) dedicada a La sangre devota. Dicha revista zozobró con rapidez, aunque cumpliendo su objetivo: posicionar una producción literaria y un grupo opuesto a Gladios de Luis Enrique Erro. En palabras de José Luis Martínez, la reseñita se trató de “uno de los primeros juicios, de singular perspicacia”, hecho en diez líneas, dedicado al primer libro de López Velarde. Dicho texto comenzó con un elogio a la portada, el retrato de la mujer enlutada pintado por Saturnino Herrán, identificada con Angelita Díaz de León. Hay que observar que se describe al zacatecano como un “excelente amigo”, que puede entenderse como una fórmula de cortesía, aunque también como una auténtica simpatía.
Posteriormente, Torri lanza un juicio doble. Por un lado, el libro cuenta con “bellas” poesías que se pueden vincular con el panteísmo del francés Francis Jammes, escritor que habría de convertirse en un apasionado católico. Muy probablemente la comparación del ateneísta se basó en De l’Angélus de l’aube à l’Angélus du soir (1898).
Por otro lado, otros poemas son “de originalidad no rebuscada”. Si bien los de la primera clasificación evocan el tratamiento poético de un maestro europeo, los segundos tienen la peculiaridad de ser singularísimos y ausentes de la típica retórica modernista: Torri había quedado expuesto a un nuevo código semántico y bastante inusual en la lírica nacional. En esta ardua empresa el “poeta va descubriendo su camino”, pues “empieza a dominar los recursos de su arte”.
Al final, Torri le desea parabienes al autor. Fiel a su espíritu de no sumarse a la tendencia de las mayorías o seguir la corriente literaria, se excusa de no “dedicar mayor espacio”, ya que algunos críticos se ocuparon del libro en periódicos y publicaciones. ¿A quiénes se refiere? Hay que considerar que la recepción inicial de ese año apenas fue de cuatro plumas incluyendo al coahuilense. En marzo de 1916, los compañeros de López Velarde en la redacción de Vida Moderna, Jesús Villalpando y Carlos González Peña, escribieron lo propio, mencionando a la amada Fuensanta e identificándolo fatalmente como el poeta de la provincia. Por su parte, un joven Antonio Castro Leal comentó lo opuesto a Torri –quitando el elemento originalidad/extrañeza– en su reseña de febrero de 1916, publicada en El Nacional Bisemanal: López Velarde es un poeta “un poco extraño y empieza a mostrar un arte paulatinamente oscuro y difícil”.
En el imaginario, lo que quedó para la historia de la literatura mexicana fue la determinación premonitoria de Torri, donde identifica a López Velarde como “nuestro poeta de mañana”. En esa proporción, Othón era el de ayer y González Martínez era el de hoy. La cuestión llamó la atención de varios de sus amigos, particularmente de Pedro Henríquez Ureña, quien ejercía un magisterio entre los ateneístas y una ordenación estética. En carta del 10 de junio de 1916, pregunta si realmente es el poeta del porvenir. Agrega: “Lo que he leído de él no me parece bastante personal: hallo que recuerda a otros, y demás de esto, no tiene gusto depurado. ¿Por qué no haces que me mande su libro? Quiero conocerlo”.
Se palpa la desconfianza y la descalificación, sobre todo, por un supuesto juicio osado y que dicho poeta no provenga de las filas ateneístas, aunque rescatando una curiosidad genuina de leer al zacatecano. Henríquez Ureña le corrige la plana a Torri más adelante: “Al hablar de los poetas de ayer, hoy y mañana, debiste recordar que Gutiérrez Nájera es el poeta de siempre”.
El regaño caló no solo en el próximo autor de Ensayos y poemas (1917), sino en el grupo de amigos, quienes leyeron atentamente la carta de Pedro Henríquez Ureña a manera de una lección incuestionable. Como menciona Sol Mora, un “medroso Torri” se disculpó con el maestro dominicano por su “inexactitud crítica” en carta del 23 de agosto de 1916. Sin embargo, no hay que quedarse con la figura autoritaria e inflexible de Henríquez Ureña, pues en septiembre de ese año, le encarga a Julio libros que necesitaba por correo certificado. Allí aclara: “No he negado a Ramón López Velarde: quiero conocerle”.
Basándose en el libro Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil (2003) de José Emilio Pacheco, Sol Mora afirma que Alfonso “Reyes nunca hizo demasiado públicas su aversión y envidia hacia López Velarde, pero la ofensa y el enfrentamiento fueron irreparables”. En un principio, esto se debió a la reseña que el zacatecano hizo sobre El plano oblicuo (1920) en las páginas de México Moderno, donde lo elogia, pero prácticamente le dice que no es poeta.
Reyes calificará la reseña como una “notita”. En carta del 26 de diciembre de 1920, Torri reprocha la crítica del zacatecano, alineándose con su amigo. López Velarde, “buen lugareño autodidacta”, escribe “acertijos, notas chirriantes”. No obstante, la fe en su poesía permanece intacta. Pareciera que Alfonso Reyes buscaba hacerse de más fama y reconocimiento como poeta, cuestión que quedó eclipsada por la vida y obra del jerezano universal.
Asumiendo el juicio torriano, ¿en verdad Reyes quiso ser el poeta de mañana y suceder a González Martínez? La consagración de López Velarde por las generaciones posteriores de escritores fue casi unánime, desde el famoso poema elegiaco de Tablada ya se iban fijando las cosas. Me parece que hay que leer el presagio que hizo Torri en su justa dimensión. Existe una lectura cuidadosa y prospectiva, expresada en el laconismo usual, que advierte un nuevo horizonte poético. Además, hay que admitir que para cumplirse con el pronóstico de “poeta de mañana”, tuvo que suceder la prematura muerte de López Velarde y haberle colocado sobre la frente los laureles patrios.
Coyoacán, 17 de junio de 2026.
Fuentes
- Castro Leal, Antonio, “La sangre devota. Libro de versos de Ramón López Velarde”, México, El Nacional Bisemanal, 2 de febrero 1916.
- Martínez, José Luis, “Examen de Ramón López Velarde”, en López Velarde, Ramón, Obras, México, FCE, 2ª ed., 1990.
- Sol Mora, Pablo, La sabiduría del corazón. Biografía de Ramón López Velarde, México, Debate, 2026.
- Torri, Julio, “La sangre devota, por el Lic. Ramón López Velarde”, Revistas literarias mexicanas modernas Gladios 1916/ La nave 1916, México, FCE, 1979.
- Torri, Julio, Epistolarios, ed. Serge I. Zaïtzeff, México, UNAM, 1995.
Manuel de J. Jiménez (Ciudad de México, 1986). Poeta, ensayista y académico universitario. Doctor Honoris Causa por la Universidad Ricardo Palma de Perú. Fue director de la revista literaria Trifulca y becario del FONCA en el área de poesía dentro del programa Jóvenes Creadores. Actualmente es miembro de la Asociación de Escritores de México (AEMAC) y editor de Proyecto Literal. Sus últimos libros publicados como escritor son: El corazón oculto. Tres lecturas poéticas en el centenario de Jaime García Terrés (UNAM, 2024) y cinco poemas políticos (Niño Down editorial, 2025).





