Ensayo,

Rosario Castellanos en su laberinto: a 99 años de su natalicio

Rosario

Si alguien se encargó de ser parteaguas y trazar un camino con su propio quehacer literario para las mujeres en la vida cultural mexicana, esa fue Rosario Castellanos. Su poesía, que ha sido arduamente comentada, es descentralización; su narrativa y dramaturgia, un detallado retrato de la sociedad; su ensayo, quizá el género menos leído de los que cultivó, es agudeza intelectual e incisión amorosa. En la fecha del 25 de mayo, a 99 años de su nacimiento, conmemoramos a una de las más grandes escritoras del país.

Imagen: cortesía Filosofía en la Red.

La mirada, ese hacer activo y ardiente, históricamente se ha atribuido a los hombres: basta reparar en la figura de la musa a la que tantos poetas, desde Homero, han recurrido. Si bien fuente de inspiración, jamás agente de la poesía. A la mujer se le recluye al pedestal o al enclaustramiento desde el que no son capaces de mirar sino de ser miradas, como una especie de receptáculo vacío que dispone el hombre para llenar. Rosario Castellanos, consciente del lugar de la mujer en la sociedad mexicana, lo sabe: Poesía no eres tú se intitula el libro que recoge su poesía completa, entablando de esta forma un diálogo con el poema de Bécquer en el que nos dice que la mirada no se limita a ser un acto pasivo para las mujeres, sino que también tienen –ella misma es el ejemplo– la capacidad de mirar y de escribir y quizá de ser sus propias musas.

Castellanos dedicó gran parte de su obra a la observación, desenmascaramiento y crítica de los sistemas coercitivos y de represión, velados bajo el nombre de «cultura», que atentaban contra la libertad de la mujer. Justo en el primer párrafo de Mujer que sabe latín…, en su primer ensayo, escribe que, históricamente y gracias a la primacía de la visión masculina, a la mujer se le considera una criatura de dimensiones mitológicas. Ellas, en una sociedad como la descrita, son fundamentalmente el otro, seres antagónicos, casi animales como creía Aristóteles, de lo que representaba el dominador de mundos: el hombre.

Parece, pues, que la mujer tiene una doble naturaleza incompleta: mitad animal, por la herida sangrante que la une a cierto salvajismo, y mitad hombre. Simone de Beauvoir, en su prólogo de El segundo sexo, escribe que la mujer, al ser carencia en relación a todo lo positivo que es nacer con genitales masculinos, es considerada un hombre incompleto, defectuoso y desvalido. Es por esto mismo (la fragilidad y lo terrible femeninos) que en varios casos se le ha elevado al altar para profesarle culto religioso tanto como se le ha recluido a los cuartos de tortura de la Inquisición. De cualquier forma, a la mujer se le coloca o muy arriba o muy abajo.

Así, en Mujer que sabe latín…, comienza por describir los preceptos femeninos para alcanzar el ideal de la mujer: una belleza en detrimento de la salud, una ética del abandono de sí misma y una anulación intelectual. Lo que describe Castellanos es un laberinto del que una no acaba por acertar en sus pasillos victoriosa. Nunca es suficiente, siempre tiene tres pies el gato. Si resulta muy bella a los ojos de los hombres, se le inutiliza; si se le inutiliza, no puede dedicar su vida a los demás. Para uno u otro caso, resulta incapaz o impropia de la enseñanza científica y artística. Es por ello que toda mujer que se dedica a aquello que sistemáticamente le han vedado es sinónimo de rompimiento o, en palabras de Rosario, de «afirmarse como instancia suprema por encima de la desgracia, del desprecio y aun de la muerte».

Imagen: Cortesía Zona Octavio Paz.

Mito, mitad animal y mitad hombre, laberinto: la mujer es una variación del minotauro de Creta. Discriminada por un padre deseoso de tener hijos varones para heredarles, en primera instancia, su reinado, el negocio familiar, sus propiedades o el prestigio de su apellido, y, en segunda, su sabiduría, será encerrada en un laberinto hecho a su medida: ella, su primogénita que debía ser hombre, no es apta. Ante este trato, la hija apócrifa de Minos, no puede sino ser una mujer ávida e insaciable de la destrucción: bajo una reclusión que la conduce a la locura, cualquier hombre y cualquier mujer que entable relación con ella será devorado y consumido por las alteraciones psíquicas y emocionales que devienen de su insatisfacción.

El tema de la mujer histérica, a la que hago alusión, ha sido profundamente analizado durante el siglo pasado por el psicoanálisis. Para su tratamiento, basta reparar en la historia del consolador femenino y en las recetas médicas del coito. Es decir que, si en el mito el minotauro sólo encuentra alivio y escape del laberinto mediante su muerte, administrada por la mano de Teseo, la criatura de la que he hablado puede encontrar un camino similar a través del deseo y del placer, asumiéndose, necesariamente, un ser completo: una mujer. Rosario Castellanos, a través del placer y la escritura, sin duda lo hizo: tuvo que morir para libertarse y ser otra.

Además de estos elementos, se suma al propósito del desencadenamiento la lectura. Borges creía que leer debe ser una de las formas de la felicidad, algo que se hace por gusto y no bajo un mandato: de otro modo, se convierte en ejercicio estéril. Bajo estas condiciones, se puede aseverar que Rosario Castellanos fue una mujer prolífica. En Mujer que sabe latín…, texto medular de este comentario sobre la escritora, pasa revista a más de una veintena de autoras, lo que demuestra una agudeza crítica que parte del amor.

Escribir un texto sobre otro texto, preconcebirlo en la mente, presentirlo, y luego reservar un tiempo y un espacio a la tarea específica de darle forma con las manos, por fuerza significa un acto amoroso. El respeto y la admiración por el trabajo del otro es una de sus manifestaciones. El hueco que se forma en las ideas propias para acoger las ideas de alguien más es el cariño a esa persona que no necesariamente conocemos, con quien tal vez no compartimos un mismo código lingüístico o que, incluso, ha muerto hace muchos años. La literatura, como el amor, es el lenguaje que excede las múltiples fronteras del mundo.

Imagen: cortesía Proceso.

El amor es libre o no es, como pensaba Sartre; la lectura opera del mismo modo. En el ensayo «Lecturas tempranas», Castellanos cuenta sus primeras incursiones en el mundo de los libros. Ella misma se considera una lectora típica para su edad y época: la poesía de Amado Nervo y esos libros similares a los cuentos pero diferentes que se llaman novelas. Cuando fue a la librería en su búsqueda, le recomendaron algo apropiado para su edad, pero, tomando en cuenta la recomendación que le hicieron, cabría también agregarse el filtro de algo apto para mujeres. Esto supone, pues, la creencia de la existencia de una literatura femenina, de unas lecturas asequibles para el intelecto e intereses femeninos: temas decentes y aleccionadores, que preserven las buenas costumbres y conductas y que tenga una estructura fácil de entender.

Históricamente también se ha hablado de una cierta «escritura femenina» a la que corresponderían Safo, Jane Austen o la contemporánea Sally Rooney. En El pensamiento heterosexual, de la pensadora francesa Monique Wittig, se aborda con profundidad esta cuestión. Si bien el adjetivo brinda un espacio en la literatura a la mujer, que le ha sido negado, lo cierto es que el mismo puede terminar, aún más, de marginalizarla. Toda adjetivación implica una separación y una discriminación, ya sea positiva o negativa. En cualquier caso, un fenómeno de la alteridad y no de asumir como igual a ese otro, pues lo «femenino» tiene connotaciones históricas, sociales, culturales y simbólicas directamente proporcionales al lugar de la mujer –el cual no es el mejor, si bien los avances son significativos en relación al México de hace 99 años en el que nació Rosario.

Imagen: Cortesía Zona Octavio Paz.

  Castellanos se afirmó no sólo como mujer, negando los preceptos de su época: fue una lectora intrépida que no se limitó a un tipo de textos preciso y una escritora a la que sobra cualquier adjetivo salvo la característica de ser una de las grandes escritoras mexicanas –de entre los hombres y de entre las mujeres–. Así consiguió escapar de su laberinto.

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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