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El 30 de abril también es un pretexto para la poesía

PAD

El 30 de abril, Día del Niño, también es un pretexto de celebración de la poesía. Incluso tal vez fuera este día, y no otro, cuando verdaderamente debería celebrarse. Esa suerte de desconfiguración configurada —acaso más que una reconfiguración— del lenguaje que utilizan los poetas, es dominada mejor por los niños y niñas que apenas descubren la destrucción y la creación que conlleva el uso de la lengua.

Los poetas transgresores y arriesgados son los niños. Quizá por entender la lengua como cosa suya desde siempre, o como un árbol que crece, o quizá por estar más cerca del maravilloso paraíso, maravillados, resulta que el niño es el poeta. El poeta niño.

Rubén Dario. Foto: archivo Internet.

Esa mezcla de dos sustantivos en la que uno se adjetiva, crea el rostro de Rubén Darío. El gran poeta del modernismo comenzó a escribir desde muy temprana edad: a los trece años publicó su primer soneto. En sus poemas juveniles —tal vez sea el destino de la juventud— defendía el estandarte de su edad: libertad y justicia, progresismo y autonomía. Precoz del verso, es apenas en 1888, en el año de sus 21, que publica Azul, ese libro de color fundamental.

Puso el poeta en sus versos
todas las perlas del mar,
todo el oro de las minas,
todo el marfil oriental;
los diamantes de Golconda,
los tesoros de Bagdad,
los joyeles y preseas
de los cofres de un Nabad.
Pero como no tenía
por hacer versos ni un pan,
al acabar de escribirlos
murió de necesidad.

«VI», del libro Abrojos.

Homero Aridjis. Foto: archivo Internet.

El poeta niño también es un libro de Homero Aridjis. En él, Aridjis recrea la sensación del paraíso que se pierde al ingreso frío de la vida: un desentrañamiento. En cualquier caso, un extrañamiento (por sentirse ajeno al mundo y por la nostalgia del otro que dejó). Entonces la vida del hombre se vuelve la vida de la falta: un esfuerzo por zurcir las roturas del cuerpo. Puede que el amor sea eso, un constante hacer.

La amo de la cabeza a los pies    del sexo a las puntas de los dedos    de los hombros a las rodillas    en su corazón y en sus ojos    por delante y por atrás    de abajo hacia arriba    de noche y de día    en donde está y en donde no está    como a un dios completo.

«Como a un dios completo», del libro El poeta niño.

Octavio Paz. Foto: archivo Internet.

Octavio Paz, como Darío, mostró interés desde temprana edad por la poesía. Luego de haber nacido, crecido, amado y olvidado, de haber intentado costurar sus heridas y de ser el poeta y hombre que fue, dijo que desde niño había pensado que su destino era el destino de las palabras. El regalo del niño es la fuerza creadora.

Nombras el árbol, niña.
Y el árbol crece, lento,
alto deslumbramiento,
hasta volvernos verde la mirada.

Nombras el cielo, niña.
Y las nubes pelean con el viento
y el espacio se vuelve
un transparente campo de batalla.

Nombras el agua, niña.
Y el agua brota, no sé dónde,
brilla en las hojas, habla entre las piedras
y en húmedos vapores nos convierte.

No dices nada, niña.
Y la ola amarilla,
la marea de sol,
en su cresta nos alcanza,
en los cuatro horizontes nos dispersa
y nos devuelve, intactos,
en el centro del día, a ser nosotros.

«Niña», del libro Libertad bajo palabra.

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