Poesía,

Fabio Morábito: la reflexión de lo cotidiano

Fabio

Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, el 21 de febrero de 1955. Poeta, narrador, ensayista y traductor, radica en México desde 1969, donde ha desarrollado su carrera literaria. Estudió Letras Italianas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Traducción Literaria en El Colegio de México. Ha sido colaborador en diversos medios de prestigio como Cartapacios, Diálogos, La Gaceta del FCE, Revista de Bellas Artes, Revista Universitaria, Sábado y Vuelta.

Ha trabajado en distintas áreas académicas y de investigación. Fue coordinador del proyecto sobre Teoría del discurso en el CCH, investigador del IIFL de la UNAM, y ha sido becario del INBA en narrativa (1984), del FONCA (1989), así como de diversas instituciones internacionales como la Universidad de Pavía (1993) y el Internacional Künstlerprogramm de la DAAD de Berlín (1998). Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) desde 1994, ha sido reconocido con múltiples galardones, destacándose el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer en 1985 por Lotes baldíos, el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes en 1991 por De lunes todo el año, y el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores en 2018 por El lector a domicilio.

Su poesía, marcada por un tono meditativo, se distingue por su exploración de lo cotidiano y lo mínimo, en una prosa cargada de humor y precisión. Además, su obra ha sido traducida a diversos idiomas, incluidos alemán, inglés, italiano, francés y portugués, lo que ha ampliado su impacto fuera de las fronteras mexicanas.


ESTA TARDE, mi bien,
cuando te hablaba,

no me oías. Por eso
ahora te escribo.

Me pasa contigo
de tarde en tarde:

decirte en el papel
lo que no pude en nuestro encuentro,

como esta tarde,
mi bien, cuando te hablaba.

O yo no supe hablarte
mientras me oías

o sólo al escribírtelo
lo siento: que eres mi bien,

pues cuando estoy contigo
no sé de qué te hablo

y se nos hace tarde así,
sin decir nada.

Hablar, lo que se dice
hablar, mi bien,

sólo después me sale,
cuando no estás conmigo,

y sólo sé que eres mi bien
si te lo digo a solas

y te lo digo tarde,
cuando te escribo.

 .
A TIENTAS

Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice.
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.

 .
MUDANZA

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.

 .
PARA SENTIRSE VIVO

En la naturaleza
todo está de pie:
los árboles,
los pájaros que están
sobre los árboles,
las hojas que se estiran
para limpiarse de las ramas.
Y cada uno piensa que los otros
son el suelo.
Las hojas creen
que toda rama está acostada
y ciega,
los pájaros
que el árbol ya no crece,
que es una especie de ruina,
y el árbol cree
que no hay más árboles,
no cree más que en sí mismo.
Nadie soporta que el sustrato
en que se apoya
tenga una vida propia,
que no esté muerto,
extinto,
que sea ligero.
Para sentirse vivo
hay que pisar una desolación,
algo que ya no tiene nada
que decir.

 .
SOY LA ÚLTIMA persona,
el último hablante de un idioma, el mío,
que pende enteramente de mi lengua,
todo un acervo de palabras
que va a caer en el olvido
el día que me despida de mi aliento,
mi lengua que hablo a solas y que olvido
porque dejó de ser idioma y es sólo acervo.
Muchas de sus palabras ya están muertas
porque no volveré a decirlas,
y aunque las diga, todo lo que diga,
por no tener a nadie que me entienda,
es un invento mío, pese a que se parezca
en todo a las palabras que aprendí de niño,
y a veces me pregunto si no somos todos
los últimos hablantes de lo que decimos.