Hace un cuarto de siglo nos dejó trágicamente en una playa de Ensenada, Baja California, el poeta Jorge Alvarado Robles, en concreto la primavera de 2000, vigesimoprimer día del cuarto mes del año, un Viernes Santo. Entró al mar para sentirlo y ya no salió vivo. Su cuerpo fue hallado cinco semanas después, arrojado por las gélidas ondas del océano Pacífico, dispensado a sus deudos —familia, camaradas— en un piadoso gesto de la naturaleza salvaje. Velamos sus restos, le dimos digna sepultura y lloramos, con o sin lágrimas, su temprana partida de este mundo. Como una profecía que tendiera a renovarse cada determinado tiempo en las circunstancias más inesperadas, se cumplía el dictum poético de T. S. Eliot en el pórtico de La tierra baldía: “Abril es el mes más cruel”. Vaya ironía: la poesía de Eliot que Jorge leyó con fervor, hasta el punto de recitarla, le servía a la postre de epitafio. Recuerdo nuestras improvisadas tertulias a flor de calle, en parques y estacionamientos, bajo la luna de hielo de la noche invernal, cuando, tras compartir poemas de unos y otros en una suerte de amistosa confidencia, migrábamos a los poemas de los insignes maestros, sometidos al reto de intentar evocarlos de memoria. Aún retengo el timbre y la actitud desafiante del amigo, diciendo en italiano los tercetos de Dante que articulan el epígrafe de “La canción de amor de J. Alfred Prufrock” del mismo T. S. Eliot. El vaho le salía de la boca como una prueba de su elocuencia, mientras el frío cerraba filas y nos obligaba a tantear refugio en algún bar para extender la velada, el taller, la inacabable sesión espiritista que en amplio sentido conformaban aquellas reuniones. Todo este remolino de hábitos y reminiscencias concurre en la poesía de Jorge Alvarado, un poeta sólido, hecho y derecho, que vio de frente la vida con la fascinación con que vio también el mar la tarde en que lo perdimos, alegoría del carácter a la vez impredecible y convulso de la belleza, patria del ángel hipnótico y atroz que divisó Rilke en las Elegías de Duino, uno de los poetas selectos que Jorge descubrió y amó igualmente, con Eliot y Paul Valéry, durante su meteórica existencia.
La figura de Jorge Alvarado Robles tiene algo de mito. Como en casos similares, la verdad desempeña su papel. No se trata del escritor prematuro que produce una gran obra que alcanza muy pronto una aceptable difusión para luego desistir de la literatura y cambiar de brújula; tampoco del escritor maduro que tras una profusa vida social renuncia al tintineo de las copas de los salones de fiesta para, ya en el retiro definitivo, en la soledad de una finca, consagrarse a urdir en varios tomos una minuciosa novela. No: hablamos de un poeta que engendra una obra incipiente en tanto se lo permite la fugaz existencia que protagoniza, un ejemplo de cómo la vocación poética está condicionada de modo latente por la posibilidad de la contingencia y la asimetría, lo transitorio y lo inacabado. Los poemas que integran Sembrando torres(Secretaría de Cultura de Baja California, 2025) son la evidencia y el testimonio. La verdad de Jorge radica en su cuerpo, su rebosante salud, el rastro de su trayecto en la Tierra y en la mente y corazón de los demás, los textos que compuso y que firmó; su mito anida en los vacíos de lo que no supimos ni sabremos nunca de él, pero, antes que nada, en su promisorio futuro truncado por una muerte impensada, repentina. Nos corresponde ahora a nosotros suponer el porvenir que pudo haber encarnado. Podríamos resignarnos al tópico del malogrado poeta, mas en Jorge Alvarado hay, a la par, algo más, dado que es un poeta más entero de lo que cabe deducir a simple vista, a juzgar por su andadura efímera. Sembrando torres constituye sin embargo un indicio de la rotundidad de un conjunto, o sea, de un proyecto lírico recio y cabal, resultado de una labor calculada y sostenida en torno al deliberado propósito de proponerse procrear un libro de poemas. Nada está aquí dispuesto al azar. Aunque la aglutinación de la poesía completa de Jorge —dispersa en antologías, revistas y periódicos— sigue siendo una tarea pendiente, Sembrando torres entraña un trabajo orgánico y unitario esbozado por su autor, lo cual puede asumirse como un destello de su última voluntad literaria. He ahí parte de su extraordinario valor intrínseco.
Sembrando torres ofrece un epítome de los apegos y las búsquedas de Jorge Alvarado Robles, tanto en la dimensión estética como en la temática, mitades de un solo fruto, el de la formulación artística. Es notoria, por consiguiente, la impronta del ultraísmo, mediante el cultivo de una iconografía depurada o sutil, refinada o suntuosa, y, en paralelo, destaca cierta afluencia del estridentismo mexicano, patente en giros y pasajes que perfilan la preeminencia del paisaje urbano en la trama, ya como telón de fondo o escenario, atmósfera o elemento comparativo. Borges y Manuel Maples Arce, Arqueles Vela y Huidobro. En Jorge perviven, asimismo, Breton y Apollinaire, la ilusión de la metrópoli con sus deslumbrantes recovecos y sus prodigios secretos; la épica de las vastas avenidas, la refriega ontológica de los cruceros. La ciudad es el laberinto donde los jóvenes que se atraen por razones intelectuales o afectivas, eróticas o de química humana, juegan a extraviarse y reencontrarse, a la usanza de los divertimentos surrealistas en los vericuetos y las plazoletas del París medieval. El título anuncia desde un inicio la filiación citadina de la poesía de Jorge Alvarado: Sembrando torres, la utopía de fundación de un lugar propicio, una misión en marcha que no cesa y en la que reside el sentido de lucha, el botín de la esperanza, la condensación del sueño. En sintonía con los poemas del amigo Jorge, el fuego que alimenta la fragua de esa aspiración, sin duda legítima, mora en el ímpetu de la mocedad. La fuerza que subyace en los poemas cifrados de Sembrando torres, y por momentos herméticos debido a la idiosincrasia del estilo y la ansiedad del parto de la creación poética, atañe a la infatigable pesquisa de la juventud, clamor del manantial del mundo que todo lo explora y asimila, lo nivela y exalta, lanzando sobre lo desconocido y sobre la apertura del espacio público el pulpo de la curiosidad, los tentáculos de una avidez no exenta de mordacidad y humor cómico.
No sería justo obviar el marco generacional en que, hacia 1995, se escuchó la voz de Jorge Alvarado Robles, una época todavía purgada de la masificación del internet y los medios electrónicos y, en efecto, regida aún por el predominio de la prensa escrita y los fanzines. Asiduo colaborador de suplementos locales, Jorge se da a conocer entre un puñado de poetas de Baja California nativos de la década de 1970 y entre los que ubicamos a Alejandra Rioseco (1970), Noé Carrillo (1970), Elizabeth Algrávez (1972), yo mismo (1972), Horacio Ortiz Villacorta (1973), Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal (1974), Heriberto Yépez (1974) y Alejandro Sánchez Uriarte (1974), movimiento que en un segundo acto se afianza con la incorporación de Raúl Fernando Linares (1973), Mónica Morales Rocha (1976), Antonio León (1977), Paty Blake (1978), Omar Pimienta (1978), Yohanna Jaramillo (1979) y Teresa Avedoy (1979). Jorge Alvarado fue contemporáneo de sus contemporáneos. Asistió a eventos del gremio cultural, compartió su poesía en mesas individuales y colectivas, presentó novedades editoriales, participó en ferias. Todo en un intervalo no mayor a los seis años. Ese lapso, ese parpadeo, fue suficiente para imprimir una huella perdurable en sus coetáneos. Junto a su distintivo sarcasmo, predecible tal vez en un temperamento disruptivo, convivía una reverencia sistemática hacia los modelos clásicos, las diversas variantes de la tradición poética universal, en particular la moderna, cuyo intencionado desvarío él celebraba con una solemnidad un tanto teatral. Su paso por el diorama de la literatura en Baja California es simultáneo y semejante al de Noé Carrillo, desaparecido en 2002. Son las dos pérdidas irreversibles de su promoción, que es también la mía. Nos resta de ambos, sin embargo, el legado diseminado o concentrado de su poesía, quizás, a la larga, la personificación más sublime y permanente de un poeta.
Sembrando torres aparece entonces un cuarto de siglo después del deceso de su autor, nacido en Mexicali el 3 de julio de 1975, día en que se conmemora el aniversario luctuoso de Jim Morrison, legendario vocalista de The Doors con un pie en la poesía y un pie en la música. Llamativa coincidencia de plazos y fechas redondas. El ciclo vital de cinco lustros de Jorge Alvarado Robles mide pues lo que ha tomado que este libro vea finalmente la luz: cinco lustros. Agua ha corrido bajo los puentes. En ese caudal de tiempo el planeta ha experimentado mudanzas de cualquier índole: avances, retrocesos, saltos cuánticos. Política internacional, tecnología, configuración territorial, hábitos y costumbres, guerras, migración y demografía, fluctuación monetaria, la vida en general: éxitos y fracasos. Pero la poesía está más allá de la espiral de la historia o se aprovecha de ella, los episodios coyunturales, los sucesos circulares, para trascenderla. De ahí que los poemas de Jorge Alvarado conserven la frescura y la actualidad que rezumaban al ser concebidos, lo que catapulta su vigencia desde el albor del nuevo milenio, en 2000, hasta 2025, mostrándose vibrantes y genuinos a los ojos de un lector de hoy. La poesía no envejece: madura. Y la de Jorge ha madurado durmiendo veinticinco años para despertar pacientemente en el año preciso. O, siendo más exactos, hay una poesía que no echa canas. Su vigor responde al desafío verbal e imaginativo que nos depara, enriqueciendo la experiencia de interpretación de la estimulante oscilación de la expresión poética, que va y viene entre la literalidad y el lenguaje figurado. Regulada por la válvula de la contención y la provocación de la metáfora, la poesía de Jorge Alvarado Robles reacciona a sí misma y encuentra un punto de apoyo para salir en pos del más exigente gusto, el peatón más receptivo en el anonimato de un mar que siempre recomienza, la ciudad, invocando al Valéry de El cementerio marino, a quien Jorge veneró con idéntico entusiasmo con que que abrazó en su pasajero recorrido terrestre la extrañeza de la poesía.
Jorge Ortega (Mexicali, Baja California, 1972) es poeta y ensayista. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 1992, ha publicado más de quince libros de poesía en México, Argentina, España, Estados Unidos, Canadá e Italia, entre los que destacan Ajedrez de polvo (2003), Estado del tiempo (2005), Devoción por la piedra (2011, 2016), Guía de forasteros(2014) y Hotel del Universo (2023). Su trabajo poético se ha traducido al inglés, mandarín, alemán, portugués, francés e italiano, y forma parte de múltiples antologías y complilaciones de poesía mexicana contemporánea. Igualmente, colabora con poemas, reseñas y textos de crítica sobre poesía en diversas revistas de Hispanoamérica y el mundo anglosajón. Ha participado en congresos de literatura y festivales de poesía en variadas ciudades de América, Europa y Asia, y se ha desempeñado como Profesor Visitante en distintas universidades de California. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Estatal de Literatura de Baja California, el Premio Nacional de Poesía Tijuana, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines y el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen. Actualmente forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.





