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Francisco. Canto de una criatura, de Alda Merini

Alda

La poesía de Alda Merini (Milán, 1931-2009) es necesaria en un mundo que vuelca la mirada del yo sobre sí misma. Su obra, consolidada en títulos como Cuerpo de amor, La carne de los ángeles y Magnificat, demuestra una capacidad única para transformar los motivos cristianos (que no religiosos) en vehículos de exploración de las contradicciones del ser humano. En Francisco. Canto de una criatura, esto también se consigue.

Tomando como punto de partida la figura de San Francisco de Asís, el santo que se desembarazó de toda posesión material para encontrar la verdadera riqueza espiritual, Merini construye una propuesta poética revolucionaria: una visión horizontal de todas las criaturas del mundo, donde las jerarquías se desvanecen y cada ser encuentra su lugar en un canto común. Esta no es la voz de un individuo, sino la creación entera, donde cada criatura tiene su lugar.

Aquí el cuerpo no es una deficiencia, sino la vía idónea para la santidad. Así lo demuestra Jesucristo y de este modo lo propugna el santo de Asís. La carne no es enemiga del espíritu, sino su herramienta. Francisco. Canto de una criatura se revela así como una suerte de manifiesto en el que todas las cosas del mundo forman un «nosotros» que es dueño del universo. O en palabras de Merini: Son perfectas / en este amor que fluye por la tierra / para llegar a ti.

La traducción es de Jeannette L. Clariond.


Amigo y hermano, ¿quién ha dicho
que debes morir de mil tormentos?
¿Sabes que el tormento es voz?
¿Sabes que el dolor canta?
Me incliné sobre ti,
lavé tus llagas
y descubrí la música,
la música del dolor.
Además lo he dicho,
y tú me miraste
como se mira a un loco.
Jamás pensaste que tú,
oculto en la inmundicia,
pudieras estremecerme de amor.

.

 
Me diste la felicidad del silencio,
me diste las sandalias
para poder subir el Gólgota.
Yo, Señor, soy tu óbolo sumergido.
Canto bajo las aguas de mi muerte.

.

 
Lo que el hombre considera inútil,
las cosas más pequeñas, los más insignificantes silencios,
Dios los encuentra extremadamente valiosos.
Por eso yo salvaré cada brizna de hierba,
por eso las criaturas olvidadas
serán mis criaturas:
los marginados, los lisiados,
aquellos que el hombre
no quiere recibir en su corazón,
pero que la muerte abraza,
esta hermana que yo amo por encima de toda cosa.

.

 
Estoy rodeado de enemigos, Señor,
pero también de amigos:
los pájaros que dejo ir de mis manos
son mis palabras de amor,
y te agradezco
por las infinitas lavandas de lágrimas
con las que limpio mi cuerpo
día tras día.
Oh, el llanto:
sublime obsequio de Dios,
regalo de luz.
Las tinieblas temen
el llanto de los hombres:
los malos no saben llorar,
pero yo, cuando me inclino sobre un leproso,
con mis lágrimas
lo limpio de sus impurezas:
de ello estoy plenamente cierto.

.

 
Soy el hombre más rico de la tierra,
el más inesperado,
el más solitario,
pero si tomo una flor
e intuyo cuántos pétalos
tiene su corola,
comprendo que cada pétalo
es un mandamiento de Dios.

.


¿Por qué nadie huye de ti, Señor?
Porque tú eres nuestra casa,
nuestro verdadero cuerpo.
Yo entro en ti
y tengo emanaciones maravillosas.
Tu vientre es vigoroso:
ha hospedado a tu siervo.
¿Por qué amo a los animales?
Porque soy uno de ellos.
Porque soy la cifra indescifrable de la hierba,
el pánico del ciervo que huye,
soy tu océano inmenso
y soy el más pequeño de todos los insectos.
Y conozco a todas tus criaturas:
son perfectas
en este amor que fluye por la tierra
para llegar a ti.

.

 
He oído los lamentos de tus manos,
el horror y el espanto de tu muerte.
Cuán afortunado me siento
de haber recibido el evangelio
directamente de ti
y la orden de cantar
tus heridas.
Cantaré el peán de tu dolor.
Más afortunado que tú, Señor,
yaceré a la espera de tu juicio.
Pero antes
he oído a todos los animales del mundo,
todos los suspiros de odio y amor.
Me sentí lleno de caballos desbocados
que corrían
hacia la meta del Reino.