Con Noche fiel y virtuosa (2014), Louise Glück (Nueva York, 1943-2023) nos entrega una de sus reflexiones más profundas sobre el umbral que separa la vida de la muerte. A diferencia de sus trabajos anteriores donde la muerte aparecía como una presencia amenazante o transformadora —pensemos en las flores que renacen en El iris silvestre o los fantasmas familiares de Ararat—, aquí la poeta abraza una contemplación más serena y aceptante de la finitud.
El estilo de Glück alcanza en esta colección una depuración extrema. Su voz, siempre caracterizada por la precisión y la economía verbal, se vuelve aún más esencial, casi aforística en algunos momentos. Los poemas se construyen con una arquitectura de silencios tanto como de palabras, donde cada pausa y cada imagen elegida cargan el peso de décadas de experiencia poética. La concepción de la muerte que emerge de estos poemas es profundamente humana y despojada de dramatismo. En esta aceptación, Noche fiel y virtuosa se revela como un libro de una honestidad feroz y, paradójicamente, de una belleza que nace precisamente de esa desnudez ante lo inevitable.
La maestría de Glück reside en su capacidad para transformar lo que podría ser una elegía personal en una meditación universal. Sus poemas nos recuerdan que enfrentar la muerte con los ojos abiertos no es un acto de resignación, sino de valor, y que en esa confrontación honesta encontramos, quizás, la única forma auténtica de vivir.
La traducción es de Andrés Catalán.
PARÁBOLA
Tras renunciar en primer lugar a las posesiones mundanas, como enseña San Francisco,
a fin de que nuestras almas no se vieran distraídas
por la ganancia y la pérdida, y a fin también
de que nuestros cuerpos tuvieran la libertad de desplazarse
fácilmente por los pasos montañosos, tuvimos después que debatir
hacia qué lugar o por dónde viajaríamos, siendo la segunda pregunta
si debíamos tener un propósito, en contra de lo cual
muchos de nosotros defendimos con uñas y dientes que tal propósito
equivalía a las posesiones mundanas, esto es, que suponía una limitación o restricción,
mientras que otros dijeron que esta palabra nos consagraba
como peregrinos en lugar de trotamundos: en nuestra cabeza, la palabra se traducía
como un sueño, algo que se busca, de modo que si nos concentrábamos la veríamos
resplandecer entre las piedras, y no
pasaríamos por delante sin verla; cada
nueva cuestión fue debatida en profundidad, las razones iban y venían,
de modo que, según algunos, perdimos flexibilidad y ganamos resignación,
como soldados en una guerra inútil. Y la nieve nos caía encima, y soplaba el viento,
que amainó más tarde; donde hubo nieve, aparecieron muchas flores,
y donde brillaron las estrellas, el sol se alzó sobre la línea de los árboles
y volvimos a tener una sombra; esto ocurrió muchas veces.
También la lluvia, también inundaciones a veces, también avalanchas, en las que
algunos nos perdimos, y periódicamente parecíamos
alcanzar un acuerdo, con las cantimploras
colgadas de los hombros; pero siempre ese momento pasaba, así que
(tras muchos años) seguíamos aún en esa fase inicial, aún
en los preparativos del viaje, pero habíamos cambiado pese a todo;
podíamos comprobarlo en los demás; habíamos cambiado aunque
nunca nos hubiéramos movido, y uno dijo: ah, ved cuánto hemos envejecido, viajando
del día a la noche solamente, sin dar un paso adelante o al costado, y esto parecía
milagroso en cierta forma. Y quienes creían que debíamos tener un propósito
creyeron que este era el propósito, y quienes sentían que debíamos seguir siendo libres
a fin de conocer la verdad sintieron que esta había sido revelada.
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UNA AVENTURA, II
La noche siguiente trajo el mismo pensamiento,
esta vez en lo tocante a la poesía, y las noches siguientes
otras muchas pasiones y sensaciones fueron, del mismo modo,
dejadas de lado para siempre, y cada noche mi corazón
se quejaba de su futuro, como un niño al que se le priva de su juguete favorito.
Pero estos adioses, me dije, son ley de vida.
Y una vez más hice alusión al vasto territorio
que se abría ante nosotros a cada despedida. Y con esa frase me convertí
en un glorioso caballero que cabalgaba hacia la puesta de sol, y mi corazón
se convirtió en el corcel que montaba.
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UTOPÍA
Cuando el tren se detenga, dijo la mujer, debes montarte. ¿Pero cómo sabré si es mi tren?, preguntó la niña. Será tu tren, dijo la mujer, porque es tu hora. Un tren se acercó a la estación; nubes de humo gris salían de la chimenea. Estoy aterrada, piensa la niña, agarrada a los tulipanes amarillos que va a regalarle a su abuela. Tiene el pelo recogido en unas trenzas apretadas para que aguante el viaje. Luego, sin decir una palabra, se sube al tren, que emite un extraño sonido, no en un lenguaje como el que ella habla, algo más como un gemido o un grito.
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EL ASISTENTE MELANCÓLICO
Tenía un asistente, pero era melancólico,
tan melancólico que afectaba a sus deberes.
Debía abrir mis cartas, que eran escasas,
y responder las que requerían respuesta,
dejando un espacio al final para mi firma.
Y bajo mi firma, sus propias iniciales,
de cuya formalidad, al principio, se enorgullecía.
Cuando sonaba el teléfono, debía decir
que su empleador estaba ocupado en ese momento,
y ofrecerse a trasmitir un mensaje.
Tras varios meses, acudió a mí.
Maestro, dijo (que era como me llamaba),
ya no puedo serle útil; debe echarme.
Y vi que había hecho las maletas
y estaba preparado para irse, aunque era de noche
y nevaba. Me compadecí de él.
Bueno, dije, si no puedes realizar estas pocas tareas,
¿qué puedes hacer? Y señaló sus ojos,
que estaban llenos de lágrimas. Puedo llorar, respondió.
Entonces debes llorar por mí, le ordené,
como lloró Cristo por la humanidad.
Aun así seguía indeciso.
Su vida es envidiable, dijo;
¿en qué debo pensar cuando llore?
Y le hablé del vacío de mis días,
y del tiempo, que empezaba a agotarse,
y de la insignificancia de mis logros,
y mientras le hablaba tuve la extraña sensación
de volver una vez más a sentir algo
por otro ser humano…
Se quedó completamente inmóvil.
Yo había encendido un pequeño fuego en la chimenea;
recuerdo oír los murmullos satisfechos de los leños apagándose…
Maestro, dijo, le ha dado
un sentido a mi sufrimiento.
Fue un momento extraño.
Todo el diálogo parecía a la vez profundamente falso
y sumamente verdadero, como si palabras como vacío e insignificancia
hubieran estimulado el recuerdo de alguna emoción
que ahora quedaba ligada a esta ocasión y a esta persona.
Su rostro estaba radiante. Sus lágrimas brillaban
rojas y doradas a la luz de la lumbre.
Luego se fue.
Fuera caía la nieve,
el paisaje cambiaba en una serie
de insulsas generalizaciones
marcadas aquí y allí con enigmáticas
formas donde la nieve se había acumulado.
La calle estaba blanca, los diversos árboles estaban blancos…
Cambios en la superficie, ¿pero no es eso en realidad
lo único que siempre vemos?





