Poesía,

Poema He vuelto con las muelas trituradas, de Sebastián Alarcón Chávez

SebastianAlarcon

(Ciudad de Coronel, Chile). Es estudiante de Pedagogía en Español en la Universidad de Concepción. Ha sido seleccionado como mención honrosa por la SECH en un concurso de poesía en honor al 50 aniversario de la unidad popular. Tiene un microrrelato publicado en la segunda antología digital hecha por la asociación de Escritores Jóvenes, de igual modo está incluido con poesía en la antología al Primer Premio Gabriela Mistral organizado por la editorial J. Bernavil. Y tiene un poema aceptado en la revista literaria Zur, perteneciente a la Universidad de la Frontera.


He vuelto con las muelas trituradas.
Perdí los párpados porque quise permanecer, ante todo,
no mirar las señales
de la avalancha del otro lado.
Y estaba lejos, muy lejos,
exorbitantemente lejos
como las quimeras de los primeros a los descubrimientos de los últimos,
como el fuego a la esencia del agua.
Entré en la tarde muy despacio
a escuchar
que no es suficiente,
que ya es el descenso por el horizonte,
el último de una jornada sin lirios ni puños en la nariz,
había sucedido.
Quedé sin marcas, lamentablemente era solo desde otros,
nada más nauseabundo.
Las muecas de la oscuridad
apareándose con la madrugada
en la excusa del insomnio
soltaban orgasmos desesperados
quitándome el sueño.
Lárgate de acá, me dijeron con el color dulce de una esmeralda.
Fingí demencia esta vez, pero esperaba sinceridad,
un flujo de la corriente de sangre que coincidiera
con las palabras tantas veces dichas,
pero solo palabras, palabras, sucias palabras, putas palabras
-ya lo insinuaba Paz-,
tan ajenas como los días y las horas a la suerte,
y sin embargo tan nuestras,
solo basta querer usarlas,
pagar con algo de tiempo y tal vez enfermarse para siempre,
bastaba una miserable vez.
Ya lo sabía.
Sentado, cuánto de jugar con un puñado de piedras,
de sostener las encrucijadas,
de dejar que los retortijones del espíritu
me quebraran cuando quisieran.
A medida que los espacios en blanco
rompían con el discurso que no era mi discurso,
mientras se mantenía flotando
antes de que lo ejecutaran con un tiempo
deslizándose en la esquina
tan brazos cruzados y cabeza cubierta,
pero dispuesto a la orden de soltar el suelo.
Sentí que se vencía mi actitud,
que mi aburrimiento sudaba por el esfuerzo.
Quise vender todos mis signos,
mi personalidad de trapo aguado,
mis ganas de piso sucio,
todo me sobraba por falta de voluntad para el miedo,
y los únicos eran mis enemigos.
¡Queridos enemigos vuelvan de nuevo!
Pero ni siquiera
querían una venganza de mi parte,
las querían de todos menos de mí.
Qué puede hacer alguien
que se esconde,
me dijeron,
que cae por las aceras si no hay alguien
que oculte los hechos y sonría a la cara.
Pero más allá de eso, lo importante era quedar,
después, aún mucho después,
escoger los caminos fáciles.
Tantos habían quedado sin marcar,
¡sin marcar, sin marcar!
Pero igual me sigo deteniendo
a pedir limosna a los criterios,
a vapulear los atardeceres,
los muy hijos de la caída.
Intento poner las cosas en orden,
pero no han mordido el anzuelo,
no se han dejado engañar como yo que,
con la mejilla destrozada,
tan orgullo frente a la trampa,
se tuerce para beber los últimos murmullos de los vasos.
Y más allá, finge el dolor
que, estaqueado,
muerde la voz en un día de cualquiera,
escupiendo algo que quiere ser flor o destello de luz,
pero solo es sombra de acera, maleza en un vertedero.
Y yo, haciendo el tanto,
con trozos de muela dados a la calle,
veo a lo lejos el sendero
que cruza el mundo, nuestro mundo, todo este mundo.
¡Amado mundo!
No está demasiado lejos, basta plantar cara, no disminuir el paso.
No demoraría en tocarlo y decir por fin la verdad
que no suele oírse, pero se llega a escuchar tan leve
que es oportuno llamarla ilusión.