El inicio de mi camino lector, y quizá el de muchos otros, está marcado por esos Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde leemos a un joven Pablo Neruda que resulta algo inexperto en el manejo del verso y que tiende a los sentimentalismos e incluso a la melancolía. Para Borges, que sospecho siempre tuvo alma de viejo, así era. Pero un adolescente enamorado, o su contrario, el que se
